jueves, 15 de marzo de 2012

A LA HUELGA 10, A LA HUELGA 100...


Hace algún tiempo nos estremecíamos cuando escuchábamos aquella canción de  Elisa Serna cuyo estribillo decía lo siguiente: “a la huelga 10, a la huelga 100, a la huelga madre yo voy también”. La huelga fue durante muchos años un instrumento eficaz de lucha en el camino de emancipación de la clase trabajadora. Las condiciones eran otras muy distintas a las actuales. En primer lugar, el sistema productivo estaba en pleno apogeo; el paro de la actividad ocasionaba importantes pérdidas para el patrón. En segundo lugar, existían masivas concentraciones de trabajadores en grandes fábricas. En tercer lugar, existía una acentuada conciencia de clase. En cuarto lugar, las organizaciones de los trabajadores no eran “instituciones”, y su principal instrumento reivindicativo se basaba en los procesos de lucha, que permanecían hasta alcanzar los objetivos, y no exclusivamente en la negociación. Y, sobre todo, la huelga generaba temor. La pérdida del temor de los trabajadores provocaba un incremento en el de los empresarios. Temor de los patronos por la contundencia de una mayoría que perdía su miedo, y porque aquellos no eran capaces de evaluar el alcance de la revuelta, sin olvidar la presencia del bloque soviético que constituía un referente para unos y una amenaza para otros.
 La situación actual, como digo, no tiene nada que ver con la de otros tiempos. Lo que contaré a continuación puede parecer políticamente incorrecto. Algunos puede que se escandalicen, otros, incluso, lo pueden tachar de reaccionario, pero esclarecer la realidad con argumentos debería ser suficiente para romper los tópicos y las rutinas al uso, siempre en beneficio de unos cuantos. Circula por ahí una frase que no me quiero atribuir, pero que comparto plenamente: la verdad en el mundo del engaño es revolucionaria, o algo parecido. El pensamiento crítico consiste, entre otras cosas, en enfrentarse desde la razón a lo que otros deciden en beneficio propio, amparándose en la ignorancia, la prudencia, la ausencia de reflexión o el temor a discrepar.
En contraposición a las condiciones del pasado, ahora el paro de un día en la producción de bienes y servicios no implica grandes pérdidas, en muchos casos será de agradecer por parte del patrón: un día que se ahorran en la partida de los salarios. Los EREs y los ajustes avalan esto que digo. La conciencia de clase es prácticamente nula; la sociedad de consumo, y las nuevas técnicas alienantes, han dado lugar a una sociedad confusa y perdida; la indiferencia y el individualismo han sustituido al sentimiento del ser social, a la idea de colectividad. Por otro lado, el miedo se ha incrustado a título individual en cada uno de los que tienen un empleo de tal manera que se aferran a él de forma totalmente incondicional. No se observa ningún signo que nos haga pensar que ese temor pueda desaparecer para iniciar un proceso de lucha como los que se han vivido en otras ocasiones. El incremento progresivo de ese miedo de los trabajadores otorga cada día más y más poder a los patronos, dando lugar a una especie de espiral de la que parece muy difícil salir. Por último, los sindicatos actuales son instituciones integradas plenamente en el sistema, que basan sus limitadas acciones en la negociación, es decir,  han desestimado el término “lucha”, y por supuesto la acción que ello conlleva, que históricamente ha sido  el único instrumento reivindicativo eficaz. En el momento actual, en un acto de pobreza intelectual y humana, reivindican la negociación perdida porque el  PP, con la aprobación de esa nefasta reforma laboral, ha puesto en manos de la patronal tantos recursos legales para hacer y deshacer a su antojo que no necesitan sentarse en una mesa a negociar con los sindicatos.
La acción del día 29 de marzo, a la que nos llaman las organizaciones sindicales mayoritarias, es una huelga estereotipada. Un acto asumido por los poderes económicos y políticos, un juego que les resulta hasta divertido, tal como se jactaba de ello el actual Presidente del Gobierno en una de esas reuniones de burócratas de la UE: “yo también apuntaré en mi currículo una huelga, como los anteriores gobernantes”, parecía pensar Rajoy cuando verbalizaba aquello de que: “la reforma laboral me va a costar una huelga general”; vamos que cuentan con ello, y sin sobresaltos. Por otra parte, es una simple acción de protagonismo sindical, de engaño, para decir que están ahí, porque, ¿qué sentido tiene parar la actividad productiva y los servicios un solo día? Eso lo hacen los gobiernos, o incluso la iglesia, cuando quieran, anunciando una fiesta nacional o algo parecido. Con actos de este estilo no asustan  a nadie, y, por lo tanto, nada conseguirán en beneficio de los trabajadores: parados, precarios o con empleo estable. Los dirigentes sindicales o no saben o no quieren saber que la lucha de los trabajadores, como hemos señalado, es un proceso que debería permanecer hasta alcanzar las metas, así ha sido siempre que las cosas se han hecho en serio.
 Desde la óptica de la participación, la huelga está llamada al más absoluto fracaso. Por un lado, ese miedo a la pérdida de lo que se tiene impedirá que los trabajadores se movilicen, incluso aquellos con ideas progresistas (yo ya he oído decir  en varias ocasiones que más vale ganar unos cuantos euros que estar en paro). Por otro, somos ya bastantes los que sospechamos que esto es una acción de carácter político, un lavado de imagen en la que priman exclusivamente los intereses de los propios sindicatos. Luego vendrá la “guerra” de datos de la participación en la que los organizadores intervendrán señalando una cifra que, sin ningún género de dudas, no se corresponderá con la realidad. ¿Y después qué? Algunos llegarán a la conclusión, si es que aún no han caído en la cuenta, de que el engaño no es patrimonio exclusivo de la derecha, sino que todo aquel que tiene algo de poder lo utiliza para defender en exclusiva sus intereses.
La situación general, ya no sólo la laboral, es compleja. Estamos en manos de desaprensivos, de enfermos cuyo único interés se centra en un desmedido afán de enriquecimiento. No es fácil encontrar soluciones para, al menos, retomar la dinámica de décadas anteriores, con la intención de encontrar otro camino diferente a este que no sabemos hacia dónde nos conducirá. Algunos piensan, pensamos, en ello, en buscar posibles salidas a esta situación que se puedan traducir en acciones, pero de momento todo ello queda limitado al terreno del pensamiento. No obstante, ayudaría bastante que las organizaciones sindicales y los grupos políticos que se autoubican en la izquierda dejaran atrás sus intereses grupales y se entregaran a la defensa de los intereses colectivos tal como ha ocurrido en otros momentos de la historia.

2 comentarios:

  1. Comparto tu opinión. Desde hace décadas es así. Los sindicatos se hacen tan inevitables como la monarquía. No hacen nada ¿pero y sin ellos? ¿un jefe de estado como el “babas”?
    No queremos ser asalariados. Las empresas sacan de convenio a un D1, que les hace personal diferente. Supongo que cuando pase mucho tiempo y la gente tome conciencia de su destino, reaccionara. Nosotros ¿Qué podemos hacer?
    A pesar de todo, estar al lado de los arrastrados por estos otros, que algunos, quizás, sean de los nuestros.
    Un abrazo
    Luis Salcedo

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