viernes, 1 de junio de 2012

Un modelo para un sistema, ¿es posible otro modelo educativo en el marco de este sistema?


Hace algún tiempo, tenía dudas sobre la posibilidad de coexistencia de un nuevo modelo educativo, que mejorara la actual situación, con el vigente sistema socioeconómico. Adelanto que después de un periodo de  observación, de reflexión y de análisis esas dudas se han disipado por completo.
En el marco de ese mar de dudas, comprobaba, y sigo comprobando ahora, que son evidentes las grandes contradicciones entre la actual forma de enseñanza y lo que el sistema solicita de la sociedad: “(…) el encorsetamiento del actual modelo no puede resistir por mucho más tiempo. La necesidad de formar a los ciudadanos para que intervengan en un mundo cada vez más complejo y sofisticado en cuanto a la producción, al consumo y a la interrelación social; la falta de interés del alumnado en un medio que cada vez les resulta más distante y extraño respecto del resto de sus actividades; el creciente desencanto y desmotivación del profesorado y el desencuentro entre las familias de los alumnos y los docentes ponen en evidencia las contradicciones del sistema. Por lo tanto, con la anuencia del actual sistema o en confrontación con él, será imprescindible, mejor antes que después, abordar nuevas formas y nuevas prácticas que permitan un mejor y más completo desarrollo intelectual. (…)”. En consecuencia, mi pronóstico se basaba en que la mejora de la práctica educativa se produciría por efecto de esas contradicciones, independientemente de otros factores: (…) “el cambio que se requiere solo podrá sobrevenir como consecuencia de las contradicciones que se generan en el propio sistema (…).  Sabiendo que: (…) en la actualidad el sistema potencia un modelo de corte netamente transmisivo del saber, siendo consciente de que pierde potencial humano e intelectual en la producción (…). Ya por último, en el capítulo de las posibles soluciones apuntaba que: (…) solo caben dos soluciones frente a la situación actual de la práctica educativa: o camina a este ritmo hasta su degeneración total (lo que no sería del todo malo desde una óptica de progreso)  o tiene que producirse algún cambio que permita su permanencia en el marco del actual sistema (…).  He aquí mi mayor error de entonces, pensar que puede haber cambios sustanciales o transformaciones importantes en educación en el marco del actual sistema. La esperanza de un cambio provocado desde dentro del sistema vendría a ser la consecuencia de la desesperanza de un cambio global, a medio y corto plazo,  del sistema socioeconómico, pensando, además, que una mejor manera de formar a hombres y mujeres pudiera ser la puerta a una nueva etapa que de manera progresiva influyera sobre las demás estructuras que mantienen con vida al sistema actual.
Ahora, con algún dato más, y un mayor tiempo de reflexión, me atrevo a decir con rotundidad que no son posibles cambios aislados de  cualquiera de las estructuras que sustentan al sistema, a saber: el modelo político, la función de los medios de comunicación (que hoy se emplean sólo para alienar) y el modelo educativo y cultural, así como la propia organización productiva y social. El cambio debe de ser global y simultaneo; en consecuencia, las propuestas que aquí se hagan tendrían verdadero significado y eficacia en el marco de un sistema distinto.
La historia y la propia experiencia avalan lo que digo, reformas y más reformas desde las administraciones no han variado en lo más mínimo la práctica docente. Con la LOGSE, ley de 1990, se hizo un intento para cambiar, al menos, la forma de presentar los procesos de aprendizaje. Después de un cierto periodo de confusión en las aulas, las aguas volvieron a su primitivo cauce, cauce primitivo, ineficaz, anquilosado y arcaico. El profesorado se ha erigido en un  “rodillo” que aplasta cualquier intento de mejora. Pero, ¿por qué ocurre esto?, ¿por qué todo este colectivo no se moviliza para adquirir una profesionalidad de la que carece?, ¿cuáles son las verdaderas razones?. El profesorado, como tantos otros colectivos, como la sociedad en su conjunto, está enajenado, conducido. En el terreno laboral, sus  “propios actos se convierten para él [para el(la) profesor(a)] en una fuerza extraña, situada sobre él y contra él, en vez de ser gobernada por él” (K. Marx, el Capital). Se trabaja al dictado, aplicando programas definidos por otros sin que él o ella intervengan, los órganos de control de las administraciones se encargan de presionar para que esto sea así, las editoriales hacen el resto. A ellos(as) les resulta cómodo seguir esta regla. Las consecuencias son evidentes, entran en clara contradicción, su trabajo se convierte en algo rutinario que les viene impuesto, pero esa extrañeza se les vuelve en contra generando una repulsión por el alumnado e, incluso, por la tarea en sí misma. Por otra parte, el alejamiento entre sus acciones y sus sentimientos, su energía particular y su personal aportación, provoca un evidente rechazo de una amplia mayoría de los receptores de un mensaje absurdo, frío e impersonal.
Por lo tanto, un colectivo enajenado de su propia función, de su trabajo, no puede influir de manera positiva para formar a los jóvenes y niños en libertad, no propician el desarrollo intelectual al que el género humano puede tener alcance. Su función, instrumentalizada por el poder, se convierte en una tarea de represión, angustia y reproductor de la enajenación en la que ellos están embebidos.
¿Por qué otros colectivos progresan en su trabajo, adaptándose al cambio tecnológico, y adquieren o desarrollan capacidades a lo largo de su vida laboral?, ¿cómo interviene el sistema para que la práctica educativa sea como es y se mantenga?. Como hemos apuntado, pocas personas escapan de las condiciones alienantes que el sistema impone, tanto en el terreno laboral como en lo cotidiano. Sin embargo, existe una nota diferencial entre ciertos grupos de profesionales y los profesores, de tal manera que esos grupos, como por ejemplo los ingenieros, los abogados, los arquitectos evolucionan y adquieren verdadera profesionalidad a lo largo de su actividad laboral aunque su trabajo y su energía vital esté al servicio del poder o condicionado por el dinero.
Es bien sabido que los profesionales de los niveles altos de cualificación proceden, por lo general, de las escuelas técnicas o de las facultades universitarias, es bien sabido que el paso por estos centros es un mal que irremediablemente hay que sufrir, pero que no forma en capacidades generales ni profesionales. La formación superior, como el resto de los niveles, forma parte de la absurda e ineficaz práctica educativa con el agravante de que ésta tiene una enorme influencia en las etapas más elementales.  
Quizás dando razones de cómo interviene el sistema en los colectivos docentes demos respuesta a las dos preguntas anteriores. Además de la enajenación general de la que escapan pocos en sociedades como la nuestra, el sistema se encarga de hacer de los docentes un colectivo inmovilista y falto de profesionalidad actuando de la siguiente forma:
  • “Desregula” la tarea de enseñar permitiendo ejercer como tal y legitimando a cualquiera que haya alcanzado un determinado nivel formativo. He ahí las múltiples academias y la infinidad de “profesores particulares”.
  • Las administraciones carecen de organismos que se encarguen del estudio de nuevas formas de aprendizaje. Se limitan a cambiar los programas y poco más, nunca entran en el fondo del asunto, ofreciendo nuevas formas, estrategias o  nuevos modelos de aprendizaje.
  • El acceso a la enseñanza pública es relativamente sencillo en todos los niveles.
  • Se legitima y valora en positivo la acción transmisora del saber.
  • La enseñanza es la salida laboral, casi exclusiva, de un gran número de carreras universitarias. Hay una selección natural de manera que la enseñanza es un refugio para quienes no pueden optar a otras tareas.
  • Por lo general, los docentes no conocen ningún otro tipo de trabajo, pasando directamente de la universidad, donde adquieren todos los vicios que arrastrarán toda su vida laboral, al aula como profesores.
  • El trabajo es individual y autónomo. No existen estructuras profesionales que permitan la organización y promoción profesional. Las únicas exigencias, tal como hemos señalado antes, son de carácter burocrático que nada tienen que ver con la labor técnica o la eficacia y aplicación en la neta tarea educativa.

Diremos, para consuelo de algunas(os) con talante más conservador, que muchos de los males que aquejan a los docentes son comunes a otros tantos colectivos integrados en las administraciones: jueces y fiscales, técnicos superiores de la administración, inspectores e interventores fiscales, etc. Merece una especial consideración lo que ellos mismos autodefinen como “clase política” en donde no existe ni la más elemental medida de la eficacia de su función. Donde lo único que se les exige es el “brazo de madera” para levantarlo a petición del jefe de grupo. En este caso, el sometimiento y la enajenación de su función vienen a ser compensadas con una vida cómoda y una situación de privilegio haciendo bueno el dicho de “dame pan y llámame tonto”.


Nota: Los párrafos en letra cursiva están extraídos de otros documentos anteriores del mismo autor:
  • “Un nuevo modelo educativo para la superación de un sistema socioeconómico en crisis” (enero 2008).
  • “Crítica a la actual  práctica docente y directrices para la elaboración de un nuevo modelo” (Cuadernos de Pedagogía, septiembre 2008)
  • “Hacia una verdadera tecnología educativa como herramienta para la transformación del actual modelo” (intervención en el ciclo Complejidad y modelo pedagógico).
· “El desarrollo del proceso de aprendizaje en el aula: aplicación del diseño” (intervención en el ciclo Complejidad y modelo pedagógico).

lunes, 28 de mayo de 2012

DE CÓMO EL SISTEMA CREA FENÓMENOS QUE ADQUIREN VIDA PROPIA



Algunos hablamos con frecuencia de aquellos que controlan el sistema, que nos controlan, y no nos faltan razones para hacerlo, pero hay algo más que se nos escapa, que se les escapa, incluso, a esos que nos controlan.

El otro día me convocó el director de la agencia bancaria donde tengo la cuenta corriente. Reconozco que no sé muy bien lo que quería, tal vez le hayan dado alguna consigna para que nos “líen”, y nos intenten vender algo a los sufridos clientes que no tenemos más remedio que mantener una cuenta en los bancos por aquello de que las nóminas y todos los pagos están domiciliados. El caso es que en esa conversación que mantuvimos, en la que inevitablemente hablamos de la actual situación económica, llegamos a la conclusión compartida de que el sistema crea fenómenos  que se le vuelven en su contra. Es como que adquieren vida propia, de manera que, como decimos, escapan al control, incluso, de los que ostentan el poder.
Hace unos años ya lo apuntaba en uno de mis libros con el título “En los límites de la irracionalidad" (http://www.bubok.es/libros/193055/EN-LOS-LIMITES-DE-LA-IRRACIONALIDAD-analisis-del-actual-sistema-socioeconomico). Decía lo siguiente: Hemos intentado dibujar de manera global lo que hoy acontece en este tipo de sociedades para más adelante analizar en detalle todos los aspectos que configuran un sistema socioeconómico que se ha mantenido durante tantos años, pero que ahora se encuentra agotado, agónico, tambaleante, ahogado en sus propias contradicciones, perdido entre las tinieblas que él mismo, como fenómeno con vida propia, y sus defensores han creado. Ahora es el momento de esclarecer algunos de esos fenómenos parciales que dan lugar a ese fenómeno global al que entonces hacíamos referencia.

Fenómeno 1: El papel imparable de los medios
Los medios de comunicación  nacieron con el ánimo de informar de acontecimientos próximos o lejanos, al calor de algunos descubrimientos como son la imprenta y la retransmisión de la palabra (luego la imagen) a través de las señales electromagnéticas, pero inmediatamente se convirtieron en un instrumento fabuloso en manos de los que tienen el poder y el dinero para defender sus propios intereses. El progreso tecnológico ha convertido a esos medios en un monstruo a cuya influencia social es imposible ponerle límites.
Los mass media se han convertido en la mejor y mayor herramienta enajenante en nuestros días, más aún que las religiones y las sectas, aunque estas siguen teniendo una influencia nada despreciable. Están manejados para alienar, para propagar la mentira, para angustiar, para intoxicar y para meter miedo a la masa en nombre de otros. Evidentemente aquellos que hoy perduran están respaldados por potentes grupos financieros o por los gobiernos de turno. Su función sigue siendo la misma que cuando fueron capturados, pero ahora ya no necesitan recibir consignas: funcionan de manera autónoma. Sus actores convertidos en “estrellas” de radio o TV, tertulianos o redactores, constituyen una nueva clase privilegiada que goza de una elevada posición económica.
Dadas las dimensiones que los medios han adquirido, se han convertido en un fenómeno con vida propia que asfixian y que se repiten hasta la saciedad. Debido a ese enorme tamaño, ya consolidado, no les queda más remedio, para su propia supervivencia, que seguir con esa dinámica. Y esta es la parte negativa para ellos y para sus mentores. El desencanto, el lento descubrimiento de la mentira, el progresivo hartazgo de la noticia manipulada y la TV basura, puede acarrear cansancio sin que los que mandan puedan evitarlo.

Fenómeno 2: Las acciones imparables de los gestores del dinero
La fuerza de trabajo ejercida por tantos y tantas durante tanto tiempo, ha permitido acumular dinero no sólo entre los propietarios de los medios de producción, sino entre otros tantos sectores de una sociedad compleja, incluido el de los trabajadores de mediana y alta cualificación. En estos momentos nadie sabe con certeza cuál es la masa dineraria que se mueve por los circuitos financieros, ni que parte del dinero responde a la economía productiva o a la economía especulativa. La deuda, las nuevas emisiones de moneda y la especulación han generado una burbuja de dinero virtual que responde a la suma de los dígitos  que cada cual, ricos o pobres, tienen en sus cuentas corrientes y en los refugios o paraísos fiscales (en este caso sólo los ricos), pero sólo son eso, dígitos que no están respaldados por ningún elemento con valor real o tangible, por lo que es una realidad palmaria  que si cada uno de nosotros quisiera disponer del dinero contante y sonante de lo que aparece en nuestras cuentas o cartillas no habría ni para abonar el 1% del total.
En esa enorme masa de dinero, en su mayoría ficticia, se encuentran, además de las grandes fortunas, los ahorros en forma de planes de pensiones, o en otro tipo de depósitos, de gentes modestas. Los movimientos del capital están ahora en manos de gestores de los que algunos dicen que son más peligrosos que los propios psicópatas.
El afán de enriquecimiento de la mayoría de una sociedad enferma conlleva la optimización de las ganancias, lo que genera todo ese vendaval de movimientos de dinero llevados a cabo por individuos (profesionales o particulares) afectados de ludopatía. Esa delegación en este tipo de personas permite que ellos jueguen, incluso, con los ahorros de la población llana, pero este papel de los gestores es imparable e incuestionable porque su tarea sintoniza con la codicia de esta especie nuestra. He aquí otro fenómeno con vida propia. Los poderes políticos, incluso el poder real, nada pueden hacer para frenar este destructivo proceso que, sin lugar a dudas, nos lleva hacia un final poco halagüeño.
Los políticos y los “expertos”, sin ninguna posibilidad de intervención, nos distraen de esa cruda realidad hablándonos de la “crisis” como máscara de una situación que ni ellos mismos entienden, lo que nos lleva a la conclusión de que esto es algo más grave y más extenso que una simple crisis.

domingo, 20 de mayo de 2012

DEL CLIENTELISMO AL DESPRECIO Y A LA INDIFERENCIA


Los comportamientos destructivos llevados a cabo por una buena parte de los individuos de esta especie nuestra tienen su origen en la pobreza humana, o en el aún incipiente desarrollo intelectual. La desigualdad, la mentira o la venganza, por ejemplo, se han instalado en sociedades como la nuestra en espera de que las actuales capacidades mentales mejoren.
El poder es el refugio de quienes no encuentran otra mejor forma de relación con su entorno. El poder es la antítesis de la entrega o el servicio a los demás cuando se tiene que llevar a cabo una tarea de dirección o coordinación de grupos sociales. La mayor parte de quienes asumen una parcela de poder, por muy pequeña que sea, la ejercen. La otra cara de la moneda de esa manera de enajenación, la complementaria, es la sumisión de quienes se someten a los poderosos. Ambas dimensiones son una manera fácil de caminar para sobrevivir, pero no para vivir intensamente.
Del poder cuelgan, entre muchos otros, comportamientos tales como el clientelismo, y sus antitéticos: la indiferencia y el desprecio; tan vigentes todos ellos en estos tiempos que corren.
El clientelismo se extiende a cualquiera de las actividades en las se establece una relación de dependencia de unos que se someten a los que tienen algún poder. Estos les acogen con la condición de ser permanentemente controlados para que no se salgan del papel que les marcan. En cualquier caso, se trata de una especie de casino, como en tantas otras cosas, en el que algunos son agraciados, pero siempre con la comprobación previa de que serán personas dóciles a la vez que interesadas. Ese es el juego.
Lo que distingue a la indiferencia  del desprecio se resume a que en el segundo caso hay una manifestación de palabra o alguna acción de uno de los agentes implicados, el que desprecia, contra el despreciado. Sin embargo, en el caso de la indiferencia no se produce ningún tipo de manifestación o acción, lo que, a mi modo de ver, es más despectivo que el mero desprecio, al ser ignorado aquel que pide, que solicita o que se ofrece. Lo más degradante para una persona es que sea ignorado, en una sociedad en la que tanto se ensalza a determinados individuos. En esto de la distinción también funciona la regla del casino en el que algunos son agraciados, aunque siempre suele recaer la suerte entre los más conservadores, entre los que puedan hacer alarde del éxito, alimentando la ambición, la codicia, la envidia o el engaño. Al sistema actual le interesa que haya individuos distinguidos que constituyan una referencia para que el resto de los mortales crean que pueden alcanzar el estado del que gozan esos agraciados, lo que permite que desde posiciones, aparentemente inofensivas, se potencien esos vicios que alimentan al modelo.

El mundo al revés: el deseo de escribir “de gratis”
En la actualidad, tal vez siempre, un número incalculable de personas se ofrecen para escribir sin remuneración o compensación alguna, lo que me abre una puerta a la reflexión. Ante esta situación de “voluntariado”: ¿cuáles son los motivos por los que se actúa de esta manera?, ¿qué efecto produce entre quienes controlan los medios de difusión e, incluso, las editoriales?, todo ello cabe ubicarlo dentro del vasto campo de los comportamientos de los de nuestra especie.
Antes que nada quiero señalar que yo mismo soy ahora de esos que escriben por “amor al arte” y, por lo tanto, me veo en la obligación de justificar el porqué, o, lo que es lo mismo, explicar las razones de por qué lo hago, admitiendo que otros lo hagan por los mismos motivos.
En tiempos pasados, en ejercicio de mi profesión, he escrito, y mucho, para grandes editoriales, para organismos públicos o, incluso, para entidades privadas por lo que he recibido una contraprestación dineraria, a veces, muy elevada.  Ahora, rompiendo con la línea que llevaba a cabo en aquellos tiempos, me dedico a recoger en papel o, más intensamente, en registros digitales escritos que son el resultado del análisis de las situaciones que nos toca vivir, nada que ver con mis trabajos anteriores, aunque siempre ha permanecido de manera latente en mi pensamiento la idea de hacer lo que vengo haciendo ahora. Pues bien, en mi caso, al menos, el hecho de escribir, con el esfuerzo que ello supone, sin ningún tipo de recompensa material, se debe a un compromiso adquirido con la sociedad en la que me encuentro con el ánimo de aportar algún granito de arena que pueda ayudar a mejorar las actuales condiciones de vida. Es una manera de lucha como otras tantas por la igualdad, por la solidaridad y por el progreso bien entendido. Desencantado de la acción política en lo que conocemos, para entendernos, como izquierda, convencido de que la ayuda al desarrollo de otros mundos lejanos no resuelve los problemas, salvo el de  tranquilizar la conciencia  de uno o de una, me dedico a esto, abriéndome a los demás,  en lugar de buscar alivio en “refugios” evasivos.
Sin el ánimo de dar un diagnóstico certero, tengo que pensar que una parte de quienes bloquean la sección de colaboradores o de opinión, de las múltiples publicaciones en papel o digitales, sin que sean remunerados, lo hacen en busca de protagonismo inmediato, del futuro éxito o, lo que es lo mismo, por la posibilidad remota de incorporarse más tarde a ese exclusivo sector que se hace rico vendiendo su obra. El fenómeno del exceso de manuscritos tiene lugar también en las editoriales que, en contraposición, cada vez se van reduciendo en número, hasta que solo queden las más potentes, respaldadas siempre por otro tipo de negocios. Soy consciente de que existe una fina línea entre ese afán de protagonismo o deseo de éxito, y mi postura personal, pero así son las cosas, luego está el asunto de la “fe”, que en tantas ocasiones desplaza a la razón. El que no quiera creer que mi comportamiento no encierra ese afán de protagonismo, o de hacer “hucha”, que no lo crea, eso ya queda fuera de mi capacidad de convencimiento.
Frente a esa avalancha de noveles, aficionados o voluntariosos se encuentran quienes se encargan de admitir, seleccionar o dar curso a los escritos cortos  o a los manuscritos. Tal vez por ese desbordamiento de papel, o de bits debidamente ordenados, la flaqueza humana dé lugar a ese tipo de conductas que ponen de manifiesto lo más vil de este género, como es la indiferencia o el desprecio, lo que les convierte en mal educados, prepotentes, autoritarios o faltos de la humanidad que se requiere para convivir entre iguales. Porque enterarse se enteran de que algo les ha llegado cuando algún ingenuo les envía su misiva. Alguna experiencia tengo en esto porque cuando, a modo de ensayo, he comunicado con alguna persona, por lo general para dar y no para recibir, y ha hecho oídos sordos, basta con que vuelvas a la carga con algo de agresividad controlada y comedida para que rápidamente “salten” para defenderse de ese nimio ataque en el que le señalas simplemente que no responde a tus mensajes. En fin esto daría de sí para un extenso tratado.

Lo que se hace gratis no interesa
El otro día hablaba de estos asuntos con un amigo que me abrió los ojos, no había caído en la cuenta de que las cosas pudieran ser como él me decía con claridad meridiana.
Yo le decía que  en otros tiempos estaba acostumbrado a que las editoriales o los organismos para los que escribía me “exigieran” que publicara con fechas señaladas y cumpliendo plazos. Continuaba diciéndole que no entendía esto de que, en apariencia, te hacen un favor cuando te publican algún artículo a pesar de que se hace  sin ningún tipo de remuneración. Además, me quejaba de que socialmente este tipo de trabajo se valora poco aunque lo que se diga tenga interés (en estimación  del que lo escribe), se esfuerce el autor en   profundizar en el contenido o se esmere en la forma de comunicarlo.
A lo largo de la conversación mi amigo me dijo, intentando buscar el motivo de mis quejas, que tal vez esto ocurre porque lo que se hace gratis no interesa. Sabias palabras que recogen de manera sencilla la idiosincrasia de una sociedad acostumbrada a pagar por lo que consume o utiliza.
No cabe duda de que ese comentario ha influido en mi “afición” por trabajar de esta manera, lo que me lleva a escribir este artículo y a replantearme todo este asunto.
En esa línea que llevo a cabo, mediante la cual cada vez reduzco más el número de personas a las que me dirijo, haré el envío a título individual en función del contenido de lo que escriba. No obstante, cada vez que se me ocurra algo lo “colgaré” en ese modesto Blog en el que permanecerá hasta que la técnica dé un cambio radical a la manera de almacenamiento de datos.
En una última reflexión, sólo me queda decir con cierta tristeza que este mundo de la literatura, en sus variadas acepciones y formas, queda reducido en este tipo de sociedades, totalmente mercantilizadas, a un selecto número de agraciados que viven de ello, siendo conscientes, o no, de que son instrumentalizados por los que tienen el poder y el control sobre un colectivo en el que cada día se potencia más y más esa indiferencia que tanto perjudica a unos y a otros. 

miércoles, 9 de mayo de 2012

ENCUENTROS O DESENCUENTROS EN LA QUINTA FASE


Por nuestra cuenta, aunque no nos faltan razones para ello, hemos establecido cuatro fases previas a lo que puede suceder a corto plazo, o a lo que ya, de alguna forma, estamos viviendo. En un artículo anterior (http://www.nuevatribuna.es/opinion/antonio-jose-gil-padilla/2011-06-12/evolucion-del-capital-y-conflictos-sociales/2011061218101200127.html) decíamos que la evolución del capital ha pasado por cuatro etapas, a las que de forma esquemática denominábamos: Plusvalía, consumismo, deuda privada y deuda pública. En cada una de ellas, el propósito casi exclusivo es el de la obtención de beneficio individual rápido. Las diferentes etapas han sido marcadas fundamentalmente por la evolución del poder económico.
La, por entonces, burguesía naciente, con un potencial económico considerable, fue maquinando un modelo político que le diera cobertura. Por este motivo, el poder político siempre ha estado y estará sometido al poder económico que es el poder real, salvo en el hipotético caso de un sistema de economía estatalizada donde ambos poderes se confundieran. A lo largo de la Ilustración se fue fraguando ese modelo basado inicialmente en el Concepto Racional Normativo que dio pie a la Declaración de los Derechos del Hombre y del Ciudadano, porque el nuevo sistema económico necesitaba hombres que se sintieran libres, a diferencia de la dependencia del plebeyo o del esclavo.
El actual modelo "democrático", a pesar de estar configurado para establecer una  clasificación social, adquirió credibilidad entre las capas populares. Por una parte, era una alternativa a los modelos autoritarios de comienzo del siglo XX; por otra, los políticos, por lo general, solían ser gentes ilustradas, lo que les concedía credibilidad entre las masas. A finales del siglo anterior se inicia un proceso de descrédito de los partidos políticos y de sus dirigentes. Berlinguer como líder comunista o Miterrant como representante de la Socialdemocracia marcan el final de una etapa de políticos comprometidos o de cierto calado intelectual. Ahora nos encontramos con peleles como este que nos gobierna en España que en una misma frase dice una cosa y la contraria: “No subiré el IVA, pero si tengo que hacerlo lo haré”. En Alemania una mujer de corte hitleriano se empeña torpemente en arruinar las vidas de la clase trabajadora de toda Europa. Los gobernantes son eliminados a pesar de haber vencido en elecciones “democráticas”, es el caso de Berlusconi y Papandreu. En Francia pierde un acomplejado y gana un funcionario del Partido Socialista. En Grecia el reparto de escaños hace de aquello un país ingobernable. Tanto en Grecia como en Francia la extrema derecha se convierte en una fuerza política a tener en cuenta. El modelo político, pues, vemos como sufre un deterioro galopante. Una parte importante de los individuos de sociedades como la nuestra aún participa, votando a los que antes eran oposición para que pierdan los que antes gobernaban, es decir, que se vota a la contra. En nuestro país, un tanto peculiar, el PP mantiene una franja del electorado que vota incondicionalmente por ideología, porque en ese partido está incluida la extrema derecha, y, además, porque mantiene una estrecha relación con la Iglesia católica, herencia adquirida de la Dictadura.
Si nos fijamos, a la vez que el sistema de explotación capitalista se agota, dando lugar a una etapa, que pienso es de transición, las superestructuras que lo sostiene también han entrado en un proceso de descomposición. En estos momentos tan inciertos, la situación económica camina al margen de la organización política, es decir, ese modelo “democrático” ya no les hace falta para mantener la “paz social”, aunque los gobiernos de turno hacen todo lo posible para contentar a los de arriba.
En esta situación de caos ya da igual hacer o decir lo que se quiera, se ha perdido esa prudencia de los poderosos para preservar su poder, su posición o su riqueza. Hoy día se puede decir sin miedo que un tipo se ha jubilado con una indemnización de 54 millones de euros y que, además sigue activo dirigiendo otra entidad financiera distinta. Esa vacuna a la que me refiero en otros artículos, nos ha inmunizado, la sociedad está preparada para todo lo que se nos venga encima. Pero este estado de cosas tiene un peligro para los desaforados, para los ambiciosos. En algún momento, pienso yo, la calma, esa paz social que nos ha mantenido mansos durante tanto tiempo, se puede romper, porque los acontecimientos se desencadenan a tal velocidad que cada vez son más los sectores que pasan al terreno de la exclusión. La ausencia de organizaciones políticas que canalicen un proceso de cambio hará que la reacción, de producirse, sea desordenada. Una juventud sin futuro, un paro galopante, una clase trabajadora asfixiada y depauperada y unas pensiones de miseria frente a la acumulación de la riqueza en unos cuantos tiene que  desembocar, antes o después, en algún tipo de reacción. Las guerras con armamento hoy día no son viables porque el mundo quedaría hecho un solar en el que no cabría la subsistencia de nadie, por eso la guerra actual es una guerra económica, una acción del poder para eliminarnos por la vía de la pobreza, pero deberían tener presente que en una guerra siempre hay dos bandos que tarde o temprano entrarán en juego. Los poderosos deberían tener en cuenta que también son mortales, vulnerables a la acción de justicia de los que les sirven o de aquellos de quienes se aprovechan  sin pudor.
A los ricos, a los ambiciosos, a los que muestran ese desmedido afán de enriquecimiento no les queda mucho más margen de maniobra en el marco de este sistema porque han quemado todas las etapas posibles. El mercado del dinero que ahora funciona  no puede consolidarse, no es viable en un mundo de más de 7.000 millones de habitantes.
En consecuencia, a mi entender, sólo quedan dos posibles salidas de esta situación de transición. La primera, a imagen de los que ocurre ya en ciertas zonas del planeta, se materializaría en la desaparición de lo que se conoce como clase media, dando lugar a la bipolarización de clases. Por un lado una clase pudiente con un alto nivel de consumo, de un consumo sofisticado de productos fabricados en esos nuevos países de economía emergente; por otro, unos amplios sectores depauperados, sin capacidad adquisitiva para sobrevivir con un mínimo de dignidad. En estas circunstancias no es necesaria una estructura política al estilo de lo que tenemos ahora, el modelo “democrático” sería innecesario. El orden social se mantendrá a basa de un aparato represor potente pagado por los de esas clases privilegiadas. En este caso los posibles brotes de violencia, por insignificantes, serían sofocados sin consecuencias para los de arriba.
 La segunda posibilidad, la que gran parte de la sociedad desearíamos, sería consecuencia del abandono de actos inocuos como las manifestaciones pacíficas, las huelgas insustanciales y demás acciones al uso, por actos que de verdad dañen a los que ahora se empeñan en someternos a toda costa, es decir, perder el temor para meter miedo a los de arriba. De alguna forma, debido a la inseguridad, a la inestabilidad y al desasosiego ya se ha iniciado  una cierta la agitación social que irá en aumento. Si esa agitación social se potencia y se canaliza podría dar lugar a un cambio a favor de los menos privilegiados. Si se fuera capaz de llegar a tiempo se podría parar este proceso de desatinos y de abusos. Para ello, sería necesario un rechazo generalizado del modelo político actual, aprovechando el camino de descrédito que él mismo ha emprendido,  elegir a unos verdaderos representantes del pueblo cuyo ideario se basara en la igualdad y en la solidaridad y reaccionar ante unos medios de comunicación alienantes.
En nuestras manos está. Si dejamos que esto continúe, retrocederemos en el tiempo, aterrizando en un sistema de corte estamental. Por el contrario, si fuéramos capaces de reaccionar, enfrentándonos con eficacia a la situación que sufrimos, podríamos caminar hacia una verdadera democracia del pueblo y para el pueblo.
Que el propio  lector valore cuál de las dos opciones tiene ahora más posibilidades.

sábado, 5 de mayo de 2012

DE QUÉ SIRVEN LOS LAMENTOS


La proliferación de medios de comunicación de toda índole, y la facilidad de acceso a todos ellos, tiene ahora más que nunca una influencia capital en el modo de vida de los individuos de sociedades como la nuestra. La multitud de acontecimientos de carácter económico o político, por ejemplo, conviven en perfecta simbiosis con todos esos medios. La abrumadora información llega por todos los lados y a todas horas, es casi imposible aislarte.  Te despiertas por las mañanas con la radio y antes de bostezar un par de veces ya te han contado en varias ocasiones aquello que se repetirá hasta la saciedad antes de que regreses por la noche de nuevo a la cama. Luego echas un vistazo a la prensa escrita que te cuenta las mismas cosas. Vuelves a oírlo de nuevo en los informativos de varias cadenas de TV. Abres Internet y más de lo mismo. Desde una óptica esperanzadora, pienso que a la larga una buena parte de la sociedad terminará harta, yo ya lo estoy. Cuando la radio comienza a sonar a eso de las ocho me apresuro para darle al botón de “stop”; no compro periódicos en los quioscos; ya apenas veo TV; dedico un tiempo discreto a seleccionar las noticias en algunos diarios digitales de Internet. Y, sobre todo, elimino sin abrir los mensajes que por  email me llegan cargados de lamentos. Se me antoja que pueda ser ésta la manera más eficaz de combatir contra las intenciones de aquellos a los que se les ha encomendado que nos  adocenen y nos distraigan de nuestra realidad, o de huir de la ingenuidad de algunos que se conforman con propagar la inmoralidad o la desdicha.
¿De qué sirven tantos lamentos, o tanta información ante la que el espectador, oyente o lector nada puede hacer? ¿Alguien se ha parado a pensar que función cumple tanta queja a través de algunos medios de comunicación y, en particular, vía mensajes del correo electrónico? Que si el director de RTVE será nombrado directamente por el Gobierno del PP (es el último que me ha llegado, del que sólo he leído la cabecera), que si una carta de un funcionario denunciando las agresiones y los recortes, que si los hijos de los políticos ocupan puestos por enchufe, que si las cacerías del monarca cuestan una “pasta”, que si Urdangarín se ha apropiado indebidamente de un montón de millones, que si los políticos deberían rebajarse el sueldo, que si los actuales gobernantes mienten, etc., etc., etc.
Bien, todo ello es cierto, pero qué valor tiene que se nos recuerde con tanta asiduidad, sobre todo a quienes ya lo sabemos, a los que sabemos que estas sociedades están montadas sobre la injusticia y la desigualdad. ¿Qué se puede hacer cada vez que se te muestra una información de este estilo?, porque nunca te lo dicen, nunca te dicen qué acciones hay que llevar a cabo para combatir lo que se censura. ¿Saben los autores que lo más positivo que pueden originar es la frustración y la desesperación de unos cuantos?
¿Cuál es la otra cara de este tipo de actuaciones? ¿Perjudica esto a los que tienen el poder, a los que llevan a cabo todo tipo de tropelías? La respuesta a la última pregunta: en absoluto. Si así fuera buscarían la forma de evitar su difusión o de perseguir a los que lo generan. Los que gobiernan ahora se curan en salud con un factor de seguridad exagerado. Por ejemplo: tienen decidido, por lo visto, establecer normas para castigar a los que convoquen cualquier tipo de acto por las “redes”, algo tan aparentemente inucuo. Los desordenes callejeros, dicen, serán equiparables a actos terroristas.
Sin embargo, todo esto que se hace desde una doble vertiente, la simple información o la mera denuncia, sí que tiene consecuencias de lo más negativo. Supone la aceptación progresiva de esos impúdicos hechos, sin ir más allá de la ingenua satisfacción del receptor por el exclusivo conocimiento de lo que se cuenta. Es como una vacuna con la que nos vamos autoinmunizando, que nos va preparando para que vayamos asumiendo acontecimientos cada vez más escandalosos. A este tipo de información, a modo de denuncia, los periódicos de mayor tirada, todos en manos de la derecha, lo convierten en noticias sensacionalistas con el motivo principal de vender más ejemplares. Los programas televisivos supuestamente más críticos se regodean y se burlan, aunque de una manera “dulce”, de los actores de los desatinos y de las corrupciones,  con el ánimo de aumentar o consolidar una particular audiencia. La abundancia de mensajes de lamentos vía Internet es el consuelo de quienes se autoerigen en defensores de causas justas, pero desde el desconocimiento del suelo que pisan. A estas alturas aburren y, en ocasiones, se reenvían por la facilidad de la tarea, pero no despiertan ningún tipo de rebeldía; a lo sumo, como he dicho, generan frustración e impotencia, aunque, bien es cierto, que  cada vez menos. Son simples válvulas de escape. Yo, en mi línea, ya me niego al reenvío.
Los lamentos, junto a otras actuaciones, como las manifestaciones en la calle, no producen  ningún tipo de inquietud entre los que mandan; las admiten porque no hacen ningún daño, ni atenta contra sus intereses. Es la concesión de un espacio acotado y vigilado para el desahogo y el desfogue de la “plebe”. Las acciones deberían caminar por otras vías que fueran más agresivas contra los que abusan de una sociedad mansa. Mientras tanto habrá que recurrir a los clásicos: “Cuando la tristeza por la condición humana te conduzca a la oscuridad, suaviza tu ánimo y piensa que más merece quien se ríe del género humano que quien de él se lamenta” (Lucio Anneo Séneca, 0035).
Cuando lees estas cosas escritas hace casi 2000 años, junto a la actual falta de alternativas a una situación tan sangrante como la que padecemos, es inevitable pensar que el determinismo juega un relevante papel en la trayectoria de esto que se conoce como humanidad. ¿Habrá que esperar mucho tiempo a que las leyes naturales nos ayuden a mejorar nuestras actuales condiciones de vida?

miércoles, 2 de mayo de 2012

PINTURAS





De vez en cuando es conveniente abandonar la lectura y recrearte con la simple mirada. Estos son algunos dibujos míos. Los cuadros de un aficionado que hace bastante que no coge los pinceles, aunque a veces se sienta la pulsión de hacerlo. 






Godoy (Villaviciosa de Odón)
Imagen de Brujas (Bruselas)

Una calle de Toledo

Panorámica de Toledo

Fachada de Santiago

Canales de Brujas

Palacio de mi pueblo

Pueblo y cielo imaginario

jueves, 19 de abril de 2012

CUENTOS DE ADULTOS PARA ADULTOS: (2) DE CÓMO SE PROTEGEN ENTRE SÍ LOS INTEGRANTES DE LAS CLASES PRIVILEGIADAS

Dicen que en ese lugar -donde la mayoría, por unas u otras razones, estaba jodida- se consolidó definitivamente la división entre clases privilegiadas y clases no privilegiadas. Las estratagemas de los que siempre estuvieron por encima habían dado resultado. Las doctrinas religiosas inventadas, que a lo largo de la historia habían sido un instrumento de engaño, sumisión y sometimiento de los más débiles, eran hábilmente manejadas para hacer más extensiva, si cabe, la ignorancia y, como consecuencia, la aceptación de los hechos, por muy impúdicos que estos fueran. Con todo, las reglas del juego impuestas por el poder funcionaban a la perfección: cada uno en su sitio con la aceptación y la resignación  de todos los individuos del lugar. La hipocresía y la demagogia eran otros elementos más mediante los cuales engatusaban al pueblo llano.
Las clases privilegiadas gozaban de todos los parabienes que proporcionaba el progreso. Las clases no privilegiadas, carentes de lo necesario para vivir dignamente, como corresponde a los seres humanos, permanecían impasibles, aceptando cuantas medidas restrictivas se les ocurriera a los de arriba para vivir ellos mejor.
Como suele ocurrir en unas circunstancias como en las que allí se vivía, los poderosos actuaban sin ningún temor, hacían y deshacían a su antojo hasta llegar al abuso. “Estos imbéciles no se enteran”, comentaban entre ellos cuando llevaban a cabo cualquier tipo de fechorías o extravagancias.
Cierto día, uno de los mandamases del lugar -bueno aquel a quien los que tenían más dinero habían colocado, con carácter de solemnidad, como una especie de figura primitiva- se marchó de incógnito a la caza de grandes fieras a otro lejano lugar. Nunca se supo con quién fue, ni quiénes corrieron con los gastos de esa expedición; pero, mire usted por donde, sufrió un  percance por el que vino a dar con los pocos huesos sanos que le quedaban en tierra.
 Pronto los pregoneros y los charlatanes –que, por el sucio papel antisocial que llevaban a cabo, gozaban de grandes privilegios- difundieron la noticia por cada uno de los rincones. No tuvieron más remedio que hacerlo, aunque minimizando el acontecimiento, porque el asunto era tan feo que de haber dicho la verdad corrían el riesgo de que se tambalease todo el tinglado que tenían montado. Hubo opiniones para todos los gustos, pero, como digo, siempre ocultando esos datos más relevantes, o todo aquello que, por elemental,  estaba en las mentes de la mayoría. El asunto fue tan escandaloso que el protagonista se vio obligado a dar una explicación, y a manifestar su arrepentimiento, señalando que no lo volvería a hacer. Pero, ¿por qué hizo esto? ¿Era verdadero arrepentimiento, o lo que pretendía era simplemente salvaguardar los intereses de su casta? Más bien parecía lo segundo.
Esa acción de fingido arrepentimiento supuso una válvula de escape para las otras clases privilegiadas que angustiadas estaban esperando ardientemente algún signo para justificar al batidor de fieras. Enseguida los políticos se lanzaron a decir que el error cometido quedaba saldado por esas declaraciones del cazador. Los pregoneros y los charlatanes del lugar dijeron lo mismo. Nadie fue más allá para decir abiertamente que esa fechoría colmaba el rosario de desatinos y corruptelas cometidas en su entorno, por lo que, en buena lógica, algunos pensaban que debería dejar su puesto de calanchín y dejar paso a otros cuyo poder emanara del pueblo, permitiendo que la condición de los individuos cambiara de súbdito a ciudadano, y así poder iniciar un nuevo camino de dignidad y progreso.
Unos y otros privilegiados, sin demasiados esfuerzos, fueron capaces de tranquilizar  a una mayoría de esos  súbditos embebidos por la práctica del engaño, y ubicados en el limbo de los ingenuos. Sin embargo, hubo otros que no tragaron con el cuento, pero a esos no les quedaba más recurso que la rabia contenida y la resignación.

Moraleja: Abre los ojos a la realidad engañosa que nos envuelve. No votes a políticos incompetentes que sólo miran por sus propios intereses, ni hagas caso de los que te engañan a través de los medios de comunicación. Reivindica la III República como régimen basado en la razón y abraza el lema: “Ni dioses, ni reyes, ni tribunos”. 

domingo, 15 de abril de 2012

CUENTOS DE ADULTOS PARA ADULTOS: (1) DE CÓMO EL ENGAÑO SE ENSAÑA CON LA INGENUIDAD Y LA IGNORANCIA, O LA BÚSQUEDA DEL BENEFICIO PROPIO DIFUNDIENDO UNA ESTÚPIDA TEORÍA DEL BIEN COMÚN

Érase un lugar llamado Prostibulandia  en el que sus pobladores habían llegado a tan lamentable estado, que se les veía ahora dominados por la confusión,  por el miedo y por la pobreza. Ya hacía tiempo que la ignorancia había pasado a la categoría de normal. Sin embargo, hubo una época anterior en la que unos trabajaban para otros, a los que se les conocía con el nombre de patronos. Los  patronos poco a poco se fueron enriqueciendo, los trabajadores sacaban lo justo para subsistir. Como los obreros veían que su trabajo hacía engordar el capital de sus patronos, comenzaron a reivindicar mejoras en sus salarios y en sus  condiciones laborales. Unos cuantos, los más atrevidos, les dijeron a los demás que había que luchar para conseguirlo. Así comenzaron las huelgas y los paros hasta que los patronos se dieron cuenta de que si se paraba la producción sus arcas disminuirían. Entonces se vieron obligados a conceder esas peticiones que los obreros les hacían. Luego se dieron cuenta de que eso de subir los sueldos les venía bien porque de esa manera podían venderles los productos que fabricaban.
Pero llegado un momento, los ricos eran tan ricos que ya no tenían la necesidad de producir para ganar. Lo que pasa es que como nadie se conforma con lo que tiene pensaron en otra forma de seguir enriqueciéndose. Los más espabilados dijeron: ¿por qué no creamos un negocio en el que el dinero genere dinero? De esa forma apareció un mercado diferente a  mercados como el de las verduras, los pescados y otros semejantes, que eran vulgarmente conocidos por sus pobladores. A ese negocio, lo llamaron mercado del dinero, fijándose en los casinos que se habían creado con anterioridad.  De esta manera, el dinero crecía y crecía sin parar. Era un dinero virtual, pero satisfacía la codicia y el afán por ser más ricos de los que en el juego participaban.
Los demás, los que antes trabajaban, aunque fuera para enriquecer al patrono, se iban empobreciendo poco a poco. Primero, los que salían despedidos de sus trabajos porque sus patronos ya tenían suficiente, luego los jóvenes que no tenían a donde ir. Poco a poco la pobreza se iba apoderando de las diferentes capas sociales. Algunos se creían que nunca les tocaría a ellos, pero se sorprendieron porque, en un momento dado, si que les llegó.
Sin embargo, como si nada pasara, el Rey del lugar, conocido como “el simple”, seguía con sus juergas, sus saraos y sus divertimentos favoritos. Los políticos iban también a lo suyo, lo único que buscaban era el voto a través del engaño, y luego: si te he visto no me acuerdo.
En una situación como la que se estaba viviendo, el lugar se convirtió en un campo abonado para vividores, oportunistas y sinvergüenzas de poca monta.
Cierto día, llegó un tipo de otro lejano lugar que había escrito un libro en el que se proponía otra forma de vida. Decía que había que repartir la riqueza,  que de forma voluntaria los ricos cederían  gratuitamente lo que tenían para dárselo a los demás. Este individuo, en apariencia ingenuo, fingía desconocer por completo la naturaleza de los pobladores de aquel lugar, sobre todo, parecía ignorar la forma de ser de los ambiciosos, de los que vivían, única y exclusivamente, para ser cada vez más ricos. Tampoco parecía ser consciente de que tiempos atrás otros ingenuos ya habían propuesto eso de repartir, en la creencia de que los ricos se cansarían de ser tan ricos. Hacía oídos sordos a una regla elemental que regía en ese lugar, norma  que reza: “el afán de enriquecimiento es proporcional a la riqueza que se tiene”.
Algunos de los habitantes del lugar, cegados por la ignorancia, creyeron que aquello podía ser posible. Así que le dijeron a aquel extranjero que se pusiera en marcha, ¿por dónde comenzaremos?, le preguntaron, pues por ir a los ricos para comunicarles que lo que queremos es el “bien común” para todos los habitantes de este lugar, respondió el extraño. Ni cortos ni perezosos, se fueron a la búsqueda del Sr. Mocasín que era uno de los más ricos del lugar. El hombre, al que le acompañaba en el lecho del dolor uno de sus jóvenes herederos, se encontraba por entonces en el trance de la muerte. Al comunicarle lo que querían, sufrió un sincope que acabó con la poca vida que le quedaba. Algunos dudaron después si el óbito se debió a la petición de esa comisión o a  la historia que el joven familiar le estaba contando para distraerle, una historia en la que se mostraba un mundo idílico sin clases sociales. Da igual una cosa que la otra. Sorprendidos los visitantes que presenciaron el hecho se fueron con el rabo entre las piernas. Al poco tiempo, decidieron visitar de nuevo la sede familiar en la idea de que las riquezas del difunto estaban indivisas. Cuál no sería su sorpresa al ver que los herederos se estaban peleando por un reparto que no les convencía. La bronca llegó a las manos. Los hijos y nietos ya eran ricos de antemano, pero querían más y más. Estos agentes benefactores abordaron al representante de la familia diciéndole: “Ahora que el Sr. Mocasín ha muerto es un excelente momento para repartir sus riquezas entre los pobres de este lugar que se han quedado sin ingresos”. El fulano les miró fijamente, no entendía nada de nada, después de unos instantes reaccionó, y con una voz bronca les dijo: “váyanse a tomar por el culo”.
Los habitantes de aquel lugar se dieron cuenta, después, de que aquel hombre que vino de otras tierras lo único que pretendía, aprovechándose de la confusión reinante, era abusar de una población, ya de por sí castigada, vendiéndoles sus libros y sus estúpidas teorías; comprendieron que aquella teoría del bien común no era otra cosa que la búsqueda del beneficio propio de unos cuantos, pero ya era demasiado tarde, las ediciones de aquel libelo se habían agotado.

Moraleja: en tiempos de confusión, de inestabilidad, de temor, hay que estar ojo avizor para no ser víctima de vividores que quieran aprovecharse de una población supuestamente ingenua, ignorante y empobrecida.

miércoles, 11 de abril de 2012

A MODO DE INVENTARIO

Después de más de treinta artículos publicados en menos de un año, he decidido poner un punto y seguido en esta actividad. Punto porque me propongo hacer una pausa en el envío rutinario a través de las redes y del correo electrónico a ese grupo de amigos y conocidos que habitualmente los reciben. Seguido porque, ni mucho menos, dejaré de relatar lo que acontece en nuestras vidas, desde el punto de vista del pensamiento crítico. Todo lo contrario, desligarme del compromiso de escribir un artículo con un determinado ritmo me permite actuar con mayor libertad, escribiendo en mi Blog (http://ajgilpadilla.blogspot.com.es/) cuando tenga algo que me parezca interesante, y, además, dedicando más tiempo a otros trabajos de mayor extensión. Hay un terreno abonado, necesitado de reflexión y análisis, e ideas no me faltan. El mundo de la enseñanza es algo a lo que no he dedicado  una sola línea en estas publicaciones periódicas, a pesar de haber permanecido 31 años ocupado en la tarea docente, y de haber escrito mucho sobre este asunto, destacando un texto (http://www.bubok.es/libros/17498/UN-NUEVO-MODELO-EDUCATIVO-PARA-LA-SUPERACION-DE-UN-SISTEMA-SOCIOECONOMICO-EN-CRISIS) en el que recojo experiencias y propuestas para transformar la anticuada e ineficaz práctica educativa actual.

Este escrito, a modo de inventario, lo dividiré en tres bloques: a) una especie de declaración personal entre el desencanto y el agradecimiento; b) una relación de constantes, o ideas transversales, que aparecen en mis artículos y c) un esquema que resume la actual situación en estos tiempos y en estos países de occidente.

1. Entre el desencanto y el agradecimiento.
Comienzo por el final, agradeciendo a todas aquellas y a todos aquellos que habéis comentado mis artículos y que me habéis animado a seguir. Son cientos los comentarios que he recibido a lo largo de este período, que, como digo, no llega al año. Espero seguir en contacto con algunas personas interesantes que he encontrado en este camino, y con otras que conozco desde hace mucho tiempo. No quisiera perder esas relaciones con amigos y amigas que tanto me han aportado.
El otro aspecto, el del desencanto, me gustaría desdoblarlo en dos partes. Por una, la desilusión por la frialdad de trato de Nueva Tribuna, con cuyos gestores no he tenido ningún encuentro personal a lo largo de este tiempo, a pesar de ser suya la iniciativa para iniciar mis relaciones con ellos. El desengaño al pensar que era un grupo progresista que cultivaba valores propios de quienes luchamos por un mundo diferente. El chasco al comprobar que actúan como lo han hecho, y lo hacen, los sectores sociales y los poderes más reaccionarios, cercenando la libertad de expresión y censurando un artículo crítico con unas instituciones que le hacen el juego al sistema.
Por otra parte, y esto es más delicado y triste, el desencanto por la imposibilidad de “calar” en las conciencias y en el pensamiento de gran parte de los individuos de este tipo de sociedades. La dificultad para romper con lo establecido, con lo que es considerado políticamente correcto, aunque esté en contra de sus intereses. La necesidad que tienen algunos de escuchar y leer lo que se desea sin reparar en la posibilidad de poder llevarlo a cabo. Todo ello se debe, a mi entender, al miedo a enfrentarse a una situación que nos asfixia, pero que prefieren ignorar, escondiendo la cabeza bajo el ala, refugiándonos en “guetos” que nos aíslan de esa realidad, en actividades normalizadas que intencionadamente ponen a nuestra disposición. Las modernas “redes sociales” están cargadas de estupidez, se trata de tener miles de amigos o seguidores aunque no se sepa quiénes son, aunque jamás entres en contacto con ellos. Se difunde y se potencia todo aquello que evita la reflexión, que adocena, que enajena. Es como un círculo vicioso: el sistema pone a disposición de la masa materiales inocuos publicitando el  fomento de esa pseudocultura, y los individuos los solicitan imbuidos en el engaño y la ilusión. Esta deformación intelectual se ha extendido al campo del pensamiento, del pseudopensamiento diría yo.

2. Ideas transversales.
A pesar de haber publicado cada uno de mis artículos con diferente título, abordando temas de actualidad, aparecen de manera explícita, o subyacen, en todos ellos una serie de principios o postulados, a lo que me gusta llamar ideas-clave, que les dan coherencia y continuidad. De manera resumida son estos:
  • La situación económica actual responde al agotamiento del sistema capitalista, enmascarado bajo el paraguas de la “crisis”. Crisis de la que nadie es capaz de diagnosticar su final.
  • El poder político está sometido al poder real, es decir, al económico. Lo mismo ocurre con el judicial y el mediático. El vigente modelo democrático es una estratagema para la dominación de clase. Como dice mi amigo Luís Salcedo, si esta “democracia” no les funcionase se inventarían otra.
  • Los medios de comunicación cumplen a la perfección su función de embelesamiento, enajenación y embrutecimiento de los individuos. La manipulación y el engaño de sus actores es recompensado con unos ingresos disparatados, convirtiéndoles en clase privilegiada. Algo parecido ocurre con el deporte. En ambos casos, sus agentes son instrumentalizados.
  • Las clases dominantes han conseguido imponer y generalizar sus “valores”. El dinero se ha convertido en el máximo exponente en el actual modelo de vida. El afán de enriquecimiento y la codicia dominan a todos aquellos que tienen algún patrimonio. El afán de enriquecimiento no es más que un esfuerzo por ocultar a los demás, y a sí mismos, una intolerable pobreza humana (A. Zugasti). La ley de la codicia dice que “el afán de enriquecimiento es directamente proporcional a la riqueza que se posee”. 
  • En el terreno del pensamiento “progresista”, en una especie de delirio evasivo, se confunde lo deseable con lo posible. Así se publican textos y artículos, o se pronuncian discursos que engatusan a quienes necesitan alguna válvula de escape para encontrar seguridad y consuelo ante una situación que les angustia.
  • Los sindicatos se han integrado de pleno en el sistema. Se han convertido, junto a los partidos políticos, en instrumentos del poder real, contra las clases más desprotegidas.
  • Al poder se le combate con otro poder. El miedo está en relación inversa al poder, a más miedo menos poder y viceversa. Cuando un poder se debilita, el contrario se refuerza. En Román Paladino: Si se lleva a cabo una acción, pongamos por caso una huelga, y no se consigue nada, los patronos o los políticos adquieren más fuerza para llevar a cabo sus fechorías.
  • Los trabajadores, totalmente ausentes de conciencia de clase, se han convertido en un segmento social refractario e inmovilista por el miedo a perder lo que tienen.
  • La sociedad actual está afectada en grado sumo por la indiferencia, la insolidaridad y el conformismo. 
  • En el fondo de todos nuestros males subyace la inmadurez intelectual de una especie que aún no merece el reconocimiento de humana.  
3. Esquema de la actual situación socioeconómica.
De nuevo recurro al resumen para dibujar de la manera más elocuente posible la situación que sufrimos en estos años turbulentos, de inseguridad, desasosiego e incertidumbre. El referente de lo que sería un sistema más racional y más humano para quienes deseamos un mundo mejor habría que situarlo en la recuperación de valores perdidos y en otros tales como la igualdad y la solidaridad, en la desaparición de pasiones tales como el poder y la sumisión y en la búsqueda de la única pasión que permite vivir con independencia e integridad, como es el amor (E. Fromm).

  • El sistema capitalista, a pesar de estar basado en la explotación (y a menudo en la crueldad) ha cumplido una función. El desarrollo tecnológico es innegable y la superproducción ha necesitado el consumo masivo por lo que ha sido necesario hacer algunas concesiones a la clase trabajadora para que pudiera acceder a la compra de excedentes.
  • La acumulación de enormes cantidades de capital en manos de unos pocos ha generado un mercado del dinero, sin que sea necesario, para colmar sus ambiciones, reinvertir en la economía productiva, lo que ha provocado, y seguirá provocando en el futuro, un importante aumento del desempleo, con lo que el consumo se verá afectado.
  • La única salida posible de esta caótica situación, en la que el sistema capitalista ha tocado techo, se encuentra en la estatalización de la economía, pero los poderes actuales caminan justo en sentido opuesto.
  • Pero quienes tienen el dinero, el poder y el control no lo van a abandonar por voluntad propia. Los utópicos se equivocaron de lleno. El poder, pues,  hay que arrebatarlo, disponiendo de una fuerza superior.
  • La “clase política” se encuentra perdida, dando “palos de ciego”, convertida en marionetas  de unos enfermos mentales. Una clase privilegiada cada vez más alejada de los intereses de los ciudadanos.
  • Los medios de comunicación se repiten hasta el hartazgo. Se hacen insoportables para aquellos que se han dado cuenta de la función que se les encomienda. Son irreflexivos, resultan angustiosos…
  • La sociedad está ausente, perdida enajenada, indiferente, viciada, DÉBIL; los individuos que la forman están ahora absolutamente carentes de  conciencia, son, incluso, desconocedores de la que se les viene encima.
  • No se vislumbra ningún agente o grupo que pueda reconducir esta endemoniada situación.
  • ¿Cómo se presenta el medio y largo plazo? Dejo la reflexión y la inferencia para el lector, pero no parece demasiado halagüeño.
  • Pienso que los poderosos y sus gestores están jugando con fuego. Llegado el momento, los individuos se verán obligados a salir a la calle masivamente, habrá agitación social, el poder político resultará inservible para contener a la masa y mantener la “paz social”, función que tienen encomendada. Ante la ausencia de un agente transformador, la agitación social sólo puede convertirse en confusión y desorden.
 Por mi parte, como muchos otros, he decidido eliminar el consumo superfluo: minimizar el gasto en energías (lo que incluye la desconexión de receptores de radio y televisores), restringir el uso del coche particular, comprar los alimentos absolutamente precisos, no solicitar préstamos ni créditos hipotecarios, eliminar la compra de vestidos, regalos, etc., eliminar las salidas al cine, al teatro, a los bares y a los restaurantes. Ahhh, y por supuesto, no acudir cada vez que me convoquen a cualquiera de los actos electorales, es decir, mantenerme en ese grueso grupo de los que nos abstenemos. Si lo que desean es austeridad y restricciones, ayudémosles para acelerar el proceso en el que tanto empeño ponen, apoyémosles  para que esto acabe cuanto antes. ¿Qué otra cosa se puede hacer ahora? 

jueves, 5 de abril de 2012

¿VENDRÁN TIEMPOS MEJORES?

El otro día me crucé con J.L. Sampedro en la calle Andrés Mellado de Madrid. Estuve a punto de abordarle para preguntarle ¿por qué no nos creen cuando decimos que esto no es una simple crisis, que estamos en el final de un sistema que ha funcionado durante unos 500 años?. Pero la prudencia y los buenos modales hicieron que reprimiera ese primer impulso. Quería hablar con el ilustre pensador porque lleva bastante tiempo anunciando que esto es el final del capitalismo. Estas eran sus palabras en el año 2010: “en este momento estamos en la descomposición del capitalismo hacia una situación de barbarie”, y comparaba la época actual con “lo que en su día le pasó a Roma”.
Pero los políticos, con el ánimo de seguir viviendo de este cuento, y los medios de comunicación, con el de seguir sobreviviendo con la manipulación y el engaño, han acuñado, de forma interesada, el término "crisis", convirtiéndolo en el "cajón de sastre" donde domina la confusión. Y de ahí no hay quien les saque. La palabra se ha "estandarizado", y no hay quien se prive de pronunciarla cada vez que hay que poner alguna excusa o justificar cualquier situación.
He rebuscado en los escritos y las entrevistas de Sampedro, pero no he encontrado las razones que él pudiera aducir para pronunciarse con tanta contundencia e insistencia en que esto es el final del capitalismo.
Las verdaderas razones las encuentro, como en tantas ocasiones, en K. Marx. En un artículo anterior, que titulé con el nombre de "Un sistema agotado" (http://www.nuevatribuna.es/opinion/antonio-jose-gil-padilla/2011-07-17/un-sistema-agotado/2011071712581600123.html), decía:  "El pensamiento de K. Marx se hace hoy más vigente que nunca cuando pronosticaba que, a largo plazo, el sistema capitalista desaparecería debido a su tendencia a acumular la riqueza en unas pocas manos, lo que provocaría crecientes crisis debidas al exceso de oferta y a un progresivo aumento del desempleo. Para Marx, la contradicción entre los adelantos tecnológicos, y el consiguiente aumento de la eficacia productiva, y la reducción del poder adquisitivo, que impedirá adquirir las cantidades adicionales de productos, será la causa del hundimiento del capitalismo. Marx no preveía la aparición de lacras tales como la corrupción, la especulación y la masiva evasión de impuestos, tal vez porque nunca pensó en las dimensiones que podría adquirir el capital acumulado, ni en la abultada burocracia política de los actuales estados “democráticos”. Tampoco podía suponer entonces que el enorme desarrollo tecnológico, y el derroche energético, provocarían un deterioro tan bestial del medio natural".

Pedro Olalla nos informa periódicamente de la situación en Grecia. Nos cuenta "un caso más" (http://www.pedroolalla.com/index.php/es/blog) en el que observamos cómo los trabajadores cualificados están dispuestos a realizar tareas de nivel inferior por bajos salarios. Hoy en mi "tele", una señora griega, jubilada, decía que cobraba 400 € de pensión, pero cuando ha ido este mes a cobrar le han dado sólo 150 €.
Aquí, de momento, amplios sectores se permiten viajar en estas minivacaciones. 14 millones de desplazamientos anuncian que se producirán en estos días. Esconder la cabeza bajo el ala es un recurso que se hace más vigente en aquellas situaciones que no se asimilan o que amenazan con tiempos peores. Tal vez sería más consciente aplicar otro dicho: "cuando las barbas de tu vecina veas pelar echa las tuyas a remojar", aplicable a lo que ocurre en Grecia, y también a lo que pasa aquí con todos esos conciudadanos que lo están pasando tan mal. 
¿Vendrán tiempos mejores?. Por el camino que vamos parece difícil. Esta "crisis" de la que nos hablan no parece tener final, lo que la descalifica como algo netamente coyuntural. Las fechas en las que esos "ineptos" (con el reconocimiento oficial de expertos) auguran su final son del todo resbaladizas; antes hablaban del 2013, más tarde decían que todo acabaría en el 2015, ahora oigo hablar del 2022, lo que nos hace pensar que todo es improvisación. Yo pienso que ni los mismos políticos entienden eso de que la cosa se arreglará reduciendo el déficit a base de recortes y subidas de impuestos con consecuencias negativas para los más débiles, pero esas son las medidas que les mandan aplicar desde instancias superiores, es decir, desde el poder económico y desde las instituciones internacionales que defienden sus intereses.
¿Qué tendrá que ocurrir para que la sociedad pase de la inacción y la indiferencia a la protesta y a la rebeldía?. Tal vez peque yo aquí de ingenuo, pero no veo otra salida que la de recurrir a la "ciencia de la historia" para inferir una vida futura que dé al traste con esta agónica situación. En aplicación de la  "ley  de la correlación de fuerzas", cuando una de las partes se siente en superioridad de condiciones abusa hasta el extremo al ver a la otra tan débil. Esto adquiere una dinámica a modo de espiral: más debilidad en los de abajo, más presión de los de arriba, como está ocurriendo ahora. Pero llegado el extremo, a la parte débil, por muy depauperada que se encuentre, no le quedará más remedio  que reaccionar, pero para que la cosa llegue a buen fin es necesario que haya algún agente que organice la revuelta, en caso de ausencia, la agitación social sólo puede convertirse en confusión y desorden. ¿Seremos capaces de organizarnos para luchar por una nueva y futura etapa de justicia e igualdad?.

sábado, 31 de marzo de 2012

DESPUÉS DE LA HUELGA

Pasó la huelga, hicimos huelga, fuimos a las manifestaciones, se hizo lo que se pudo. Ante las reacciones de mi último artículo, CENSURADO por Nueva Tribuna, me siento en la obligación de hacer algunos comentarios.

1. En primer lugar, repetir lo que he comentado en más de una ocasión respecto a la diferencia entre opinión y lo que, con mayor o peor acierto, yo hago. Mis artículos no surgen de la improvisación, de la frustración, del resentimiento, ni siquiera de la indignación. Intento llevar a cabo un proceso de razonamiento inductivo que conjugo con otra capacidad como es el análisis para concluir por inferencia en lo que pueda suceder. Por lo tanto, niego la opinión, y me parece un error que los periódicos, digitales o en papel, nominen así la sección en la que se recogen escritos de personas con inquietudes que intentan dar algún tipo de respuesta a la situación que vivimos, que intentan provocar la reflexión y el pensamiento propio o, sencillamente, compartir ideas y propuestas.


2. En ese artículo censurado, que antecede a este en el Blog, ya advertía que  algunos se podrían escandalizar e, incluso, tacharlo de reaccionario, pero esto lo decía en la idea de que se llevara a cabo una lectura rápida como consecuencia de la cantidad de información que día a día recibimos. Estaba convencido de que una lectura detenida no causaría "estragos", porque mis reflexiones van dirigidas, fundamentalmente, a una selecta minoría intelectual. De hecho, sólo un amigo de los que me han enviado un mensaje de respuesta manifiesta que le parece reaccionario, pero pienso que el motivo es porque no le ha dedicado el tiempo que precisa su lectura. Por el contrario, son numerosos los amigos y amigas que han sintonizado con su contenido. Reaccionario es todo aquel o aquello que se opone a la acción de progreso; sin embargo, en el artículo se incita a que la acción reivindicativa se potencie hasta convertirla en un proceso largo que dé como resultado la derrota de políticas que perjudican gravemente a las clases populares.


3. El proceso señalado, mediante el cual elaboro mis escritos, no podía concluir en otra cosa diferente a lo que allí se recoge. Si contrastamos lo que señala el artículo con lo que ha sido el día después, comprobaremos que lo que allí contaba se cumple al pié de la letra, como no podría ser de otra manera:

3.1. "Guerra de cifras" sobre participación: a) los sindicatos inflan el número de huelguistas; b) el Gobierno utiliza todos los recursos a su alcance para anunciar que la participación ha sido insignificante; c) la realidad, valorando las noticias de la manera más objetiva posible, muestra que la huelga ha sido más eficaz en la industria y en los transportes, pero ha sido prácticamente insignificante en el sector servicios, que representa un 75% de la actividad productiva de este país.

3.2. Eficacia de la huelga. Si se trataba de forzar al Gobierno para que paralice la reforma laboral, hay que concluir en que la huelga no ha surtido efecto alguno porque afirman que seguirán a delante sin variar un solo punto del bloque fundamental. El PP, con el apoyo de los catalanes (y de otros pequeños grupos), basan su  decisión en esa mayoría absoluta que obtuvieron el 20N. Este modelo "democrático" legitima al grupo ganador en las urnas y, una vez obtenido el triunfo electoral,  el partido vencedor se hace absolutamente insensible a la contestación popular que posteriormente pueda tener lugar. Lo más grave es que la sociedad asume este hecho sin ningún tipo de reparos.

3.3. Un hecho puntual, como es un solo día de huelga, se aleja de lo que se conoce como un proceso de lucha en el que se plantean objetivos, y donde las acciones han de continuar mientras no se alcancen esas metas. Por lo tanto, esto ha sido un simple balón de oxigeno para los sindicatos convocantes, una simple  cuestión formal, una acción estereotipada, como en el anterior artículo se señalaba.

3.4. El miedo de muchos de los trabajadores, y las reticencias de otros muchos sobre el papel que juegan los sindicatos, han jugado una baza fundamental en el día de la huelga. El gobierno y los empresarios han quedado indemnes, lo que refuerza su posición, como ocurre cada vez que hay un enfrentamiento entre partes y una de ellas es derrotada, y aquí los derrotados han sido de nuevo los trabajadores.

jueves, 15 de marzo de 2012

A LA HUELGA 10, A LA HUELGA 100...


Hace algún tiempo nos estremecíamos cuando escuchábamos aquella canción de  Elisa Serna cuyo estribillo decía lo siguiente: “a la huelga 10, a la huelga 100, a la huelga madre yo voy también”. La huelga fue durante muchos años un instrumento eficaz de lucha en el camino de emancipación de la clase trabajadora. Las condiciones eran otras muy distintas a las actuales. En primer lugar, el sistema productivo estaba en pleno apogeo; el paro de la actividad ocasionaba importantes pérdidas para el patrón. En segundo lugar, existían masivas concentraciones de trabajadores en grandes fábricas. En tercer lugar, existía una acentuada conciencia de clase. En cuarto lugar, las organizaciones de los trabajadores no eran “instituciones”, y su principal instrumento reivindicativo se basaba en los procesos de lucha, que permanecían hasta alcanzar los objetivos, y no exclusivamente en la negociación. Y, sobre todo, la huelga generaba temor. La pérdida del temor de los trabajadores provocaba un incremento en el de los empresarios. Temor de los patronos por la contundencia de una mayoría que perdía su miedo, y porque aquellos no eran capaces de evaluar el alcance de la revuelta, sin olvidar la presencia del bloque soviético que constituía un referente para unos y una amenaza para otros.
 La situación actual, como digo, no tiene nada que ver con la de otros tiempos. Lo que contaré a continuación puede parecer políticamente incorrecto. Algunos puede que se escandalicen, otros, incluso, lo pueden tachar de reaccionario, pero esclarecer la realidad con argumentos debería ser suficiente para romper los tópicos y las rutinas al uso, siempre en beneficio de unos cuantos. Circula por ahí una frase que no me quiero atribuir, pero que comparto plenamente: la verdad en el mundo del engaño es revolucionaria, o algo parecido. El pensamiento crítico consiste, entre otras cosas, en enfrentarse desde la razón a lo que otros deciden en beneficio propio, amparándose en la ignorancia, la prudencia, la ausencia de reflexión o el temor a discrepar.
En contraposición a las condiciones del pasado, ahora el paro de un día en la producción de bienes y servicios no implica grandes pérdidas, en muchos casos será de agradecer por parte del patrón: un día que se ahorran en la partida de los salarios. Los EREs y los ajustes avalan esto que digo. La conciencia de clase es prácticamente nula; la sociedad de consumo, y las nuevas técnicas alienantes, han dado lugar a una sociedad confusa y perdida; la indiferencia y el individualismo han sustituido al sentimiento del ser social, a la idea de colectividad. Por otro lado, el miedo se ha incrustado a título individual en cada uno de los que tienen un empleo de tal manera que se aferran a él de forma totalmente incondicional. No se observa ningún signo que nos haga pensar que ese temor pueda desaparecer para iniciar un proceso de lucha como los que se han vivido en otras ocasiones. El incremento progresivo de ese miedo de los trabajadores otorga cada día más y más poder a los patronos, dando lugar a una especie de espiral de la que parece muy difícil salir. Por último, los sindicatos actuales son instituciones integradas plenamente en el sistema, que basan sus limitadas acciones en la negociación, es decir,  han desestimado el término “lucha”, y por supuesto la acción que ello conlleva, que históricamente ha sido  el único instrumento reivindicativo eficaz. En el momento actual, en un acto de pobreza intelectual y humana, reivindican la negociación perdida porque el  PP, con la aprobación de esa nefasta reforma laboral, ha puesto en manos de la patronal tantos recursos legales para hacer y deshacer a su antojo que no necesitan sentarse en una mesa a negociar con los sindicatos.
La acción del día 29 de marzo, a la que nos llaman las organizaciones sindicales mayoritarias, es una huelga estereotipada. Un acto asumido por los poderes económicos y políticos, un juego que les resulta hasta divertido, tal como se jactaba de ello el actual Presidente del Gobierno en una de esas reuniones de burócratas de la UE: “yo también apuntaré en mi currículo una huelga, como los anteriores gobernantes”, parecía pensar Rajoy cuando verbalizaba aquello de que: “la reforma laboral me va a costar una huelga general”; vamos que cuentan con ello, y sin sobresaltos. Por otra parte, es una simple acción de protagonismo sindical, de engaño, para decir que están ahí, porque, ¿qué sentido tiene parar la actividad productiva y los servicios un solo día? Eso lo hacen los gobiernos, o incluso la iglesia, cuando quieran, anunciando una fiesta nacional o algo parecido. Con actos de este estilo no asustan  a nadie, y, por lo tanto, nada conseguirán en beneficio de los trabajadores: parados, precarios o con empleo estable. Los dirigentes sindicales o no saben o no quieren saber que la lucha de los trabajadores, como hemos señalado, es un proceso que debería permanecer hasta alcanzar las metas, así ha sido siempre que las cosas se han hecho en serio.
 Desde la óptica de la participación, la huelga está llamada al más absoluto fracaso. Por un lado, ese miedo a la pérdida de lo que se tiene impedirá que los trabajadores se movilicen, incluso aquellos con ideas progresistas (yo ya he oído decir  en varias ocasiones que más vale ganar unos cuantos euros que estar en paro). Por otro, somos ya bastantes los que sospechamos que esto es una acción de carácter político, un lavado de imagen en la que priman exclusivamente los intereses de los propios sindicatos. Luego vendrá la “guerra” de datos de la participación en la que los organizadores intervendrán señalando una cifra que, sin ningún género de dudas, no se corresponderá con la realidad. ¿Y después qué? Algunos llegarán a la conclusión, si es que aún no han caído en la cuenta, de que el engaño no es patrimonio exclusivo de la derecha, sino que todo aquel que tiene algo de poder lo utiliza para defender en exclusiva sus intereses.
La situación general, ya no sólo la laboral, es compleja. Estamos en manos de desaprensivos, de enfermos cuyo único interés se centra en un desmedido afán de enriquecimiento. No es fácil encontrar soluciones para, al menos, retomar la dinámica de décadas anteriores, con la intención de encontrar otro camino diferente a este que no sabemos hacia dónde nos conducirá. Algunos piensan, pensamos, en ello, en buscar posibles salidas a esta situación que se puedan traducir en acciones, pero de momento todo ello queda limitado al terreno del pensamiento. No obstante, ayudaría bastante que las organizaciones sindicales y los grupos políticos que se autoubican en la izquierda dejaran atrás sus intereses grupales y se entregaran a la defensa de los intereses colectivos tal como ha ocurrido en otros momentos de la historia.

jueves, 1 de marzo de 2012

¿TODOS IGUALES ANTE LA LEY?

Esquema: El artículo comienza situando la proyección social de la ley en el marco de una sarta de mentiras con las que engatusan a una sociedad silente, para, a continuación, señalar la verdadera función de las normas en un sistema como el vigente. Después se define el colectivo encargado de aplicar las leyes y el papel que se les encomienda, de manera que al que de él se sale le cae sin reparos el anatema. Por último, de la manera más gráfica posible, se marcan las diferencias de trato en el proceso entre aquellos que tienen poder y de los que de él carecen. 

Dicen los diccionarios que la igualdad es el trato idéntico entre todas las personas, al margen de razas, sexo, clase social y otras circunstancias diferenciadoras, definición que, por cierto, encierra una contradicción en sí misma al admitir que hay clases sociales, es decir, ricos y pobres, patronos y trabajadores, explotadores y explotados, etc. Ni el más osado se atrevería a defender con pruebas o argumentos la existencia de este principio en sociedades como la nuestra, en donde, por el contrario, la desigualdad es endémica, y constituye el leitmotiv que engrasa el mecanismo del actual sistema. Como en tantos otros asuntos, en esto de la ley, es necesario proclamar lo contrario a lo que es la práctica habitual antes de que se descubra la cruda realidad. Una vez anunciado de manera machacona que todos somos iguales ante la ley, intentando hacer bueno el lema de Goebbels, la masa social se convierte en presa del engaño interesado, y lo asume sin rechistar. Nos mienten con eso de la democracia (algunos denuncian la mentira y piden democracia real ¡ya!), nos mienten con lo de la representatividad de los políticos (otros tantos, o los mismos, ya se han dado cuenta de que no nos representan), nos mienten con la reforma laboral que destruirá empleo en lugar de crearlo, nos mienten en campañas electorales los que nos prometieron que no habría subidas de impuestos, nos mienten, además, con eso de la igualdad ante la ley.
Ahora, como siempre, la ley es un instrumento para someter y reprimir al pueblo llano, limitando sus derechos, en defensa de la propiedad e intereses de las clases privilegiadas, entre los que se encuentran los propios políticos. Algunos ingenuos pensadores (H. Kelsen, M. Duverger, M. Hauriou, y otros tantos) han derrochado materia gris en defensa de la estructuración e independencia de la norma, en la creencia, por su parte, de que ésta rige de manera objetiva los estados democráticos modernos. Nada más lejos. La ley está diseñada para proteger a los que más tienen y para hacer cumplir con sus obligaciones a esa inmensa mayoría que mantiene a los  Estados, sin posibilidad de que los gastos que aquél genera sean repartidos proporcionalmente a la posesión de riqueza.
En los últimos tiempos, estamos contemplando como la ley se utiliza para destruir el estado de bienestar, conquistado en otros tiempos cuando la correlación de fuerzas entre dominados y dominadores era más favorable a los primeros. Así, vemos como se van restringiendo las prestaciones sociales y los derechos adquiridos. La aplicación de la ley, lejos de ser una fórmula de convivencia entre iguales,  no es otra cosa que el ejercicio del poder contra el que de él carece.
La ley, en suma, es  un instrumento coercitivo puesto en manos de las fuerzas políticas mayoritarias que, como venimos señalando, sirven, a su vez, al poder económico de la mejor forma, con el ánimo de permanecer en el gobierno el mayor tiempo posible.
Las leyes son tan poco precisas, y su cumplimiento está tan focalizado en la dirección de la defensa del poder real,  que encierra una enorme cantidad de fisuras por las cuales el pícaro se cuela para burlarlas. Los poderosos se rodean de “eficaces” asesores fiscales y juristas que, conocedores de la ley, de su ambigüedad, de sus incoherencias y de sus contradicciones, burlan la norma en beneficio de sus clientes. Por lo tanto, siempre que sea posible, les resulta más rentable incumplir la ley de forma reiterada aunque alguna vez se descubra ese incumplimiento y se tenga que rendir cuentas, porque, inevitablemente, las normas de carácter penal afectan tanto a unos como a otros, a los que tienen poder como a los que no lo tienen. 
La aplicación de las normas generadas por el poder político queda reservada a un colectivo de corte conservador en el que el clientelismo y la endogamia son piezas clave de la institución. Aunque nos quieren hacer creer que la ley es inflexible y explícita, no cabe duda de que su imprecisión es tal que, en el campo netamente jurídico, los dictámenes que emiten los jueces, que están bajo el poder de los órganos elegidos de forma poco democrática, encierran una gran carga subjetiva. Las decisiones y las sentencias para un mismo delito pueden ser contrarias según quien sea el que juzga, o aquél que es juzgado. Los jueces son unos simples funcionarios instrumentalizados a los que se les permite que ejerzan su  “poder” siempre y cuando respeten las reglas del juego, que no es otro que la defensa de los intereses de los que más tienen, y los de sus comparsas. En caso contrario, se pone en marcha la más deleznable maquinaria que permita expulsar a esa “oveja descarriada” que se atreve a enfrentarse al orden establecido. Los oscuros mecanismos empleados para alcanzar los objetivos nunca serán descubiertos, pero la ejecución de la medida suele ser  de lo más elemental; ejemplo: las actuaciones de Garzón son un impedimento para exculpar a los corruptos del caso Gürtel (vaya usted a saber lo que hay ahí dentro), pues se  expulsa al juez de la manera más burda y “santas pascuas”. En esa misma línea de persecución, el magistrado instructor José Castro debería andar con “pies de plomo” porque da la sensación de que van a por él; los medios de comunicación (incluidos los públicos), con esos tertulianos de extrema derecha a la cabeza, ya están haciendo su labor.   
Las cárceles están repletas de personas que pertenecen al lumpen urbano, o de aquellos que, de una u otra forma, contestan al sistema. Pocos elementos pertenecientes a las clases pudientes permanecen en prisión aunque sus desmanes hayan acabado en estafas o robos  de miles de millones. En ningún caso la ley les obliga a devolver lo que han usurpado. “El peso de la ley” tampoco recae sobre quienes, formando parte  de cualquier tipo de gobierno, roban, engañan o, incluso, invaden países con resultado de genocidio.
En el ámbito netamente procesal el tratamiento entre unos y otros casos de delitos, o entre unos y otros delincuentes es bien diferente. Vaya por delante que no defiendo ni justifico ninguno de los casos a los que me refiero a continuación. Si una persona humilde, acuciada por la necesidad vital de subsistencia, asume el papel de  “mulero”, y ésta es descubierta  en Barajas con droga, es detenida, puesta en manos de los jueces de inmediato, y encarcelada a continuación sin ningún tipo de contemplaciones. Sin embargo, los casos Urdangarín, Gürtel, Palma Arena, Malaya, y tantos otros casos de corrupción en los que están implicados individuos con más o menos poder, se eternizan en el tiempo. Los implicados son tratados como “presuntos” aunque las pruebas sean evidentes, después pasan por una escala nominal que discurre desde imputados a condenados, si es que llegan a serlo en algún momento, pasando por encausados, procesados y toda una retahíla de situaciones que alarga intencionadamente el proceso, con el ánimo de liberarles en cuanto exista el mínimo resquicio legal. La instrucción y los sumarios se hacen interminables mientras los investigados, imputados o encausados campan a sus anchas, con la posibilidad de deshacer entuertos que les pudieran culpabilizar o agravar sus “presuntos” delitos. Si por fin los procesos llegan a término, nunca se establece una relación de justicia entre pena y delito. Por lo general, si es que el “presunto” delincuente no es absuelto (véase el caso de los trajes de Valencia), el asunto puede quedar reducido a  una simple sanción pecuniaria o a unos pocos días de arresto: los recursos y, en último término, los indultos, el tercer grado y otras tantas tretas permiten que el tiempo juegue  su papel, y que todo el espectáculo haya quedado limitado, como en tantas ocasiones, a esa ancestral y recurrente fórmula que se conoce como “circo para el pueblo”, retransmitido en directo en sus diferentes fases por radio y TV.
En resumen,  es fácil concluir en que no somos todos iguales ante la ley, aunque, con el engaño como telón de fondo, así lo proclamen las Constituciones, la Declaración Universal de los Derechos Humanos o el sursuncorda.