jueves, 18 de abril de 2019

APUNTE MATEMÁTICO


Lo que pretendo cada vez que escribo algo es que cada uno de los que tengan a bien leerlo haga sus propias aportaciones y sean sus ideas las que prevalezcan. Por eso, cada escrito se presta a interpretaciones y, por supuesto, a todo tipo de críticas y comentarios. En el anterior artículo, por olvido o intencionadamente, he omitido algunos datos que son de sentido común, y porque no es un documento de carácter cuantitativo sino conceptual.
No obstante, hay un dato, sin entrar en profundidades, que puede aportar algo de claridad a lo que quiero decir. Las encuestas, con esa intención manipuladora que he señalado, carecen del carácter científico que deberían tener.
Vamos a ver, en el caso más próximo, en las encuestas de las elecciones del 28A, declaran que quienes no votarán se encuentran entre el 13 y el 14%; sin embargo, luego, la abstención real se aproxima al 40%. Por lo tanto, ¿dónde se ubica esa diferencia entre ese 40 y el 13-14? Mi conclusión es que en las encuestas les incluyen en ese 40% que llaman indecisos porque falsean la realidad y no quieren declarar una abstención masiva. ¿Forma esto parte de lo que llaman cocinar los datos? Que cada cual haga sus propias cuentas.
  

martes, 16 de abril de 2019

40% DE INDECISOS


Como en anteriores ocasiones, los medios, en particular las cadenas de TV, nos torturan con encuestas sobre la intención de voto de la ciudadanía. Una información cansina y manipuladora. Una manifestación del poder real con el propósito de perjudicar a quienes les puedan restar un ápice de poder y de beneficiar a los que defienden sus intereses, a aquellos que les sirven de barrera de contención.
Cada vez que hemos asistido a las convocatorias electorales  la abstención ha sido importante, hasta el punto de superar, en muchas ocasiones, al partido político más votado, como ocurrirá el próximo 28A. El hastío, la indiferencia, el desencanto y la profesionalización de los políticos han ido minando la participación.  Con una especie de diente de sierra, la línea media de ese zigzag es descendiente. Por poner el caso más reciente, en Andalucía, la abstención superó el 41% en las últimas elecciones autonómicas.
La abstención es un grupo heterogéneo. Además de aquellos que residen fuera del país, a los que les resulta prácticamente imposible votar, están los que anteponen cualquier otra actividad dominguera o los que se abstienen, sencillamente, porque el clima no acompaña. Pero, sobre todo, está la abstención activa. Es la formada por personas comprometidas, que en ocasiones han votado a alguno de los grupos que compiten o han competido, mayormente a partidos de izquierdas. Esas son las desencantadas. Este es el sector que va en aumento, aunque suelen ser personas que participan en tareas de carácter social o humanitario. Personas solidarias que luchan por un mundo mejor. Son aquellas y aquellos a quienes no les convence eso de que hay que votar sea a quien sea, pero votar: consigna que viene de arriba. Tal vez sean quienes cuestionan el modelo, piensan y concluyen en que esto es una democracia fingida desde el comienzo, y observan que se está produciendo un deterioro progresivo de la actividad política respecto a los inicios.   

Encuestas todas cargadas de intencionalidad que nunca aciertan. Encuestas en las que nunca se incluye la abstención. Se incluye a los que llaman indecisos. Un 40% de indecisos, dicen, en las encuestas de esta convocatoria. Suelen decir que se lo están pensando. En realidad, un gran número de los que erróneamente se incluyen en ese grupos de indecisos lo tienen muy pensado, tal vez los que más pensado lo tienen. Una parte de esos “indecisos” se ubican en la abstención.
Lo que de verdad puede hacer variar los resultados respecto a las encuestas son aquellos y aquellas que dicen que van a votar a un partido y luego votan a otro. Es decir los que no se lo piensan. Porque pensar no es lo que creen los encuestadores. Pensar (Nickerson y otros, 1987) es reflexionar, ponderar, razonar, deliberar y discernir y, según los mismos autores, opinar, recordar o creer no es pensar. Si no se piensa, es fácil dejarse llevar por opiniones de otros, ser embaucados, manipulados y engañados.   
Los resultados reales que se obtengan el día 28 de abril, y en sucesivas convocatorias, estarán marcados por los que no piensan, por los indecisos, que no son los que se abstienen de manera activa. Indecisos son quienes votan al enemigo a través de partidos políticos instrumentales que sirven a la oligarquía y destruyen derechos sociales. Indecisos o ignorantes son, a mi entender, el 40%, o muchos más.

viernes, 5 de abril de 2019

NUNCA MÁS UTILIZARÉ LA PALABRA MASA


He utilizado bastantes veces el término masa para referirme a grupos sociales, a sociedades completas o, en general, a colectivos que se dejan engatusar por los poderes, grupos enajenados, que hacen lo que otros quieren que hagan. Que, desgraciadamente, los hay. Lo he utilizado en sentido despectivo. Grupos que se dejan llevar, que se pegan al televisor para tragar basura, que se enfrentan hasta llegar a la pelea física por diferencias futboleras. Enfrentamientos que se trasladan al terreno político, hasta llegar a odiar a determinados conciudadanos  de semejante condición social por ser de otras regiones del mismo país (caso catalán, por ejemplo). Pero nunca más lo utilizaré salvo que me refiera a la masa de un pastel, al pan antes de hornearlo o a la relación entre una fuerza y la aceleración, conforme a la segunda ley de Newton. ¿Y por qué digo que nunca más lo utilizaré cuando hable de personas?
Permitidme un preámbulo antes de dar la respuesta. Asistimos al acontecimiento político, y digo político intencionadamente, más significativo de lo que va de siglo, inmerso éste en otro que trasciende los límites temporales de estos últimos veinte años. Me estoy refiriendo al juicio de los políticos catalanes. Permítaseme, también, opinar y decir que técnicamente me parece un juicio de tercera con un presidente autoritario, lo que deteriora y degrada el proceso.
Un largo proceso en el que el número de testigos ha sido excesivo hasta ahora, ¡Y lo que queda! Demasiados guardias civiles propuestos como testigos por la Fiscalía y la Abogacía del Estado. Declaraciones que se repiten con el mismo soniquete. Testificaciones innecesarias en su mayoría. Es en esas intervenciones donde la palabra “masa” se repite en cada una de las declaraciones de individuos poco ilustrados y de torpe discurso.
Se refieren con la palabra masa a los manifestantes concentrados en los centros de votación  del Referéndum convocado el uno de octubre de 2017 en Cataluña. Llaman masa a los activistas que se enfrentaron a la policía que se arriesgaban a ser detenidos y a recibir porrazos, como así ocurrió. ¿Habrá mayor contradicción?

Por eso, por el rechazo a lo desatinado por parte de esos declarantes o por el tono despectivo y contradictorio del uso del término, he borrado de mi léxico el término masa cuando me refiera, en adelante, a grupos de personas por muy deleznable que me parezca su actitud de pasividad o su indiferencia.   


miércoles, 27 de marzo de 2019

MISERIAS



Hechos a los que estamos asistiendo, como es el caso del macrojuicio de los políticos catalanes encausados, le  invitan a uno a la reflexión y el análisis del ejercicio del poder y, en general, de las miserias de la especie nuestra. Aunque, supongo que al común de los mortales se la trae al pairo. La indiferencia se ha hecho endémica. Al principio puede que llamara la atención, pero luego, después de un mes, pasa a engrosar ese cúmulo de noticias olvidadas. Noticias con las que nos acribillan día a día. Luego, cuando se dicten las sentencias, esto volverá a ser noticia. Y vendrá el llanto y el crujir de dientes para unos por el dolor y para otros por el miedo. Porque habrá sentencia condenatoria, de lo contrario sería un acto revolucionario, y no está el patio para revoluciones. ¿Puede ser que las condenas estén ya en las mentes de algunos, o de muchos? Si así fuera, me pregunto: ¿Para que este teatrillo?
Para muchos estos son presos políticos que se han limitado a defender sus ideas y a propagarlas, pero el poder trata de enmascararlo con una expresión de nuevo cuño como es lo de “político preso”.  Según recientes definiciones,  “un preso político o prisionero político es cualquier persona física a la que se mantenga en la cárcel o detenida de otro modo, por ejemplo bajo arresto, sin haber cometido un delito tipificado, sino porque sus ideas supongan un desafío o una amenaza para el sistema político establecido, sea este de la naturaleza que sea”.
Por otra parte, en las clases de Derecho nos decían eso de “Nullum crimen, nulla poena sine praevia lege” que se traduce como "ningún delito, ninguna pena sin ley previa."
Las acciones llevadas a cabo por los acusados no guardan correspondencia con ninguno de los tipos del Código Penal. Ni organizar un Referéndum, ni siquiera proclamar de manera unilateral la independencia de Cataluña -sin que, en realidad, la cosa no fuera más allá del simple pronunciamiento- son delitos tipificados. A lo sumo, se parece a eso de “desafío o amenaza para el sistema político establecido”

En consecuencia, aquí lo que nos encontramos es un conflicto de poderes: el poder político catalán con el soporte de una masa movilizada, sin que sepamos si otros poderes de mayor rango están detrás, y el poder territorial del Estado español con el sentimiento imperialista y los poderes oligárquicos de telón de fondo.
En la mayoría de los casos, cuando se ha producido una segregación o se ha conquistado un nuevo territorio, ha sido a través de guerras. Lo que denota una cierta ingenuidad por parte de los catalanes si buscan alcanzar sus metas, tal como lo han planteado, o hay algo que se nos escapa.

El poder, sea personal o colegiado, es una pasión destructora, con un fuerte protagonismo en los comportamientos de nuestra especie. Pero hay más miserias que se muestran como algo habitual, más desapercibidas, aunque no menos crueles y primarias. Contravalores que degradan a esta especie nuestra.
Mi reflexión surge cuando veo a esas doce personas en el banquillo con una actitud tan pacífica, sonrientes, a pesar de su injusta situación y la amenaza de una sentencia que puede arruinar lo que les queda de vida. Gentes que no merecen el calificativo de delincuentes, ni siquiera presuntos. No son de los que agreden a sus congéneres, no se merecen el calificativo de criminales, que tan lejos les queda. Sin embargo, se les está tratando como tales. Y observas el papel de los “acusadores” buscando con todas las artimañas la manera de joderles la vida a estas personas. Todo lo contrario a lo que debería ser en estos casos. Algo opuesto a la fraternidad, que debería ser el bálsamo que engrasara las relaciones humanas. ¡Qué feo el papel de los fiscales en casos como estos¡ Uno no sabe si la maldad, unida a la fealdad, de quien la ejerce es algo intrínseco o hay que trabajárselo. En cualquier caso, todos estos comportamientos nos alejan de una sociedad más justa y más humana.



martes, 12 de marzo de 2019

LO QUE NOS ESPERA



Puede que lo que ocurra en abril y mayo, los resultados electorales, nos sorprenda, pero casi seguro que no. Hay varias formas de enunciar este escrito: el expuesto en el título, “¡La que nos espera!” o “¿Lo que nos espera?”
Con la interrogación albergo la esperanza de que haya una mínima reacción de la masa y podamos avanzar hacia posiciones de progreso. Esta es la versión optimista, frente a la otra, la pesimista, con ese enunciado de “¡La que nos espera!”, en la creencia generalizada de que sea la alianza de extrema derecha, de los tres grupos neofascistas, la que nos lleve a posiciones del tardofranquismo.
Reconozco que esta versión última está impregnada de ese pesimismo histórico, producto de la trayectoria política de los dos últimos siglos en los que se han ido alternando levantamientos militares con revueltas populares, en el marco de monarquías débiles de ida y vuelta. En ambos casos el ejército ha sido, casi siempre, el protagonista de los cambios.
Trienio liberal, Década ominosa, Bienio progresista, La Gloriosa, Proclamación de la I República, Dictadura de Manuel Pavía, Dictadura de Primo de Rivera y “Dictablanda” de Berenguer, II República o derrocamientos y restauraciones monárquicas, son hechos y períodos que pueblan el siglo XIX y parte del XX, con el colofón de la sangrienta y criminal Dictadura del 36. Si se cuantifican los periodos progresistas concluiremos en aquello de “qué poco dura lo bueno”.
 Esta trayectoria ha ido fraguando un sentimiento de frustración y de perdedores en los sectores más avanzados políticamente y, de manera más acentuada, en la masa. Por eso, ahora, ante los oscuros nubarrones, se piensa en clave de derrota y de políticas de extrema derecha de corte fascista como si fuera Vox el grupo hegemónico que obtendría mayoría suficiente como para gobernar.  
Además, la ausencia de práctica democrática durante tanto tiempo, propicia que en las urnas se decida por proximidad ideológica y no por intereses, en el marco de una sociedad masivamente ignorante. Ideología fascista heredada de la anterior dictadura, que en esta última etapa de cuarenta y tantos años no se ha conseguido disipar. Por eso, cada vez que se convocan elecciones aparece el fantasma de la involución, no sin razones ya que esta derecha española mantiene fuertes vínculos con la Dictadura, como hemos podido comprobar en los periodos en los que han gobernado Aznar o Rajoy, etapas en los que se ha conjugado la corrupción con los recortes de derechos y libertades. Ahora, la amenaza viene de la mano de dos “yupis”, manipulados desde el poder económico, alentados por ese grupo emergente como salido de un huevo de dinosaurio encontrado en la caverna.

A toda esa historia de represión y miedo hay que añadir la mentira y la impostura de los gobiernos socialistas, con especial atención a ese primer periodo de 14 años en el que un amplio sector social puso todas las esperanzas de cambio y progreso. En estos momentos da asco escuchar a aquellos que tuvieron cargos de responsabilidad. Elementos despreciables que no merecen ser nombrados. Una vez enriquecidos, deben pasar al más absoluto ostracismo.  

Los sectores sociales intelectualmente más avanzados, desencantados, van abandonando este modelo político y se van incorporando a la abstención, lo que, se dice, perjudica a las izquierdas parlamentarias. Ellos, sus dirigentes, sabrán. Si quisieran recuperarles sería necesario ofrecer propuestas más “agresivas” con el actual sistema, y convencer de que se llevarían a cabo. Pero parece que esto no va a ocurrir, por lo que, volviendo a la cabecera, puede ocurrir que la yuxtaposición de las tres derechas, o extremas derechas, puedan formar gobierno. Aunque lo más probable es que no se pueda obtener mayoría ni por un lado, ni por el otro, lo que abundaría en esa ambigüedad que ya venimos observando desde el 2015. Tal como señalé hace unos cuantos años, los grupos nacionalistas, hoy separatistas en su mayoría, podrían jugar un papel esencial en esa formación de alianzas para alcanzar la mayoría absoluta en el parlamento. Pero se pierden en quimeras, y su empeño en una pelea imposible de ganar, les enredan y les aleja de las políticas de ámbito estatal.
Sea lo que sea en lo que se pueda concluir, incluso en nuevas convocatorias, la realidad es el fracaso de un modelo obsoleto, alejado de lo que requiere la actividad productiva, del desarrollo tecnológico y de la organización social que permita progresar con un mínimo de sensatez.


lunes, 28 de enero de 2019

DESMONTANDO EL AMOR


Si habláramos de sentir calor, todo el mundo entendería que en el entorno hay un cierto nivel de temperatura, aunque la sensibilidad de cada cual al calor difiera. El calor es una sensación concreta y medible mediante la temperatura. Sin embargo, hay palabras que se emplean con demasiada frecuencia sin reparar en su significado. Términos tales como amor y felicidad se usan a menudo, a modo de cajón de sastre, por el beneficio que proporcionan al discurso o al comentario.
En estos tiempos que corren a sobresaltos y entre tinieblas, quienes desean un mundo mejor, recurren al “amor” como el mejor remedio para salvar la hecatombe hacia la que nos dirigimos por un camino errático. E. Fromm, hace ya más de 60 años, decía aquello de que el amor, frente al poder y la sumisión, es la única pasión que satisface la necesidad que siente el hombre de unirse con el mundo y de tener al mismo tiempo una sensación de integridad e individualidad.
Pero el amor –definido, en los diccionarios, como conjunto de sentimientos- es un término ambiguo a falta de análisis y de descubrir lo que se esconde detrás cuando se utiliza en tan variadas ocasiones.
Lo que se llama amor entre miembros de una pareja puede ser, en realidad, atracción, deseo o admiración, sentimientos que pueden ser mutuos o asimétricos. La parte más espiritual de esa relación es el deseo de bienestar del otro. Un claro ejemplo lo constituye la búsqueda del placer máximo de la otra parte en una relación genital, aunque no siempre es así. En muchos casos, pues, los sentimientos son asimétricos y, entonces, pueden aparecer esas nocivas pasiones de poder y sumisión, lo que suele acabar en fracaso. Ese cúmulo de pasiones y sentimientos puede dar lugar a otros nefastos, tales como el deseo de posesión, los celos y, como consecuencia, el mal trato y la agresión.

En el caso de ese “amor” hacia descendientes es, en realidad, protección, cariño y ternura. En algunos casos el cariño es recíproco.

La Revolución burguesa de 1789 no ensalzaba el amor como uno de los valores fundamentales. En realidad, proclama la igualdad como meta de la especie y de fraternidad como herramienta para luchar de forma solidaria. Aunque, como hemos visto, el acontecimiento solo sirvió para que los ricos cambiaran de nombre.
El fracaso de todas las intentonas de transformación hacia mejor es una constante histórica, lo que pone de manifiesto que no todos los miembros de la especie piensan igual y que no existe un sentimiento común que nos conduzca hacia ese mundo ideal, a esa arcadia, que sólo existe en la mente de algunos.

La amistad también es uno de esos términos llamados a revisión o análisis. La búsqueda de afecto,  y la gratuidad de la conexión, permiten que la mayoría de esta especie nuestra, sobre todo los sectores sociales pseudointelectuales, presuman de tener muchos amigas y amigos, sin reparar en los sentimientos en juego que liguen un vínculo profundo y sincero entre especímenes.  Pero, ¿es posible una fraternal y desinteresada amistad?

El amor, por la ambigüedad del término, nunca puede ser un elemento de unión entre individuos de la especie. Siento discrepar, aquí y ahora, con mi admirado E. Fromm, después de haberle citado varias veces y de haber tomado como referencia su visión sobre lo que él considera las tres grandes pasiones de la especie: el poder, la sumisión y el amor.

Pero ¿entonces, qué posibilidades hay de llegar a unas auténticas relaciones sociales más humanas? A mi juicio pocas, y cada vez más alejadas de ese mundo soñado por algunos. El sistema capitalista es un nefasto caldo de cultivo para avanzar hacia la superación de la especie. Pero no somos capaces de transformarlo. En consecuencia, se establece una especie de círculo vicioso: el estado intelectual y la ausencia de capacidad revolucionaria de los individuos no permite el cambio, por lo que la permanencia del actual sistema potencia la ausencia de los valores que permitieran la transformación.
Por lo tanto, en una imaginaria, inviable hoy por hoy, sociedad más avanzada, alejada de un sistema como el vigente, la persona se encontraría realizada en un trabajo elegido, sintiéndose libre y útil. Liberarse de la enajenación, de la desigualdad, de la rivalidad y de las tensiones potenciaría el respeto, la solidaridad (ayuda y colaboración) y la fraternidad (relación de igual a igual). Actitudes y sentimientos más que suficientes para convivir de una manera más razonable.


martes, 18 de diciembre de 2018

RESUMEN



DINÁMICA CAPITALISTA. EL MUNDO DE HOY
-El único valor es el dinero. El objetivo explicito, en otros casos oculto, es el de pasar al gremio de los ricos. Existe una pasión innata que impulsa a la singularidad, al deseo de poder.

-El poder es antagonista del miedo. El miedo del pueblo potencia el poder de la clase dominante, y al contrario: el poder popular genera temor entre los componentes del grupo antagónico. Un poder sólo es derribado con otro poder mayor. Todo aquel o aquella que tiene poder sobre otros lo suele ejercer.

-Desigualdad extrema a nivel planetario. Las relaciones sociales están condicionadas por el dinero o la fama. En comparación con tiempos atrás, enormes diferencias salariales dentro de la clase trabajadora. Ante la escasa oferta laboral, aparecen nuevas figuras pseudolaborales: blogueros, influencers, usuarios de instagram, etc., de esto que se conoce como emprendedores. Aunque sólo un insignificante porcentaje de quienes lo intentan salen adelante.

POLÍTICA
-La izquierda no ha gobernado nunca en Europa desde el final de las dos grandes guerras, por acotarlo en el tiempo.

-Cuando las distintas opciones políticas no ofrecen modelos sociales y económicos claramente diferentes, no constituyen alternativas válidas. 

-La política como mercado. Imposibilidad de acuerdos políticos de ámbito estatal como, por ejemplo, para resolver el grave asunto catalán en España.

-Ante un modelo político obsoleto, la ignorancia busca soluciones en opciones populistas. Surgen los movimientos de corte fascista.

DESESPERANZA
-En estos momentos de la historia no se vislumbra ningún tipo de agente transformador que, por una u otra vía, pudiera reemplazar al sistema capitalista e instalarse en otras formas de producción o de organización económica y social.
-La revolución, el cambio comenzaría, a título personal, por revelarse, negarse a llevar a cabo todo aquello que nos incitan a hacer, pero el camino es el contrario. La enajenación se ha apoderado de la masa.

CAMBIOS TECNOLÓGICOS SIN TRANSFORMACIÓN SOCIAL
-Cambios radicales en el sistema productivo, en el comercio y en las comunicaciones en el marco de una organización social trasnochada.

CONCLUSIÓN
--En estos momentos no existe dinámica ni patrón a quien seguir, excepto el de nuestra propia ética.

-No le demos más vueltas: el bajo nivel intelectual de la especie no permite, por ahora, avanzar a estadios de igualdad y justicia.

-El futuro a medio/largo plazo es impredecible. Vivimos ahora tiempos de incertidumbre.

miércoles, 24 de octubre de 2018

¿TODOS IGUALES ANTE LA LEY? La "firmeza" del Tribunal Supremo




En un trabajo que publiqué en 2010 (primera edición), aparece un apartado con este mismo título. En marzo de 2012 lo envié a varias publicaciones, y, además, lo incorporé a mi propio Blog. Ante el permanente trato discriminatorio e injusto de la aplicación de las leyes, y la abundancia de casos, volví a publicarlo en febrero de 2017.
Ahora los lamentables hechos llevados a cabo por lo que se conoce como la más alta institución del poder judicial, es decir, el Tribunal Supremo, el contenido se hace más vigente que nunca. No era necesario llegar a estos extremos, a lo de anular sus propias decisiones, un día una cosa y al siguiente la contraria, para hacer patente el servilismo a la clase dominante de estos funcionarios instrumentalizados y bien alimentados.
Tal vez no descubra nada nuevo para quienes tengan a bien leer estas líneas, en las que insisto una y otra vez en la finalidad de las leyes. Por lo tanto, el objetivo principal es el de denunciar estas deleznables prácticas de lo que llaman poder judicial. A denunciar todas las artimañas y mentiras que permiten a los de arriba mantener el dominio sobre la inmensa mayoría (dominada), y conseguir, por su parte, que pase a la categoría de normal la desigualdad, la pobreza y la ignorancia. Sería también deseable que  todo aquel  o aquella que pueda se sume a esta denuncia. Es esto un intento, tal vez trufado de ingenuidad, con la esperanza de que en algún momento seamos capaces de calar en la conciencia de  aquellos amplios sectores sociales, víctimas de las técnicas alienantes de un sistema irracional e inhumano.    

Publicado en marzo de 2012 y en febrero de 2017
Dicen los diccionarios que la igualdad es el trato idéntico entre todas las personas, al margen de razas, sexo, clase social y otras circunstancias diferenciadoras, definición que, por cierto, encierra una contradicción en sí misma al admitir que hay clases sociales, es decir, ricos y pobres, patronos y trabajadores, explotadores y explotados, etc. Ni el más osado se atrevería a defender con pruebas o argumentos la existencia de este principio en sociedades como la nuestra, en donde, por el contrario, la desigualdad es endémica, y constituye el leitmotiv que engrasa el mecanismo del actual sistema.

Como en tantos otros asuntos, en esto de la ley, el poder se empeña en proclamar lo contrario a lo que es la práctica habitual. Los medios de comunicación son, ahora, el instrumento ideal. Una vez anunciado de manera machacona que todos somos iguales ante la ley, intentando hacer bueno el lema de Goebbels, la masa social se convierte en presa del engaño interesado, y asume la mentira sin rechistar. Nos mienten con eso de la democracia (algunos denuncian la mentira y pidieron en su día democracia real ¡ya!), nos mienten con lo de la representatividad de los políticos (otros tantos, o los mismos, ya se han dado cuenta de que no nos representan), nos mienten con las reformas laborales, que destruirán empleo en lugar de crearlo, nos mienten en campañas electorales, nos mienten, además, con eso de la igualdad ante la ley.
Ahora, como siempre, la ley es un instrumento para someter y reprimir al pueblo llano, limitando sus derechos, en defensa de la propiedad, e intereses de las clases privilegiadas, entre los que se encuentran los propios políticos. Algunos ingenuos pensadores (H. Kelsen, M. Duverger, M. Hauriou, y otros tantos) han derrochado materia gris en defensa de la estructuración e independencia de la norma, en la creencia, por su parte, de que ésta rige de manera objetiva los estados democráticos modernos. Nada más lejos. La ley, dicho de otra manera, está diseñada para proteger a los que más tienen y para hacer cumplir con sus obligaciones a esa inmensa mayoría que mantiene a los  Estados, sin posibilidad de que los gastos que aquél genera sean repartidos proporcionalmente a la posesión de riqueza.
En estos tiempos, estamos contemplando como la ley se utiliza para destruir el estado de bienestar, conquistado en otros tiempos cuando la correlación de fuerzas entre dominados y dominadores era más favorable a los primeros. Así vemos como se van restringiendo las prestaciones sociales y los derechos adquiridos. La aplicación de la ley, lejos de ser una fórmula de convivencia entre iguales,  no es otra cosa que el ejercicio del poder contra el que de él carece.
La ley, en suma, es  un instrumento coercitivo puesto en manos de las fuerzas políticas mayoritarias que sirven al poder económico de la mejor forma, con el único objetivo de permanecer en el gobierno el mayor tiempo posible.

Las leyes son tan poco precisas, y su cumplimiento está tan focalizado en la dirección de la defensa del poder real,  que encierra una enorme cantidad de fisuras por las cuales el pícaro se cuela para burlarlas. Los poderosos se rodean de “eficaces” asesores fiscales y juristas que, conocedores de la ley, de su ambigüedad, de sus incoherencias y de sus contradicciones, burlan la norma en beneficio de sus clientes. Por lo tanto, siempre que sea posible, les resulta más rentable incumplir la ley de forma reiterada, aunque alguna vez se descubra ese incumplimiento y se tenga que rendir cuentas.

La aplicación de las normas promulgadas por el poder político queda reservada a un colectivo de corte conservador, los jueces, en el que el clientelismo y la endogamia son piezas clave de la institución. Aunque nos quieren hacer creer que la ley es inflexible y explícita, no cabe duda de que su imprecisión es tal que, en el campo netamente jurídico, los dictámenes que emiten los jueces, que están bajo el poder de los órganos elegidos de forma poco democrática, encierran una gran carga subjetiva. Las decisiones y las sentencias para un mismo delito pueden ser contrarias según quien sea el que juzga, o aquél que es juzgado. Los jueces son unos simples funcionarios instrumentalizados a los que se les permite que ejerzan su  “poder” (delegado) siempre y cuando respeten las reglas del juego, que no es otro que la defensa de los intereses de los que más tienen, y los de sus comparsas. En caso contrario, se pone en marcha la más deleznable maquinaria que permita expulsar a esa “oveja descarriada” que se atreve a enfrentarse al orden establecido. Los oscuros mecanismos empleados para alcanzar los objetivos nunca serán descubiertos, pero la ejecución de la medida suele ser  de lo más elemental; ejemplo: las actuaciones de Garzón fueron un impedimento para exculpar a los corruptos del caso Gürtel (vaya usted a saber lo que sigue habiendo ahí dentro), pues se  expulsa al juez de la manera más burda y “santas pascuas”. En esa misma línea de persecución, el magistrado instructor José Castro, de corte claramente progresista, tuvo que andar con “pies de plomo” porque daba la sensación de que iban a por él; los medios de comunicación (incluidos los públicos), con esos tertulianos de extrema derecha a la cabeza, hicieron su trabajo para hundirle.  

Las cárceles están repletas de personas que pertenecen al lumpen urbano, o de aquellos que, de una u otra forma, contestan al sistema. Pocos elementos pertenecientes a las clases pudientes permanecen en prisión aunque sus desmanes hayan acabado en estafas o robos  de miles de millones. En ningún caso la ley les obliga a devolver lo que han usurpado. “El peso de la ley” tampoco recae sobre quienes, formando parte  de cualquier tipo de gobierno, roban, engañan o, incluso, invaden países con resultado de genocidio.
En el ámbito netamente procesal el tratamiento entre unos y otros casos de delitos, o entre unos y otros tipos de delincuentes es bien diferente. Vaya por delante que no defiendo ni justifico ninguno de los casos a los que me refiero a continuación. Si una persona humilde, acuciada por la necesidad vital de subsistencia, asume el papel de  “mulero”, y ésta es descubierta  en Barajas con droga, es detenida, puesta en manos de los jueces de inmediato, y encarcelada a continuación sin ningún tipo de contemplaciones. Sin embargo, los casos Urdangarín, Gürtel, Palma Arena, Púnica, Lezo y tantos otros casos de corrupción, en los que están implicados individuos con más o menos poder, se eternizan en el tiempo. Los implicados son tratados como “presuntos” aunque las pruebas sean evidentes, después pasan por una escala nominal que discurre desde imputados a condenados, si es que llegan a serlo en algún momento, pasando por encausados, procesados y toda una retahíla de situaciones que alarga intencionadamente el proceso, con el ánimo de liberarles en cuanto exista el mínimo resquicio legal. La instrucción y los sumarios se hacen interminables mientras los investigados, imputados o encausados campan a sus anchas, con la posibilidad de deshacer entuertos que les pudieran culpabilizar o agravar sus “presuntos” delitos. Si por fin los procesos llegan a término, nunca se establece una relación de justicia entre pena y delito. Por lo general, si es que el “presunto” delincuente no es absuelto, el asunto puede quedar reducido a  una simple sanción pecuniaria o a un reducido tiempo de arresto: los recursos y, en último término, los indultos, el tercer grado y otras tantas tretas permiten que el tiempo juegue  su papel, y que todo el espectáculo haya quedado limitado, como en tantas ocasiones, a esa ancestral y recurrente fórmula que se conoce como “circo para el pueblo”, retransmitido en directo en sus diferentes fases por radio y TV.
En resumen,  es fácil concluir en que no somos todos iguales ante la ley, aunque, con el engaño como telón de fondo, así lo proclamen las Constituciones, la Declaración Universal de los Derechos Humanos o el sursuncorda.



jueves, 18 de octubre de 2018

SUBESPECIES (I)



El término subespecie no quiere decir, necesariamente, que las distintas partes sean de naturaleza inferior a lo que hoy se conoce como especie humana. Así que lo emplearemos, básicamente, para clasificar a los diferentes grupos que convivimos, en este momento, en este planeta, sobre todo en tipos de sociedades como la nuestra. El arranque de este estudio lo inicio a raíz de una reciente experiencia en un pequeño recinto en el que coincidimos individuos, a mi modo de ver, de cuatro subespecies diferentes, en las que incluyo a los ingenios tecnológicos, esos que “nos facilitan la vida” y que, cada vez, tendrán más implantación. Esto abre, o reanima, un debate que inquieta a unos cuantos, aunque debería inquietar a muchos más. Tal vez así, sacando conclusiones, podamos descubrir algunos de los porqués que tienen que ver con los comportamientos del día a día y, yendo más allá, con el discurrir histórico.

A modo de relato
Los nuevos artilugios tecnológicos nos permiten disponer de dinero a cualquier hora del  día o de la noche. Serían las siete de la tarde cuando decidí realizar algunas operaciones en uno de esos múltiples cajeros a los que es posible acceder sin necesidad de entrar a las oficinas bancarias. La primera la llevé a cabo sin problemas: pude reponer mi billetera, absolutamente vacía de antemano. Tenía que recargar la tarjeta del abono trasporte, caducada desde hacía varios días. Tengo que reconocer que me asaltaba la duda: ¿lo hago aquí, en este cajero, o me acerco a un estanco próximo? No sé por qué presentía que algo podría salir mal. Pero aquella pantalla tan colorista con ese llamativo lector incorporado a la máquina, me persuadió, y sin pensarlo dos veces: me lancé. Intenté seguir las indicaciones, pero mire por dónde, haciéndose realidad ese presentimiento, aquello se bloqueó, indicándome esa brillante pantalla: “Tarjeta retenida”. Es cuando uno se siente obsoleto, preocupado, nervioso y asustado. Para resumirlo en pocas palabras: gilipollas. Después de unos minutos, una llamada a un 902 (los que cuestan) me tranquilizó en parte, pero me dijeron que sólo podía rescatar la tarjeta al día siguiente en horario de apertura de la oficina.
Todo esto me ocupó un cierto tiempo en el que permanecí en aquel cubículo de unos cuatro metros cuadrados que disponía de dos máquinas idénticas. Yo tenía la secreta esperanza de que en algún momento aquel artilugio electrónico vomitara mi tarjeta por aquella boca con luz verde intermitente por la que había entrado, pero ese deseo fue decayendo poco a poco. A lo largo de ese tiempo, que yo estimo serían unos diez minutos, que se me hicieron eternos, entraron tres personas. La primera, móvil en mano, se dirigió directamente a la otra máquina sin dirigir una simple mirada a ese hombre que, emulando a Machado, conversaba consigo mismo, aunque un poco más excitado que aquel que lo hacía paseando por los solitarios caminos de los campos de Castilla. Salió tal como entró: con su móvil pegado a la oreja. Ni un solo gesto ajeno a su tecleo del dispensador de billetes y absorta, porque era una mujer joven, por esa conversación telefónica con la que entró.
Cuando entró la segunda, yo, un poco más tranquilo, confiaba en que alguien me echara una mano, pero como la anterior no dirigió ni una simple mirada a esa misma persona tan necesitada de apoyo tecnológico. Sin embargo, yo la miraba trasmitiendo telepáticamente: “ayuda por favor”, pero esa otra persona, también mujer, permanecía impasible y se fue lo mismo que entró, ignorando al que aún permanecía angustiado.
De la tercera persona que entró, después de la actitud de las anteriores,  ya no esperaba nada, así que al quedarme solo decidí llamar a aquel número 902. Después de hablar con una máquina que me hacía preguntas y propuestas, pude escuchar la cálida voz humana. Esa fue toda la comunicación verbal, sin imágenes, aunque por allí pasaran tres personas en ese tiempo, de cuyos comportamientos yo me desmarco radicalmente.
Un pequeño espacio, de unos cuatro metros cuadrados, convertido en laboratorio de estudios sociológicos, me permitió reforzar esa idea que uno tiene del actual estado intelectual y  emocional de la especie, de la indiferencia y de los cambios en las formas de comunicación. Tal vez la muestra no sea demasiado representativa, pero el comportamiento de esas tres personas, que me ignoraron por completo, se añade a lo que vemos a diario en la calle, en los comercios o en los medios de trasportes.
Sin embargo, con una visión optimista de lo humano, quiero pensar que no todos somos iguales, lo que me permite abrir un nuevo debate acerca de las subespecies o grupos sociales que convivimos, con comportamientos y capacidades diferentes, pero es algo que abordaremos de manera menos relajada que en este sencillo relato que pone de manifiesto, la indiferencia y la mala educación de esas tres personas con las que coincidí en ese pequeño habitáculo, aunque, tal vez, la experiencia vaya algo más allá y las tres, vaya coincidencia, pertenezcan a esa subespecie que, en letra de Maquiavelo, “ni disciernen, ni entienden nada”.

(Continuará. Ver las siguientes entregas de “Subespecies”). 



jueves, 27 de septiembre de 2018

LA ÚLTIMA CRISIS



Son casi tres meses sin publicar, aunque son varias las páginas que he rellenado y, sobre todo, muchas las notas tomadas a lo largo de todo este tiempo, coincidente con la etapa veraniega. A las ocupaciones y actividades propias del estío se añade el desánimo. La dura realidad  da la cara, y ese deseo de que las cosas mejoren, aunque sea mínimamente, se desvanece, y aparece la crisis personal, inmensa en esa crisis del sistema que no cesa.
Séneca decía aquello de que: “Cuando la tristeza por la condición humana te conduzca a la oscuridad, suaviza tu ánimo y piensa que más merece quien se ríe del género humano que quien de él se lamenta” (Lucio Anneo Séneca, 0035 aprox.).
Pero hay momentos o etapas de la vida en las que resulta difícil, casi imposible, sobreponerse a la deriva de la humanidad, y, en consecuencia, “abandonar el barco”, sobre todo, cuando eres absolutamente consciente de la imposibilidad de que nuestra especie vaya por el buen camino, cuando sabes que la condición humana, de momento, no es capaz de mejorar sus propias condiciones de vida, las de la mayoría, cuando estás convencido de que los individuos de las sociedades de los países más desarrollados son material maleable hasta el extremo. Pocas y pocos son capaces de enfrentarse a la situación y revelarse, negarse, a todo aquello a lo que nos incitan  a hacer. Las mentes se embotan y, cada vez, somos, en general, más mansos, más indiferentes, más sumisos ante el poder, más serios, más tristes y, en consecuencia: más agresivos.

Se vive ahora ajeno a la realidad que se nos escapa. La falta de control social sobre la economía, sobre la política, ocasiona que los ciudadanos vivan embelesados, sin conciencia, ni esperanza. Enajenados como en las peores etapas de la historia, agravada esta pasión por la necesidad extrema del consumo en todas las dimensiones posibles.
Un poder concentrado en unos pocos, desorientados aquellos que ilícitamente lo ostentan, sin salidas, pero aferrados a ese poder destructor. Desviando la atención de los asuntos importantes que no saben abordar.
Establecida una serie de reglas, acuñadas por ellos y asumidas por la masa, intentan dar una psudoestabilidad, pero nos deslizamos por el filo de la navaja. Los que detentan el poder están dando “palos de ciego”, sin rumbo, pero agarrándose cada vez con más fuerza a sus riquezas como resultado de su inseguridad, de su demencia.

El sistema, en los últimos cien años, ha discurrido de crisis en crisis con la intención de que los poderosos sigan manteniendo los beneficios. Hace unos años decíamos que “entre unas “burbujas” o “crisis” y las siguientes, el tiempo que transcurre es cada vez menor; van apareciendo nuevas “burbujas” y nuevas “crisis” con una frecuencia que va en aumento, o crisis de más larga duración hasta llegar a una crisis sin retorno. ¿Nos encontraremos ya en esa fase irreversible?” Sin lugar a dudas, ésta es la crisis definitiva que, según nos dijeron, comenzó en 2007-2008. Sin que la situación de precariedad del trabajo, la pobreza de amplias capas, la provisionalidad de las pensiones y la desigualdad hayan llegado a su fin, en países como el nuestro, nos quieren convencer de que la crisis económica ha finalizado, pero inmersos aún en ese estado, anuncian una recesión, señal inequívoca de que esto no se ha superado.

La política siempre ha sido una fachada para el mantenimiento de dominio de unas clases sobre otras, y las democracias modernas una estrategia para contener al pueblo. Pero, en estos tiempos que vivimos ahora, el modelo político que les ha servido a los de arriba durante tanto tiempo, se tambalea y, como hemos señalado, andan dando “palos de ciego” lo que está ocasionando, entre otras cosas, la aparición y consolidación de formaciones de corte fascista en la Europa clásica.
Para ser lo más gráficos posible, nos centraremos en el caso de nuestro país, sin abordar el asunto catalán, que arrastramos desde hace siglos, sin encontrar una solución.
La corrupción generalizada y la inactividad del Partido Popular (PP) le convirtieron en un grupo inválido para seguir en el Gobierno, un grupo amortizado. La salida ha sido el éxito de la moción de censura de mayo/junio, algo que se ha conseguido por primera vez, a pesar de la escasa participación parlamentaria del partido ganador: El PSOE. Es de suponer que el poder real aprobó ese cambio, si no es que lo propició. Pero ahora, después de unos pocos meses, en ese marco de inestabilidad política, ya no les sirve, y han puesto en marcha todo el arsenal a su alcance. Se han puesto en marcha las cloacas del Estado, y los ministros, incluido el propio Presidente, están siendo pasados a “cuchillo”. Al día de hoy son cinco los atacados con dos dimisiones, y lo que queda. El objetivo es el derrumbe del Gobierno, y forzar nuevas elecciones.
En connivencia con otras mafias y con los medios de corte fascista, el PP ejerce la oposición de la manera más cruenta posible, Es lo mejor que sabe hacer este partido. Ciudadanos ahora se encuentra en tierra de nadie, apoyando puntualmente la política de tierra quemada del PP. En ese ataque despiadado, los intereses que defienden ambos, PP y Ciudadanos, son los suyos propios, importándoles un bledo los del pueblo llano.
Los medios de comunicación, la mayoría, embarran el actual estado político echando leña al fuego que hacen los demás. Los periódicos y las cadenas de radio y TV siempre han sido de corte reaccionario. Los nuevos dirigentes de la radio-televisión pública, en un alarde de ser objetivos, son más críticos con el Gobierno que con la oposición. Algunas cadenas como la Sexta, del grupo Planeta, juegan a ser una emisora escorada a la izquierda, pero nada más lejos de la realidad. El observador más perspicaz se ha ido dando cuenta de que son unos farsantes, lo que está dando lugar a significativos cambios en el tipo de audiencia.

El PP, descabezado y dividido ha elegido a un joven militante, socialmente desacreditado e implicado en un turbio asunto de falsificación de títulos universitarios. Un asunto del que no le va a resultar fácil desprenderse. El Gobierno socialista en fase de descomposición por los furibundos ataques que están sufriendo, y Ciudadanos desorientados, sin apenas espacio político. Los nacionalistas en su particular “guerra” que nada tiene de social o trasformadora.
En consecuencia, nos encontramos con una situación política inestable sin que se vislumbre una solución a corto o medio plazo. La oposición PP-Ciudadanos, en esa tarea de desgaste, se limitan a pedir dimisiones y elecciones generales, pero esto, se convoquen antes o después, no va a resolver los problemas de inestabilidad política y, mucho menos, la situación de desigualdad, de precariedad y de pobreza.

Crisis económica, crisis política, crisis social, en suma crisis sistémica sin que se vislumbre una salida, ni siquiera un camino para buscar esa salida. El desarrollo tecnológico prosigue de manera exponencial, pero ello no resolverá los problemas, por el contrario los empeorará. Las sociedades anestesiadas, tristes, agresivas, como decimos, son incapaces de cambiar el rumbo. Nos tienen entretenidos con la aproximación personal a una u otra organización política, al estilo de la afición futbolera.
Un cambio real pasa por una revolución: quitar la riqueza a los que de manera absurda la acumulan, cambiar la correlación de fuerzas y quitar el poder a quienes lo tienen. Pero no hay ni agente que lo pueda llevar a cabo, ni hay condiciones, ni la especie, en su conjunto, goza de las capacidades intelectuales y emocionales suficientes que nos permitan vivir de mejor forma con arreglo a una serie de valores que, únicamente, están instalados en el pensamiento de algunos.

lunes, 2 de julio de 2018

LA SEXTA Y LA ENTREVISTA A GUILLERMO TOLEDO

Guillermo Toledo (Willy Toledo) es un actor español que se encuentra en rebeldía ante la cita de los jueces para declarar por la denuncia de una reaccionaria asociación católica, a causa de un pronunciamiento del actor en el que se cagó en dios: "Yo me cago en dios y me sobra mierda para cagarme en el dogma de la santidad y virginidad de la Virgen María", escribió en Facebook. Willy Toledo es activista y polémico, tal vez esto último, por el simple hecho de ir contracorriente de una sociedad torpe y maleable. Que yo sepa, no encabeza ningún movimiento, no es líder de ningún grupo, va por su cuenta, pero, cuando habla, les revuelve las tripas a los más conservadores y, también, a esos que adoptan unas posiciones de confort  y que se ubican en una falsa progresía. A Willy le pierde su extracción social y, como él mismo reconoce, su vida “burguesa”, lo que le sitúa en un terreno ideológico resbaladizo, pero su actitud, como vemos, abre fisuras en esta aparente paz social, permitiendo ver con mayor claridad la farsa que vivimos, embebidos en un mundo artificial en el que nos deslizamos alegremente sobre un lago helado de frágil superficie, que puede romper en cualquier momento y tragarse a los engañados y a los que nos mienten. A todos.

El día 27 del mes de junio, un programa de una cadena de TV, La Sexta, le invitó, pienso yo, por aquello de que su presencia crearía audiencia, ya que, como digo, se ha negado dos veces a acudir a las llamadas de los jueces. Además, para demostrarle que allí caben todos, como si su presencia de media hora pudiera compensar toda la manipulación de sus presentadores y toda la basura que, como tantos, destila ese medio. La Sexta forma parte del grupo Planeta, al que pertenecen otras emisoras de radio y TV y algún diario escrito, en concreto la Razón, uno de los periódicos más reaccionarios, aunque, a estas alturas, es difícil distinguir, por su orientación ideológica, unos de otros.
La Sexta, como dijo el actor, representa la cara amable del grupo Atresmedia, aunque, cada vez, se dejan seducir menos ciudadanos de los que antes creían en ese medio: un enemigo del pueblo maquillado, el flautista de Hamelín camuflado.
El panel, como en otras ocasiones, estaba formado por habituales de las tertulias: J. Sardá, Natibel Preciados y Benjamín Prado que junto al presentador, Antonio Ferreras, llevaron a cabo la encerrona. Cada uno con su “mochila” pretendían dar una imagen de progresía. Todos ellos cuentan con fuertes ingresos, viven holgadamente de ello, son instrumentalizados para jugar un sucio papel. Quieren que parezca un programa de talante progresista, pero, poco a poco, Willy Toledo fue desmontando los principios “democráticos” que los otros defienden, esa democracia de lujo para unos, de “bienestar” (El Monstruo Amable, según R. Simone) para otros y de miseria para muchos. Con la verdad por delante, sin pelos en la lengua, puso en evidencia el modelo político, denunciando: la debilidad democrática, la ausencia de separación de poderes, la desigualdad creciente, la pérdida de valores y derechos, la precariedad laboral, el incremento de la represión, etc., es decir, lo que no solemos oír habitualmente.
Ante los ataques de los contertulios, el actor, en defensa propia, puso al descubierto los perfiles y las trayectorias de cada uno de ellos. Sardá fue el pionero en esto que se ha consagrado como “televisión basura”, con lo que se enriqueció (esto es de mi cosecha), N. Preciados, que se autodefine políticamente como moderada, se inició en el periódico Arriba, órgano oficial de la Dictadura, B. Prado, autor de algunas canciones de J. Sabina, tertuliano y un “intelectual” oficial del actual régimen. En esa sesión, poco a poco, se les fue cayendo ese velo de pseudoprogresía y se las fue viendo el plumero de la desvergüenza. Con Ferreras se empleó a fondo y le recordó que fue un empleado de uno de los magnates de ese deleznable mundo patrio de los negocios, en concreto del Presidente del Club de Futbol del Real Madrid. Pero cuando se excitó sobremanera el presentador fue cuando le preguntó, en calidad éste de director de La Sexta, por los sueldos de los que se encuentran tras las cámaras, de los becarios, de los que ganan 600€. Les dijo a todos los que le estuvieron entrevistando que ganan 26 veces más (sic) que los técnicos que se encuentran detrás. A la pregunta directa de cuánto ganaban ellos, callaron como muertos.

Desconozco la repercusión que haya podido tener el paso de G. Toledo por esa cadena en los seguidores de ese programa (en torno a un millón) que se emite en directo por las mañanas. Tal vez pase inadvertido para la mayoría, pero para el observador interesado en, y preocupado por, la actual situación política, quizás, le haya servido para comprobar, una vez más, como se pone de manifiesto la falsedad y la manipulación de los actuales instrumentos del poder, cuando alguien discrepa y no se somete a los esquemas preconcebidos. Vistas así las cosas, con ese atrevimiento del actor, se ve muy empequeñecido, incluso ridículo, todo ese montaje con el que nos quieren hacer comulgar con ruedas de molino.



domingo, 10 de junio de 2018

YA SOMOS DE "IZQUIERDAS"


Ya somos de “izquierdas”, en un mundo de derechas. ¿Seremos capaces de soportar esa tensión? Todo es posible si lo que llaman izquierda es, sencillamente, la derecha maquillada.

El actual estado mental e intelectual de esta especie nuestra es tal que tenemos que expresar ideas, situaciones o hechos, recurriendo a elementales esquemas para que podamos entendernos. De esta forma, hemos acuñado el binomio izquierda-derecha para resumir una compleja situación política en el mundo y, en particular, en nuestras tierras.
El uso del término izquierda, como digo, es ahora una simplificación. En ella se encuadran ciertas formaciones políticas que poco tienen que ver con un verdadero ideario o con un auténtico ejercicio de lo que debería de ser esa corriente política. Los que incluyen el vocablo izquierda en su definición lo hacen debido al prejuicio favorable que le conceden amplios sectores de la ciudadanía. 

La izquierda que soñamos
Hace ya unos años, encontré una definición de lo que debería ser la izquierda, lo que suelo llamar: la izquierda real. Una definición integrada en los estatutos de hace unos años de IU. Literalmente decía el documento que la izquierda debería luchar por la “superación  del capitalismo y el avance hacia una sociedad sin explotación y sin alienación, hacia un socialismo concebido como la plena realización de los derechos humanos y la profundización de la democracia”,  Texto que compartía en mis años de militancia, y que sigo compartiendo.
La izquierda entendida de manera parecida a lo que hemos definido sólo existe en el imaginario de algunos hombres y de algunas mujeres. Esta izquierda no se ha materializado nunca en occidente en forma de formación política con posibilidades de gobierno. Así que esta falta de concreción da lugar a multitud de formas de entender la izquierda.
El término izquierda se ha convertido históricamente en un cajón de sastre donde cabe todo. Unos y otros se identifican con una izquierda imaginaria aunque casi nunca se han dedicado a exponer su manera de entenderla. Con seguridad, por esa condición de irrealidad material, el pensamiento o la percepción de la izquierda es muy diferente en unos y en otros. Grupos y partidos políticos en uso de la mentira se autodefinen, sin razón, como de izquierdas, abusando de la confianza, la ignorancia o la ingenuidad de la mayoría social.
El PSOE es uno de esos partidos que se incluyen en esa izquierda nominal, diríamos que, incluso, se ha adueñado del término en estos últimos tiempos, hasta el punto de que, embargados por la emoción, uno de sus últimos lemas de este partido rezaba: “somos la izquierda”, aunque tardó poco tiempo en cambiarlo en aras de ese refrán que dice: “dime de lo que presumes y te diré de lo que careces”. Si alguien quiere ejercer de izquierdas no necesita anunciarse, sólo actuar.

El Partido socialista, en suma, nunca se ha comportado como un partido de izquierdas, entendida ésta tal como pensamos algunos. El PSOE es un grupo que forma parte del juego político determinado por la oligarquía para mantener el  actual statu quo.

El cambio de gobierno
La rápida derrota del corrompido complejo creado en torno al partido político que ha estado gobernando los últimos seis años y medio ha dado lugar a una marcada confusión social, acentuada por los medios de comunicación, actual escaparate y guía de una ciudadanía maleable, forzada a ver cadenas de TV u oír emisoras de radio en manos de los que se encuentran al otro lado de los intereses de las clases trabajadoras. Ahora, aunque han pasado unos pocos días, es tiempo suficiente para preguntamos: ¿Cómo el pueblo  ha podido soportar durante todo este tiempo a una panda de gentuza como la que formaba el Gobierno de Rajoy, empezando por él mismo? Individuos incultos, anclados en la caverna. Visto, ahora, desde esa pequeña distancia, nos damos cuentas que han sido la auténtica continuidad de la Dictadura. Ciertos sectores de la sociedad se han alegrado del cambio de esta primavera del dieciocho, aunque hay que señalar que con más temor que entusiasmo.

Llegado el momento, como he dado a entender, el Gobierno del PP era insostenible. La corrupción generalizada, los casos pendientes que serán juzgados y la primera sentencia de la Gürtel, como detonante, han dado al traste con la permanencia del partido conservador. Por lo tanto, era obligatorio tomar una decisión. ¿Habrá tenido algo que ver el poder económico en el reciente cambio? ¿Y la Unión Europea? Si así fuera, habrá que entender que han optado por Sánchez en detrimento de Rivera. De lo que sí hay muestras evidentes es de que, en esta tercera etapa de gobierno, como en las dos anteriores, el IBEX, y lo que representa, se muestra complaciente.
Por el lado positivo,  esta es la primera vez tendremos un Presidente de Gobierno que habla otros idiomas, así como la mayoría de los Ministros nombrados. Así será más fácil comunicarse en la UE. Un equipo renovado con personas mayoritariamente más dinámicas frente al estancado del PP. 
Sin embargo, a pesar de las múltiples alabanzas al nuevo Gobierno, las políticas de “izquierdas” que podamos esperar del PSOE se resumirán, en el mejor de los casos, en una serie de gestos (ya ha comenzado, nombrando a 2/3 de Ministras) para contentar a ciertos movimientos reivindicativos, pero su política económica será la de siempre: la defensa de los intereses de los ricos. Esto se va confirmando conforme vamos conociendo algo más de los perfiles e ideología de los nuevos ministros. La nueva ministra de economía, por ejemplo, es aplaudida por Ana Botín y goza de la aprobación de la UE.
Por otro lado, el nombramiento de Grande-Marlaska, un juez marcadamente conservador, nos hace dudar de la política que se llevará a cabo desde el Ministerio del Interior. En una situación de inestabilidad, marcada por la desigualdad, es conveniente, desde el poder, mantener, de una u otra manera, las medidas represivas impuestas por el PP.

¿Qué nos espera en el terreno netamente político?
El PSOE, al menos en su definición, camina contracorriente en un espacio europeo diferente a la reciente situación que se ha producido en este país nuestro. Los partidos socialistas o socialdemócratas que han gobernado desde la segunda guerra mundial han ido perdiendo fuerza o han desaparecido como es el caso de Italia. En la mayor parte de los países de Europa dominan las corrientes más conservadoras. En algunos países con la participación en los gobiernos de fuerzas de corte fascista.

Hasta ahora todo daba a entender que en España el recambio del PP sería protagonizado por Ciudadanos, pero la operación a la que hemos asistido contradice esa idea. Algo hay que ha dado lugar a este giro, aunque no está todo el pescado vendido, por eso digo que quienes preferimos esta opción lo vemos con más temor que entusiasmo. Todo dependerá de lo que ocurra en los próximos meses. Tal vez, ese nuevo partido, C’s, no ofrezca todavía todas las garantías que se desean para la deseada estabilidad aunque, por mucho que se empeñen, y gobierne quien gobierne,  será efímera. Tal vez crean que su posición política, la de Ciudadanos, sea exageradamente extremista. Quizás su líder no muestre la madurez política que se requiere.

El futuro del PP depende de algunas variables. Por una parte, será definitivo el devenir de los procesos judiciales en marcha y de los nuevos que pudieran aparecer. Por otra, dependerá de la manera de reorganizarse, si es que lo consiguen. Pero lo más determinante es su rivalidad con Ciudadanos. Si en algún momento el poder real retoma sus primitivas intenciones de derivar el voto hacia C’s, el PP puede quedar reducido a un grupo testimonial.

Tal y como están las cosas, las expectativas de Podemos se resumen a su apoyo al PSOE y, en el mejor de los casos, a su participación en el gobierno, todo esto si es que los socialistas consiguen ser el partido más votado o, entre ambos, superan a lo que se conoce como fuerzas de la “izquierda”.
Pero lo que sí está garantizado es un largo periodo de “volatilidad” como consecuencia del agotamiento del actual modelo político y de la ausencia de soluciones a las contradicciones del sistema capitalista.

Tras el análisis, pasados unos días, y aplacada esa euforia en las líneas progresistas, sobre todo por la expulsión del partido corrupto, es legítimo que podamos concluir con aquella vieja sentencia popular de que “todo es mentira”. Desearíamos que esa mentira cada vez encontrara menos acomodo en nuestra sociedad.