jueves, 18 de octubre de 2018

SUBESPECIES (I)



El término subespecie no quiere decir, necesariamente, que las distintas partes sean de naturaleza inferior a lo que hoy se conoce como especie humana. Así que lo emplearemos, básicamente, para clasificar a los diferentes grupos que convivimos, en este momento, en este planeta, sobre todo en tipos de sociedades como la nuestra. El arranque de este estudio lo inicio a raíz de una reciente experiencia en un pequeño recinto en el que coincidimos individuos, a mi modo de ver, de cuatro subespecies diferentes, en las que incluyo a los ingenios tecnológicos, esos que “nos facilitan la vida” y que, cada vez, tendrán más implantación. Esto abre, o reanima, un debate que inquieta a unos cuantos, aunque debería inquietar a muchos más. Tal vez así, sacando conclusiones, podamos descubrir algunos de los porqués que tienen que ver con los comportamientos del día a día y, yendo más allá, con el discurrir histórico.

A modo de relato
Los nuevos artilugios tecnológicos nos permiten disponer de dinero a cualquier hora del  día o de la noche. Serían las siete de la tarde cuando decidí realizar algunas operaciones en uno de esos múltiples cajeros a los que es posible acceder sin necesidad de entrar a las oficinas bancarias. La primera la llevé a cabo sin problemas: pude reponer mi billetera, absolutamente vacía de antemano. Tenía que recargar la tarjeta del abono trasporte, caducada desde hacía varios días. Tengo que reconocer que me asaltaba la duda: ¿lo hago aquí, en este cajero, o me acerco a un estanco próximo? No sé por qué presentía que algo podría salir mal. Pero aquella pantalla tan colorista con ese llamativo lector incorporado a la máquina, me persuadió, y sin pensarlo dos veces: me lancé. Intenté seguir las indicaciones, pero mire por dónde, haciéndose realidad ese presentimiento, aquello se bloqueó, indicándome esa brillante pantalla: “Tarjeta retenida”. Es cuando uno se siente obsoleto, preocupado, nervioso y asustado. Para resumirlo en pocas palabras: gilipollas. Después de unos minutos, una llamada a un 902 (los que cuestan) me tranquilizó en parte, pero me dijeron que sólo podía rescatar la tarjeta al día siguiente en horario de apertura de la oficina.
Todo esto me ocupó un cierto tiempo en el que permanecí en aquel cubículo de unos cuatro metros cuadrados que disponía de dos máquinas idénticas. Yo tenía la secreta esperanza de que en algún momento aquel artilugio electrónico vomitara mi tarjeta por aquella boca con luz verde intermitente por la que había entrado, pero ese deseo fue decayendo poco a poco. A lo largo de ese tiempo, que yo estimo serían unos diez minutos, que se me hicieron eternos, entraron tres personas. La primera, móvil en mano, se dirigió directamente a la otra máquina sin dirigir una simple mirada a ese hombre que, emulando a Machado, conversaba consigo mismo, aunque un poco más excitado que aquel que lo hacía paseando por los solitarios caminos de los campos de Castilla. Salió tal como entró: con su móvil pegado a la oreja. Ni un solo gesto ajeno a su tecleo del dispensador de billetes y absorta, porque era una mujer joven, por esa conversación telefónica con la que entró.
Cuando entró la segunda, yo, un poco más tranquilo, confiaba en que alguien me echara una mano, pero como la anterior no dirigió ni una simple mirada a esa misma persona tan necesitada de apoyo tecnológico. Sin embargo, yo la miraba trasmitiendo telepáticamente: “ayuda por favor”, pero esa otra persona, también mujer, permanecía impasible y se fue lo mismo que entró, ignorando al que aún permanecía angustiado.
De la tercera persona que entró, después de la actitud de las anteriores,  ya no esperaba nada, así que al quedarme solo decidí llamar a aquel número 902. Después de hablar con una máquina que me hacía preguntas y propuestas, pude escuchar la cálida voz humana. Esa fue toda la comunicación verbal, sin imágenes, aunque por allí pasaran tres personas en ese tiempo, de cuyos comportamientos yo me desmarco radicalmente.
Un pequeño espacio, de unos cuatro metros cuadrados, convertido en laboratorio de estudios sociológicos, me permitió reforzar esa idea que uno tiene del actual estado intelectual y  emocional de la especie, de la indiferencia y de los cambios en las formas de comunicación. Tal vez la muestra no sea demasiado representativa, pero el comportamiento de esas tres personas, que me ignoraron por completo, se añade a lo que vemos a diario en la calle, en los comercios o en los medios de trasportes.
Sin embargo, con una visión optimista de lo humano, quiero pensar que no todos somos iguales, lo que me permite abrir un nuevo debate acerca de las subespecies o grupos sociales que convivimos, con comportamientos y capacidades diferentes, pero es algo que abordaremos de manera menos relajada que en este sencillo relato que pone de manifiesto, la indiferencia y la mala educación de esas tres personas con las que coincidí en ese pequeño habitáculo, aunque, tal vez, la experiencia vaya algo más allá y las tres, vaya coincidencia, pertenezcan a esa subespecie que, en letra de Maquiavelo, “ni disciernen, ni entienden nada”.

(Continuará. Ver las siguientes entregas de “Subespecies”). 



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