miércoles, 25 de marzo de 2020

ÉRASE UNA VEZ


Publicado el día 22 de octubre de 2012 en este Blog, en varios portales, revistas y en el texto colectivo CIUDAD ONIRIA

Nos encontramos  lejos de la realidad pasada, no sabemos con certeza dónde estamos ahora. Tal vez esto sea pura fantasía, quizás estemos en una burbuja que vaga por un mundo imaginario. La inacción, la indiferencia y el miedo, sobre todo el miedo, son los motivos por los que nos encontramos así. Hemos llegado a tal situación por la vía del aturdimiento, lo que hace que gran parte de nuestra memoria haya desaparecido. Sólo queda el difuso recuerdo de aquello que nos ha traído hasta aquí, lo que permite narrar, a los que no lo vieron, lo que fue un mundo enloquecido dirigido por unos enfermos de codicia a los que una estúpida manera de vida se les fue de las manos.

Mirad -les dice uno de aquellos supervivientes a los que no lo vivieron- la hipocresía, junto a tantas otras miserias, impregnaba múltiples dimensiones vitales en aquel lugar, convirtiendo a la sociedad en masa,  en un conjunto de individualidades necesitado de ser guiado para malvivir. Regía aquella malintencionada regla de la psicología  según la cual la inteligencia es la capacidad de adaptación al medio, y bien que nos adaptamos. Poco a poco, se fueron perdiendo algunos valores que en tiempos muy remotos nos permitieron convivir como seres más racionales, pero la solidaridad y la conciencia social se fueron trasformando en incomunicación, en indiferencia y en cada uno a lo suyo, imitando a los que tenían el dinero.
Las capacidades intelectuales fueron decayendo, de manera que cada vez era más difícil comprender, analizar la realidad con certeza y librarse del engaño. Los medios de comunicación, con su machacona y repetitiva función, jugaron un papel fundamental en ese encargo encomendado para anular el pensamiento propio.
Algunos que se empeñaban en aportar un poco de luz  sufrían el desencanto por la imposibilidad de “calar” en las cada vez más ausentes conciencias y en ese nulo pensamiento de gran parte de los individuos de aquel tipo de sociedades. Se daban cuenta de la dificultad que tenían para romper con lo establecido, con lo que era considerado políticamente correcto. Y lo correcto era asumir un modelo político formado por truhanes que defendían los intereses de un sector minoritario, estaban ahí para eso. Pero todos los elementos que formaban parte de esa mentira se fueron corrompiendo, y las estructuras, como no podía ser de otra manera, se derrumbaron, y cuando algunos se dieron cuenta ya era tarde para reconstruirlas.
Toda aquella aceptación de lo establecido, o la búsqueda de ingenuas e ineficaces alternativas, se debía al miedo a enfrentarse a una situación real que nos asfixiaba, pero que preferíamos ignorar, escondiendo la cabeza bajo el ala, o refugiándonos  en guetos que nos aislaban de esa realidad, y  en enajenantes distracciones normalizadas que intencionadamente ponían  a nuestra  disposición.

No supimos poner remedio a esa deriva que nos ha traído hasta aquí -pensaba el narrador- ahora en solitario. El sistema generó fenómenos con vida propia que se sobrepusieron, incluso, a los que creían que tenían el control absoluto.
Tuvimos la posibilidad de caminar hacia un mundo mejor que aquel que se corrompió, aquel que  por nuestra pasividad dejamos que se corrompiera. Esta especie nuestra desbordó los límites de la irracionalidad en la que vivimos durante tanto tiempo. Estamos aquí, en esa burbuja a modo de incubadora con la confianza y el deseo de que renazca una especie renovada, una especie que de verdad pueda ser considerada, con razón, humana.

domingo, 8 de marzo de 2020

LA FELICIDAD


Esta especie nuestra camina de la mano de pasiones, sentimientos, emociones y sensaciones, algunas o algunos reales, pero otras u otros virtuales. La razón, en un estado incipiente, está limitada, en su empleo, tanto en calidad como cantidad. El poder, la sumisión, el miedo y la inseguridad son el engrase de un estado de dominio y de desigualdad. Sin embargo, otros estados son inventados con el fin de mantener un nivel de primitivismo que subyace bajo esa realidad vital de siempre y, particularmente, de ahora. De entre todos ellos sobresalen el amor y la felicidad. Son ilusiones que tratan de enmascarar la cruda realidad. Al amor ya lo hemos tratado anteriormente: “Desmontando el amor”. Es ahora el momento de tratar, brevemente, la felicidad.
La mayoría de las definiciones encontradas, coinciden en que la felicidad es un “estado de ánimo”, y lo identifican, a veces, con la satisfacción, porque no han encontrado una definición precisa. ¡Claro!, porque no es posible definir algo que no existe o nunca se ha sentido realmente. Los diccionarios, son tan ambiguos aquí como en tantos otros casos.

La felicidad es una ficción sin referencia, cuyo límite nominal va cambiando en función del grado de satisfacción. Además, ese deseo de felicidad ficticia nunca se alcanzaría, porque en paralelo a ese deseo de felicidad le acompaña la sensación de insatisfacción por no llegar nunca a esa meta volátil.

Si asumiéramos que la felicidad fuera un sentimiento real, concluiríamos, en términos matemáticos, en que es una magnitud derivada. Es decir, para mantener un valor estable de felicidad, la satisfacción debería ser creciente. A una magnitud creciente linealmente le corresponde una derivada constante.
Tal vez esa sea la razón por la que existe el afán de enriquecimiento, la codicia. En búsqueda de la felicidad nunca se alcanza el límite de riqueza deseado porque cuando se llega a un cierto nivel se busca otro superior.

Microrrelato: En busca de la felicidad

Érase una vez una mujer o un hombre, qué más da, que gozaba de grandes ingresos sin grandes esfuerzos ni físicos, ni intelectuales, pero se resistía a contribuir con arreglo a las normas marcadas por el Estado, por lo que utilizaba todas las trampas a su alcance, asesorada o asesorado por sinvergüenzas que también buscaban el enriquecimiento fácil. Era la manera al uso de buscar la felicidad. Ahora tengo 1000, creía estar satisfecho, pero quiero tener más para ser feliz, se decía a sí mismo. Nunca encontraba la forma de frenar esa carrera, marcada por la avaricia, porque no era feliz. ¿Estaría, al menos, satisfecho? Aparecen aquí todas las dudas.
Ese desenfreno por acumular más y más le acarreó una ceguera que le apartó de la realidad, de las más elementales normas cívicas. Pero un día apareció el miedo al posible castigo que podría sobrevenir. Y llegó el día. Los agentes encargados de pedir responsabilidades le “pillaron”. Después del correspondiente proceso a través del que se le pidieron que aclarase sus cuentas, perdió todas esas riquezas que él creía que le llevarían a esa felicidad que nunca consiguió, se hundió en la más absoluta depresión, en esa profunda tristeza que puso fin a esos días que su ambición le alejaron de una vida placentera entre pares.
Moraleja: En ocasiones ocurre que buscando aquello que anhelas termina por destruirte.   

La búsqueda de esa felicidad que no llega encierra una carga de egoísmo, equiparable al deseo de acumulación, al de la obtención de riqueza, de fama. Todo lo contrario al deseo de una sociedad solidaria y fraternal. El estéril esfuerzo por alcanzar esa meta destierra el fomento de la conciencia personal y colectiva. La felicidad, como la esperanza en la salvación, proclamada por las religiones, son metas inalcanzables, pero ofrecidas a una especie persuadida.
Lejos de la imaginación, de la fantasía, de la manipulación, un estado de ánimo placentero sería posible desde una perspectiva muy diferente a la propuesta por las clases dominantes. Por una parte, se debería buscar el bienestar colectivo. Por otra, en lo personal, sería suficiente con encontrar la tranquilidad y la satisfacción por la cordial relación social, por el trabajo realizado en beneficio de la colectividad, por gozar de unos beneficios prestados por el Estado, etc. ¿Cómo es posible ser “feliz” con tanta desigualdad, con tanta miseria, junto a otros mundos de opulencia, de riqueza innecesaria?

(*)Pasiones, sentimientos, emociones y sensaciones.
En esa ambigüedad lexicográfica y falta de concreción de los diccionarios al uso, incluido el de la RAE, es difícil distinguir con claridad cada una de esas acciones o estados a los que nos hemos referido. He aquí un intento de aclaración:
-Pasión es una acción duradera que pone de manifiesto determinados comportamientos con el prójimo. Ejemplos: poder, sumisión, entrega, cariño.
-Sentimiento, es un estado profundo que se proyecta en las conductas en relación con los demás, con las otras especies y con el medio natural.
-Emoción es una acción temporal causada por algún hecho ajeno a uno mismo.
-Sensación forma parte de la intuición, de lo que se pueda intuir, pero sin que se manifieste con nitidez.