sábado, 31 de marzo de 2012

DESPUÉS DE LA HUELGA

Pasó la huelga, hicimos huelga, fuimos a las manifestaciones, se hizo lo que se pudo. Ante las reacciones de mi último artículo, CENSURADO por Nueva Tribuna, me siento en la obligación de hacer algunos comentarios.

1. En primer lugar, repetir lo que he comentado en más de una ocasión respecto a la diferencia entre opinión y lo que, con mayor o peor acierto, yo hago. Mis artículos no surgen de la improvisación, de la frustración, del resentimiento, ni siquiera de la indignación. Intento llevar a cabo un proceso de razonamiento inductivo que conjugo con otra capacidad como es el análisis para concluir por inferencia en lo que pueda suceder. Por lo tanto, niego la opinión, y me parece un error que los periódicos, digitales o en papel, nominen así la sección en la que se recogen escritos de personas con inquietudes que intentan dar algún tipo de respuesta a la situación que vivimos, que intentan provocar la reflexión y el pensamiento propio o, sencillamente, compartir ideas y propuestas.


2. En ese artículo censurado, que antecede a este en el Blog, ya advertía que  algunos se podrían escandalizar e, incluso, tacharlo de reaccionario, pero esto lo decía en la idea de que se llevara a cabo una lectura rápida como consecuencia de la cantidad de información que día a día recibimos. Estaba convencido de que una lectura detenida no causaría "estragos", porque mis reflexiones van dirigidas, fundamentalmente, a una selecta minoría intelectual. De hecho, sólo un amigo de los que me han enviado un mensaje de respuesta manifiesta que le parece reaccionario, pero pienso que el motivo es porque no le ha dedicado el tiempo que precisa su lectura. Por el contrario, son numerosos los amigos y amigas que han sintonizado con su contenido. Reaccionario es todo aquel o aquello que se opone a la acción de progreso; sin embargo, en el artículo se incita a que la acción reivindicativa se potencie hasta convertirla en un proceso largo que dé como resultado la derrota de políticas que perjudican gravemente a las clases populares.


3. El proceso señalado, mediante el cual elaboro mis escritos, no podía concluir en otra cosa diferente a lo que allí se recoge. Si contrastamos lo que señala el artículo con lo que ha sido el día después, comprobaremos que lo que allí contaba se cumple al pié de la letra, como no podría ser de otra manera:

3.1. "Guerra de cifras" sobre participación: a) los sindicatos inflan el número de huelguistas; b) el Gobierno utiliza todos los recursos a su alcance para anunciar que la participación ha sido insignificante; c) la realidad, valorando las noticias de la manera más objetiva posible, muestra que la huelga ha sido más eficaz en la industria y en los transportes, pero ha sido prácticamente insignificante en el sector servicios, que representa un 75% de la actividad productiva de este país.

3.2. Eficacia de la huelga. Si se trataba de forzar al Gobierno para que paralice la reforma laboral, hay que concluir en que la huelga no ha surtido efecto alguno porque afirman que seguirán a delante sin variar un solo punto del bloque fundamental. El PP, con el apoyo de los catalanes (y de otros pequeños grupos), basan su  decisión en esa mayoría absoluta que obtuvieron el 20N. Este modelo "democrático" legitima al grupo ganador en las urnas y, una vez obtenido el triunfo electoral,  el partido vencedor se hace absolutamente insensible a la contestación popular que posteriormente pueda tener lugar. Lo más grave es que la sociedad asume este hecho sin ningún tipo de reparos.

3.3. Un hecho puntual, como es un solo día de huelga, se aleja de lo que se conoce como un proceso de lucha en el que se plantean objetivos, y donde las acciones han de continuar mientras no se alcancen esas metas. Por lo tanto, esto ha sido un simple balón de oxigeno para los sindicatos convocantes, una simple  cuestión formal, una acción estereotipada, como en el anterior artículo se señalaba.

3.4. El miedo de muchos de los trabajadores, y las reticencias de otros muchos sobre el papel que juegan los sindicatos, han jugado una baza fundamental en el día de la huelga. El gobierno y los empresarios han quedado indemnes, lo que refuerza su posición, como ocurre cada vez que hay un enfrentamiento entre partes y una de ellas es derrotada, y aquí los derrotados han sido de nuevo los trabajadores.

jueves, 15 de marzo de 2012

A LA HUELGA 10, A LA HUELGA 100...


Hace algún tiempo nos estremecíamos cuando escuchábamos aquella canción cuyo estribillo decía lo siguiente: “a la huelga 10, a la huelga 100, a la huelga madre yo voy también”. La huelga fue durante muchos años un instrumento eficaz de lucha en el camino de emancipación de la clase trabajadora. Las condiciones eran otras muy distintas a las actuales. En primer lugar, el sistema productivo estaba en pleno apogeo; el paro de la actividad ocasionaba importantes pérdidas para el patrón. En segundo lugar, existían masivas concentraciones de trabajadores en grandes fábricas. En tercer lugar, existía una acentuada conciencia de clase. En cuarto lugar, las organizaciones de los trabajadores no eran “instituciones”, y su principal instrumento reivindicativo se basaba en los procesos de lucha, que permanecían hasta alcanzar los objetivos, y no exclusivamente en la negociación. Y, sobre todo, la huelga generaba temor. La pérdida del temor de los trabajadores provocaba un incremento en el de los empresarios. Temor de los patronos por la contundencia de una mayoría que perdía su miedo, y porque aquellos no eran capaces de evaluar el alcance de la revuelta, sin olvidar la presencia del bloque soviético que constituía un referente para unos y una amenaza para otros.
 La situación actual, como digo, no tiene nada que ver con la de otros tiempos. Lo que contaré a continuación puede parecer políticamente incorrecto. Algunos puede que se escandalicen, otros, incluso, lo pueden tachar de reaccionario, pero esclarecer la realidad con argumentos debería ser suficiente para romper los tópicos y las rutinas al uso, siempre en beneficio de unos cuantos. Circula por ahí una frase que no me quiero atribuir, pero que comparto plenamente: la verdad en el mundo del engaño es revolucionaria, o algo parecido. El pensamiento crítico consiste, entre otras cosas, en enfrentarse desde la razón a lo que otros deciden en beneficio propio, amparándose en la ignorancia, la prudencia, la ausencia de reflexión o el temor a discrepar.
En contraposición a las condiciones del pasado, ahora el paro de un día en la producción de bienes y servicios no implica grandes pérdidas, en muchos casos será de agradecer por parte del patrón: un día que se ahorran en la partida de los salarios. Los EREs y los ajustes avalan esto que digo. La conciencia de clase es prácticamente nula; la sociedad de consumo, y las nuevas técnicas alienantes, han dado lugar a una sociedad confusa y perdida; la indiferencia y el individualismo han sustituido al sentimiento del ser social, a la idea de colectividad. Por otro lado, el miedo se ha incrustado a título individual en cada uno de los que tienen un empleo de tal manera que se aferran a él de forma totalmente incondicional. No se observa ningún signo que nos haga pensar que ese temor pueda desaparecer para iniciar un proceso de lucha como los que se han vivido en otras ocasiones. El incremento progresivo de ese miedo de los trabajadores otorga cada día más y más poder a los patronos, dando lugar a una especie de espiral de la que parece muy difícil salir. Por último, los sindicatos actuales son instituciones integradas plenamente en el sistema, que basan sus limitadas acciones en la negociación, es decir,  han desestimado el término “lucha”, y por supuesto la acción que ello conlleva, que históricamente ha sido  el único instrumento reivindicativo eficaz. En el momento actual, en un acto de pobreza intelectual y humana, reivindican la negociación perdida porque el  PP, con la aprobación de esa nefasta reforma laboral, ha puesto en manos de la patronal tantos recursos legales para hacer y deshacer a su antojo que no necesitan sentarse en una mesa a negociar con los sindicatos.
La acción del día 29 de marzo, a la que nos llaman las organizaciones sindicales mayoritarias, es una huelga estereotipada. Un acto asumido por los poderes económicos y políticos, un juego que les resulta hasta divertido, tal como se jactaba de ello el actual Presidente del Gobierno en una de esas reuniones de burócratas de la UE: “yo también apuntaré en mi currículo una huelga, como los anteriores gobernantes”, parecía pensar Rajoy cuando verbalizaba aquello de que: “la reforma laboral me va a costar una huelga general”; vamos que cuentan con ello, y sin sobresaltos. Por otra parte, es una simple acción de protagonismo sindical, de engaño, para decir que están ahí, porque, ¿qué sentido tiene parar la actividad productiva y los servicios un solo día? Eso lo hacen los gobiernos, o incluso la iglesia, cuando quieran, anunciando una fiesta nacional o algo parecido. Con actos de este estilo no asustan  a nadie, y, por lo tanto, nada conseguirán en beneficio de los trabajadores: parados, precarios o con empleo estable. Los dirigentes sindicales o no saben o no quieren saber que la lucha de los trabajadores, como hemos señalado, es un proceso que debería permanecer hasta alcanzar las metas, así ha sido siempre que las cosas se han hecho en serio.
 Desde la óptica de la participación, la huelga está llamada al más absoluto fracaso. Por un lado, ese miedo a la pérdida de lo que se tiene impedirá que los trabajadores se movilicen, incluso aquellos con ideas progresistas (yo ya he oído decir  en varias ocasiones que más vale ganar unos cuantos euros que estar en paro). Por otro, somos ya bastantes los que sospechamos que esto es una acción de carácter político, un lavado de imagen en la que priman exclusivamente los intereses de los propios sindicatos. Luego vendrá la “guerra” de datos de la participación en la que los organizadores intervendrán señalando una cifra que, sin ningún género de dudas, no se corresponderá con la realidad. ¿Y después qué? Algunos llegarán a la conclusión, si es que aún no han caído en la cuenta, de que el engaño no es patrimonio exclusivo de la derecha, sino que todo aquel que tiene algo de poder lo utiliza para defender en exclusiva sus intereses.
La situación general, ya no sólo la laboral, es compleja. Estamos en manos de desaprensivos, de enfermos cuyo único interés se centra en un desmedido afán de enriquecimiento. No es fácil encontrar soluciones para, al menos, retomar la dinámica de décadas anteriores, con la intención de encontrar otro camino diferente a este que no sabemos hacia dónde nos conducirá. Algunos piensan, pensamos, en ello, en buscar posibles salidas a esta situación que se puedan traducir en acciones, pero de momento todo ello queda limitado al terreno del pensamiento. No obstante, ayudaría bastante que las organizaciones sindicales y los grupos políticos que se autoubican en la izquierda dejaran atrás sus intereses grupales y se entregaran a la defensa de los intereses colectivos tal como ha ocurrido en otros momentos de la historia.

jueves, 1 de marzo de 2012

¿TODOS IGUALES ANTE LA LEY?

Esquema: El artículo comienza situando la proyección social de la ley en el marco de una sarta de mentiras con las que engatusan a una sociedad silente, para, a continuación, señalar la verdadera función de las normas en un sistema como el vigente. Después se define el colectivo encargado de aplicar las leyes y el papel que se les encomienda, de manera que al que de él se sale le cae sin reparos el anatema. Por último, de la manera más gráfica posible, se marcan las diferencias de trato en el proceso entre aquellos que tienen poder y de los que de él carecen. 

Dicen los diccionarios que la igualdad es el trato idéntico entre todas las personas, al margen de razas, sexo, clase social y otras circunstancias diferenciadoras, definición que, por cierto, encierra una contradicción en sí misma al admitir que hay clases sociales, es decir, ricos y pobres, patronos y trabajadores, explotadores y explotados, etc. Ni el más osado se atrevería a defender con pruebas o argumentos la existencia de este principio en sociedades como la nuestra, en donde, por el contrario, la desigualdad es endémica, y constituye el leitmotiv que engrasa el mecanismo del actual sistema. Como en tantos otros asuntos, en esto de la ley, es necesario proclamar lo contrario a lo que es la práctica habitual antes de que se descubra la cruda realidad. Una vez anunciado de manera machacona que todos somos iguales ante la ley, intentando hacer bueno el lema de Goebbels, la masa social se convierte en presa del engaño interesado, y lo asume sin rechistar. Nos mienten con eso de la democracia (algunos denuncian la mentira y piden democracia real ¡ya!), nos mienten con lo de la representatividad de los políticos (otros tantos, o los mismos, ya se han dado cuenta de que no nos representan), nos mienten con la reforma laboral que destruirá empleo en lugar de crearlo, nos mienten en campañas electorales los que nos prometieron que no habría subidas de impuestos, nos mienten, además, con eso de la igualdad ante la ley.
Ahora, como siempre, la ley es un instrumento para someter y reprimir al pueblo llano, limitando sus derechos, en defensa de la propiedad e intereses de las clases privilegiadas, entre los que se encuentran los propios políticos. Algunos ingenuos pensadores (H. Kelsen, M. Duverger, M. Hauriou, y otros tantos) han derrochado materia gris en defensa de la estructuración e independencia de la norma, en la creencia, por su parte, de que ésta rige de manera objetiva los estados democráticos modernos. Nada más lejos. La ley está diseñada para proteger a los que más tienen y para hacer cumplir con sus obligaciones a esa inmensa mayoría que mantiene a los  Estados, sin posibilidad de que los gastos que aquél genera sean repartidos proporcionalmente a la posesión de riqueza.
En los últimos tiempos, estamos contemplando como la ley se utiliza para destruir el estado de bienestar, conquistado en otros tiempos cuando la correlación de fuerzas entre dominados y dominadores era más favorable a los primeros. Así, vemos como se van restringiendo las prestaciones sociales y los derechos adquiridos. La aplicación de la ley, lejos de ser una fórmula de convivencia entre iguales,  no es otra cosa que el ejercicio del poder contra el que de él carece.
La ley, en suma, es  un instrumento coercitivo puesto en manos de las fuerzas políticas mayoritarias que, como venimos señalando, sirven, a su vez, al poder económico de la mejor forma, con el ánimo de permanecer en el gobierno el mayor tiempo posible.
Las leyes son tan poco precisas, y su cumplimiento está tan focalizado en la dirección de la defensa del poder real,  que encierra una enorme cantidad de fisuras por las cuales el pícaro se cuela para burlarlas. Los poderosos se rodean de “eficaces” asesores fiscales y juristas que, conocedores de la ley, de su ambigüedad, de sus incoherencias y de sus contradicciones, burlan la norma en beneficio de sus clientes. Por lo tanto, siempre que sea posible, les resulta más rentable incumplir la ley de forma reiterada aunque alguna vez se descubra ese incumplimiento y se tenga que rendir cuentas, porque, inevitablemente, las normas de carácter penal afectan tanto a unos como a otros, a los que tienen poder como a los que no lo tienen. 
La aplicación de las normas generadas por el poder político queda reservada a un colectivo de corte conservador en el que el clientelismo y la endogamia son piezas clave de la institución. Aunque nos quieren hacer creer que la ley es inflexible y explícita, no cabe duda de que su imprecisión es tal que, en el campo netamente jurídico, los dictámenes que emiten los jueces, que están bajo el poder de los órganos elegidos de forma poco democrática, encierran una gran carga subjetiva. Las decisiones y las sentencias para un mismo delito pueden ser contrarias según quien sea el que juzga, o aquél que es juzgado. Los jueces son unos simples funcionarios instrumentalizados a los que se les permite que ejerzan su  “poder” siempre y cuando respeten las reglas del juego, que no es otro que la defensa de los intereses de los que más tienen, y los de sus comparsas. En caso contrario, se pone en marcha la más deleznable maquinaria que permita expulsar a esa “oveja descarriada” que se atreve a enfrentarse al orden establecido. Los oscuros mecanismos empleados para alcanzar los objetivos nunca serán descubiertos, pero la ejecución de la medida suele ser  de lo más elemental; ejemplo: las actuaciones de Garzón son un impedimento para exculpar a los corruptos del caso Gürtel (vaya usted a saber lo que hay ahí dentro), pues se  expulsa al juez de la manera más burda y “santas pascuas”. En esa misma línea de persecución, el magistrado instructor José Castro debería andar con “pies de plomo” porque da la sensación de que van a por él; los medios de comunicación (incluidos los públicos), con esos tertulianos de extrema derecha a la cabeza, ya están haciendo su labor.   
Las cárceles están repletas de personas que pertenecen al lumpen urbano, o de aquellos que, de una u otra forma, contestan al sistema. Pocos elementos pertenecientes a las clases pudientes permanecen en prisión aunque sus desmanes hayan acabado en estafas o robos  de miles de millones. En ningún caso la ley les obliga a devolver lo que han usurpado. “El peso de la ley” tampoco recae sobre quienes, formando parte  de cualquier tipo de gobierno, roban, engañan o, incluso, invaden países con resultado de genocidio.
En el ámbito netamente procesal el tratamiento entre unos y otros casos de delitos, o entre unos y otros delincuentes es bien diferente. Vaya por delante que no defiendo ni justifico ninguno de los casos a los que me refiero a continuación. Si una persona humilde, acuciada por la necesidad vital de subsistencia, asume el papel de  “mulero”, y ésta es descubierta  en Barajas con droga, es detenida, puesta en manos de los jueces de inmediato, y encarcelada a continuación sin ningún tipo de contemplaciones. Sin embargo, los casos Urdangarín, Gürtel, Palma Arena, Malaya, y tantos otros casos de corrupción en los que están implicados individuos con más o menos poder, se eternizan en el tiempo. Los implicados son tratados como “presuntos” aunque las pruebas sean evidentes, después pasan por una escala nominal que discurre desde imputados a condenados, si es que llegan a serlo en algún momento, pasando por encausados, procesados y toda una retahíla de situaciones que alarga intencionadamente el proceso, con el ánimo de liberarles en cuanto exista el mínimo resquicio legal. La instrucción y los sumarios se hacen interminables mientras los investigados, imputados o encausados campan a sus anchas, con la posibilidad de deshacer entuertos que les pudieran culpabilizar o agravar sus “presuntos” delitos. Si por fin los procesos llegan a término, nunca se establece una relación de justicia entre pena y delito. Por lo general, si es que el “presunto” delincuente no es absuelto (véase el caso de los trajes de Valencia), el asunto puede quedar reducido a  una simple sanción pecuniaria o a unos pocos días de arresto: los recursos y, en último término, los indultos, el tercer grado y otras tantas tretas permiten que el tiempo juegue  su papel, y que todo el espectáculo haya quedado limitado, como en tantas ocasiones, a esa ancestral y recurrente fórmula que se conoce como “circo para el pueblo”, retransmitido en directo en sus diferentes fases por radio y TV.
En resumen,  es fácil concluir en que no somos todos iguales ante la ley, aunque, con el engaño como telón de fondo, así lo proclamen las Constituciones, la Declaración Universal de los Derechos Humanos o el sursuncorda.


lunes, 13 de febrero de 2012

LA DIFICULTAD DE ASUMIR LA REALIDAD


Cuando escribo, me conformo con expresar con la mayor claridad posible lo que pienso, intentando transmitir algo de rebeldía y negándome a aceptar la calamidad que algunos se empeñan en plasmar día tras día, con lo que van creando una conciencia de aceptación del desastre. Pero ese intento mío tiene escasos resultados por aquello de que las sociedades están predispuestas a la aceptación de la desgracia, tal como hemos desarrollado en otras ocasiones. Los individuos, en actitud sumisa, se dejan llevar por el poder, otorgando, de forma gratuita, más credibilidad a quienes adoptan formas autoritarias que a quienes intentan aplicar unas políticas más sociales o, en general, a quienes intentan esclarecer la realidad y denunciar situaciones de injusticia y desigualdad. La tragedia para determinados grupos sociales que aspiran a otra forma de vida o se movilizan por un mundo más racional es que no les queda más remedio que sufrir las mismas presiones que al resto y convivir en las mismas circunstancias que esas grandes masas que se mueven al ritmo que les marcan aquéllos que tienen interés en que la vida discurra de esta manera, aunque nos arrastren hacia el abismo. La ignorancia materializada en grandes cifras, y no la libertad, es la que mantiene unas instituciones que actúan en contra de los intereses de las mayorías.
Quienes manejan los hilos, protegidos por otros poderes a cuyos agentes el sistema les concede privilegios, han perdido la cabeza. La codicia y el primitivo instinto de dominio son los ejes que marcan el ritmo desordenado de nuestras vidas. Resulta increíble para algunos que a estas alturas de la historia el trabajo de la mayoría, y su situación vital, dependa de esas dos lacras que hemos señalado, pero así es. Los empleadores solicitan fuerza de trabajo, como un tipo más de mercancía, sólo cuando lo necesitan, ejerciendo el dominio sobre otros seres, lo que pone en juego los aspectos psicológicos más deleznables. Resulta imposible convencer desde estas líneas que la necesidad de fuerza de trabajo es cada vez menor porque el capital amasado a lo largo de tantos años de explotación se mueve por otros circuitos donde la rentabilidad es superior. Me resulta imposible tan solo hacer reflexionar sobre el hundimiento del sistema clásico de explotación capitalista, es más fácil para el personal creer a los mentideros mediáticos y a sus peones cuando dicen que esto es una crisis con principio y final, mientras se toman tiempo alargando ese final sin que sean capaces de dar una solución porque con los parámetros en los que nos movemos es imposible superar esta situación. Los poderes otorgados a los Estados son incapaces de tomar cartas en el asunto y ejercer de manera autónoma para dar respuestas de progreso. El sangrante problema del desempleo sólo encontraría un camino viable si se interviniera la economía, comenzando por nacionalizar las entidades financieras, las comunicaciones, las energías, etc., gestionadas por poderes fuertes y verdaderamente dependientes de la ciudadanía. Justo el camino contrario por el que vamos.
Parece que los actuales grupos políticos, de uno u otro signo, son incapaces de llevarnos por el correcto camino. Por otro lado, ante el vendaval que nos azota, los individuos de esta sociedad se agarran a lo que tienen de la manera más insolidaria que hemos vivido en las últimas décadas, anteponiendo sus intereses personales a los de su clase como trabajadores, pero esto tiene sus riesgos porque nadie sabe qué pasará dentro de unos días o de unos meses con su situación laboral y, por lo tanto, con su vida familiar. La inestabilidad, la incertidumbre y el desasosiego están servidos.
Los abusos y los desmanes tienen un límite. Los que ejercen de manera abusiva, y sin control, esas miserias de codicia y dominio se realimentan en su acción porque comprueban que el pueblo aguanta carros y carretas, pero han de pensar (si es que son capaces) que el muro de contención puede reventar. Es Grecia el país con el que estos seres enfermos se están cebando ahora, y es Grecia quien ha comenzado a romper con ese movimiento no-violento que tan malos resultados les ha dado. La noche del día 12 veíamos en nuestros televisores edificios ardiendo, barricadas, miles de gentes en las calles, una explosión de rebeldía que esperamos pueda hacer doblegar a tanto abuso, a tanta ignominia. La noche del domingo frente al televisor muchos éramos Grecia. Por el camino que vamos, más tarde o más temprano, eso tendrá que ocurrir en los demás países amenazados, entre los que nos encontramos nosotros. Es imposible conciliar tanta riqueza con tanta miseria en un marco de desigualdad que crece sin freno. El hecho de no contar con organizaciones que canalicen la lucha por un mundo más racional, más justo y más humano provoca que la sociedad pase del autismo a la histeria colectiva con brotes de barbarie, una barbarie a todas luces justificada.
H. Ibsen tachó en su novela de enemigo del pueblo a un hombre justo que denunciaba la corrupción que se ejercía con el beneplácito de un pueblo agradecido por las migajas que caían de la mesa del poderoso. Los verdaderos enemigos del pueblo hoy juegan un papel opuesto, colaboran con el poder para que las sociedades de un sistema agotado caminen sin rumbo hacia el desastre. Forman parte de ese muro de contención al que hemos aludido a cambio de esas migajas que les convierten en una panda de individuos gandules y antirrevolucionarios. El mejor servicio que podrían prestar los actuales sindicatos y esos partidos de la pseudoizquierda es disolverse e integrarse en movimientos furtivos que pudieran fomentar el miedo entre tanto sinvergüenza, como ha ocurrido en otras ocasiones de la historia. Pienso que con las variables que hoy tenemos entremanos esta es la única salida, y Grecia puede convertirse en la punta de lanza.

miércoles, 1 de febrero de 2012

¿ES POSIBLE OTRO MODELO EDUCATIVO EN EL MARCO DE ESTE SISTEMA SOCIOECONÓMICO?


Ahora, con este nuevo gobierno del PP, se vuelve a jugar con los cambios en educación al estilo de siempre, es decir, dando palos de ciego, fruto de la ineptitud y de las ganas de seguir engañando a una sociedad débil.  Ahora, me parece adecuado plantear la siguiente reflexión, con resultado rotundo, como se podrá comprobar al hilo de la lectura.
Del texto: "En los límites de la irracionalidad" (Bubok,2010):
"Hace algún tiempo, tenía dudas sobre la posibilidad de coexistencia de un nuevo modelo educativo, que mejorara la actual situación, con el vigente sistema socioeconómico. Adelanto que después de un periodo de  observación, de reflexión y de análisis esas dudas se han disipado por completo.
En el marco de ese mar de dudas, comprobaba, y sigo comprobando ahora, que son evidentes las grandes contradicciones entre la actual forma de enseñanza y lo que el sistema solicita de la sociedad: “(…) el encorsetamiento del actual modelo no puede resistir por mucho más tiempo. La necesidad de formar a los ciudadanos para que intervengan en un mundo cada vez más complejo y sofisticado en cuanto a la producción, al consumo y a la interrelación social, la falta de interés del alumnado en un medio que cada vez les resulta más distante y extraño respecto del resto de sus actividades, el creciente desencanto y desmotivación del profesorado y el desencuentro entre las familias de los alumnos y los docentes ponen en evidencia las contradicciones del sistema. Por lo tanto, con la anuencia del actual sistema o en confrontación con él, será imprescindible, mejor antes que después, abordar nuevas formas y nuevas prácticas que permitan un mejor y más completo desarrollo intelectual. (…)”. En consecuencia, mi pronóstico se basaba en que la mejora de la práctica educativa se produciría por efecto de esas contradicciones, independientemente de otros factores: (…) “el cambio que se requiere solo podrá sobrevenir como consecuencia de las contradicciones que se generan en el propio sistema (…).  Sabiendo que: (…) en la actualidad el sistema potencia un modelo de corte netamente transmisivo del saber, siendo consciente de que pierde potencial humano e intelectual en la producción (…). Ya por último, en el capítulo de las posibles soluciones apuntaba que: (…) solo caben dos soluciones frente a la situación actual de la práctica educativa: o camina a este ritmo hasta su degeneración total (lo que no sería del todo malo desde una óptica de progreso)  o tiene que producirse algún cambio que permita su permanencia en el marco del actual sistema (…).  He aquí mi mayor error de entonces, pensar que puede haber cambios sustanciales o transformaciones importantes en educación en el marco del actual sistema. La esperanza de un cambio provocado desde dentro del sistema vendría a ser la consecuencia de la desesperanza de un cambio global, a medio y corto plazo,  del sistema socioeconómico, pensando, además, que una mejor manera de formar a hombres y mujeres pudiera ser la puerta a una nueva etapa que de manera progresiva influyera sobre las demás estructuras que mantienen con vida al sistema actual.
Ahora, con algún dato más, y un mayor tiempo de reflexión, me atrevo a decir con rotundidad que no son posibles cambios aislados de  cualquiera de las estructuras que sustentan al sistema, a saber: el modelo político, la función de los medios de comunicación (que hoy se emplean sólo para alienar) y el modelo educativo y cultural, así como la propia organización productiva y social. El cambio debe de ser global y simultaneo; en consecuencia, las propuestas de cambio real sólo tendrían verdadero significado y eficacia en el marco de un sistema distinto.
La historia y la propia experiencia avalan lo que digo, reformas y más reformas desde las administraciones no han variado en lo más mínimo la práctica docente. Con la LOGSE, ley de 1990, se hizo un intento para cambiar, al menos, la forma de presentar los procesos de aprendizaje. Después de un cierto periodo de confusión en las aulas, las aguas volvieron a su primitivo cauce, cauce primitivo, ineficaz, anquilosado y arcaico. El profesorado se ha erigido en un  “rodillo” que aplasta cualquier intento de mejora. Pero, ¿por qué ocurre esto?, ¿por qué todo este colectivo no se moviliza para adquirir una profesionalidad de la que carece?, ¿cuáles son las verdaderas razones?. El profesorado, como tantos otros colectivos, como la sociedad en su conjunto, está enajenado, conducido. En el terreno laboral, sus  “propios actos se convierten para él [para el(la) profesor(a)] en una fuerza extraña, situada sobre él y contra él, en vez de ser gobernada por él” (K. Marx, el Capital). Se trabaja al dictado, aplicando programas definidos por otros sin que él o ella intervengan, los órganos de control de las administraciones se encargan de presionar para que esto sea así, las editoriales hacen el resto. A ellos(as) les resulta cómodo seguir esta regla. Las consecuencias son evidentes, entran en clara contradicción, su trabajo se convierte en algo rutinario que les viene impuesto, pero esa extrañeza se les vuelve en contra generando una repulsión por el alumnado e, incluso, por la tarea en sí misma. Por otra parte, el alejamiento entre sus acciones y sus sentimientos, su energía particular y su personal aportación, provoca un evidente rechazo de una amplia mayoría de los receptores de un mensaje absurdo, frío e impersonal.
Por lo tanto, un colectivo enajenado de su propia función, de su trabajo, no puede influir de manera positiva para formar a los jóvenes y niños en libertad, no propician el desarrollo intelectual al que el género humano podría tener alcance. Su función, instrumentalizada por el poder, se convierte en una tarea de represión, angustia y reproductor de la enajenación en la que ellos están embebidos.
¿Por qué otros colectivos progresan en su trabajo, adaptándose al cambio tecnológico, y adquieren o desarrollan capacidades a lo largo de su vida laboral?, ¿cómo interviene el sistema para que la práctica educativa sea como es y se mantenga?. Como hemos apuntado, pocas personas escapan de las condiciones alienantes que el sistema impone, tanto en el terreno laboral como en lo cotidiano. Sin embargo, existe una nota diferencial entre ciertos grupos de profesionales y los profesores, de tal manera que esos grupos, como por ejemplo los ingenieros, los abogados, los arquitectos evolucionan y adquieren verdadera profesionalidad a lo largo de su actividad laboral aunque su trabajo y su energía vital esté al servicio del poder o condicionado por el dinero.
Es bien sabido que los profesionales de los niveles altos de cualificación proceden, por lo general, de las escuelas técnicas o de las facultades universitarias, es bien sabido que el paso por estos centros es un mal que irremediablemente hay que sufrir, pero que no forma en capacidades generales ni profesionales. La formación superior, como el resto de los niveles, forma parte de la absurda e ineficaz práctica educativa con el agravante de que ésta tiene una enorme influencia en las etapas más elementales.  
Quizás dando razones de cómo interviene el sistema en los colectivos docentes demos respuesta a las dos preguntas anteriores. Además de la enajenación general de la que escapan pocos en sociedades como la nuestra, el sistema se encarga de hacer de los docentes un colectivo inmovilista y falto de profesionalidad actuando de la siguiente forma:
  • “Desregula” la tarea de enseñar permitiendo ejercer como tal y legitimando a cualquiera que haya alcanzado un determinado nivel formativo. He ahí las múltiples academias y la infinidad de “profesores particulares”.
  • Las administraciones carecen de organismos que se encarguen del estudio de nuevas formas de aprendizaje. Se limitan a cambiar los programas y poco más, nunca entran en el fondo del asunto, ofreciendo nuevas formas, estrategias o  nuevos modelos de aprendizaje.
  • El acceso a la enseñanza pública es relativamente sencillo en todos los niveles.
  • Se legitima y valora en positivo la acción transmisora del saber.
  • La enseñanza es la salida laboral, casi exclusiva, de un gran número de carreras universitarias. Hay una selección natural de manera que la enseñanza es un refugio para quienes no pueden optar a otras tareas.
  • Por lo general, los docentes no conocen ningún otro tipo de trabajo, pasando directamente de la universidad, donde adquieren todos los vicios que arrastrarán toda su vida laboral, al aula como profesores.
  • El trabajo es individual y autónomo. No existen estructuras profesionales que permitan la organización y promoción profesional. Las únicas exigencias, tal como hemos señalado antes, son de carácter burocrático que nada tienen que ver con la labor técnica o la eficacia y aplicación en la neta tarea educativa.

Diremos, para consuelo de algunas(os) con talante más conservador, que muchos de los males que aquejan a los docentes son comunes a otros tantos colectivos integrados en las administraciones: jueces y fiscales, técnicos superiores de la administración, inspectores e interventores fiscales, etc. Merece una especial consideración lo que ellos mismos autodefinen como “clase política” en donde no existe ni la más elemental medida de la eficacia de su función. Donde lo único que se les exige es el “brazo de madera” para levantarlo a petición del jefe de grupo. En este caso, el sometimiento y la enajenación de su función vienen a ser compensadas con una vida cómoda y una situación de privilegio haciendo bueno el dicho de “dame pan y llámame tonto”.
  
Nota: Los párrafos en letra cursiva están extraídos de otros documentos anteriores del mismo autor:
  • “Un nuevo modelo educativo para la superación de un sistema socioeconómico en crisis” (enero 2008).
  • “Crítica a la actual  práctica docente y directrices para la elaboración de un nuevo modelo” (Cuadernos de Pedagogía, septiembre 2008)
  • “Hacia una verdadera tecnología educativa como herramienta para la transformación del actual modelo” (intervención en el ciclo Complejidad y modelo pedagógico).
  • “El desarrollo del proceso de aprendizaje en el aula: aplicación del diseño” (intervención en el ciclo Complejidad y modelo pedagógico)".

lunes, 30 de enero de 2012

LA VIDA Y LA FATALIDAD

En el momento actual se amontonan acontecimientos de índole aparentemente diferente, pero con un sustrato común: el triunfo de la sinrazón. Cambio de Gobierno con una tendencia social regresiva, la exculpación de presuntos delincuentes ante la evidente prueba de culpabilidad, persecución y condena de personas que buscan y luchan por el progreso, corrupción en las más altas esferas del Estado, etc., son algunos de ellos.
En el orden internacional, escapan a las leyes naturales, a la integración social y al supuesto entendimiento individual o colectivo todas las actuaciones políticas que se están llevando a cabo en el marco de la UE. Los recortes, los ajustes presupuestarios y las subidas de impuestos frenan el consumo, lo que supone una merma en la producción y, como consecuencia, un aumento del desempleo, cerrando, de esta manera, un  círculo destructivo de la situación socioeconómica. Es como si se tratara de un tren descontrolado que se dirige de manera irremediable hacia el abismo. Cualquier análisis o comentario sensato niega este tipo de políticas, pero la realidad es que se están llevando a cabo sin que alguien, colectivo u organización, haga algo por evitarlo. ¿A que responde este modo de comportamiento de los que nos dirigen y  la aceptación sin rebeldía de los más perjudicados?.
Además de todos los resortes de los que  el poder dispone y emplea para mantener esta caótica situación, sin caer en creencias esotéricas o supraterrenales, pensamos que existen fuerzas ocultas que se enfrentan a la razón y al sentido común. Quizás esa fuerza sea la abstracción de la trayectoria  errática de esta especie nuestra que ha ido asumiendo de manera progresiva la fatalidad y el sufrimiento como elementos fundamentales de su existencia, en una constante relación de dominio.
Así, huyendo del sensacionalismo, del oportunismo y de la improvisación, hace ya un par de años, en el libro con el título “En los límites de la irracionalidad” escribíamos lo siguiente: “En cierta ocasión oí decir a un ilustre pensador metido a político, de los que ya no quedan, algo así como que las fuerzas del mal tienen más éxito que las fuerzas del bien. Quise interpretar de sus palabras que cuando se dice o se hace algo que pueda suponer progreso para el género humano es necesario esforzarse y empeñarse más que cuando se actúa en contra de la razón. Que la defensa de la verdad es muy  costosa, mientras que mentir es gratuito. Que hay algo de carácter atávico en lo más profundo de la especie humana que le predispone a la aceptación incondicional de la maldad, a la vez que una reticencia para asumir anuncios o hechos encaminados a la superación de las miserias que nos invaden.
Alejados de todo tipo de creencias religiosas, pensamos que es posible que todo ello responda a una especie de embrujo mágico marcado por un pesimismo histórico, consecuencia de una trayectoria errática y desgraciada para las mayorías que pueblan, y han poblado, el planeta.
Este triunfo de la maldad, el engaño y la manipulación sobre la razón y el progreso queda plasmado aquí, en nuestros días, en dos hechos muy concretos: el sucio asunto de corrupción conocido como “caso gürtel”, por cuya causa el fango inunda las estructuras del PP y a algunos de sus máximos dirigentes, y el acoso al juez Garzón, instructor del asunto anterior, en perfecto acoplamiento uno con el otro caso.
En su frenética carrera hacia la conquista del poder político, como exclusivo objetivo de sus dirigentes, el PP busca con  todos los medios a su alcance la nulidad del caso, entorpeciendo la investigación, hasta el punto de acorralar hasta el límite al instructor, en esta ocasión el juez Garzón, distinguido por ser un magistrado ejemplar y valiente.
Pues bien, ante un flagrante sucio asunto de corrupción y una brillante carrera de un juez, es éste el que podría ser castigado frente a la salida indemne de una formación política perversa que utiliza de forma permanente la mentira y la falsa acusación para alcanzar sus metas sin que sus errores, sus corruptelas y sus quimeras les castiguen políticamente. El resultado podría plasmarse en el triunfo del PP en las próximas elecciones generales y en la expulsión de un gran profesional de la justicia, sin que sea probada, ni tan sólo reconocida, la prevaricación o delito alguno relacionado con su función. ¿Qué es lo que se oculta tras este injusto tratamiento entre lo perverso y la razón?”.
Reproducimos el texto tal cual porque, como se puede observar, los pronósticos se van cumpliendo a “rajatabla”.  De momento el PP ha ganado las elecciones. Camps y sus secuaces se han librado de manera vergonzante del delito que la instrucción, la acusación particular y el fiscal les imputaban, con lo que el primer paso para que el PP se desligue del caso de corrupción gürtel se ha dado. Garzón ya ha pasado dos veces por el Supremo, y está a punto de pasar por tercera vez. La primera causa, relacionada con las escuchas, es aquella por la que el juez tiene más posibilidades de ser condenado, lo que tiene claras implicaciones en el citado caso de corrupción. Por lo tanto el segundo paso, en esa línea de intentar eclipsar la culpabilidad del PP en ese feo asunto,  puede estar a punto de darse.  
En el terreno de lo tangible, los grandes medios de comunicación constituyen uno de esos resortes del poder para potenciar esa actitud masoquista de los individuos, incrementando el derrotismo y la aceptación de lo aparentemente irreparable. El oportunismo es el  principal recurso de esas  grandes  empresas de la manipulación y de la información irreflexiva y machacona. Son como buitres en busca de la carroña para luego limitar su papel al sensacionalismo neto, a un zafio tratamiento del acontecimiento y al posterior abandono sin valorar las consecuencias o la proyección social de los hechos. Esos acontecimientos son tratados como sucesos puntuales e inconexos. Los espectadores, imbuidos de ese pesimismo irracional, consumen la información como si fuera un producto fungible, en espera de otras noticias que den rienda suelta a las más elementales emociones que les proporcione de manera puntual una explosión de satisfacción o, en caso contrario, les provoque la repulsa o la indignación. Desgraciadamente, los mass media tienen una enorme influencia en las vidas de los ciudadanos, en la evolución social y política y en mantenimiento de eso que calificamos mundo mágico, porque se han consolidado como puente entre los abusos y desatinos de los poderosos y la resignada aceptación de los hechos de una sociedad no pensante. 

miércoles, 18 de enero de 2012

CASO GARZÓN: INJUSTICIA, ACOSO Y MISERIA



No soy partidario de abordar asuntos de carácter particular, pero el “caso Garzón” tiene una proyección social y política de alcance, por lo que resulta de especial interés entrar en su análisis con el ánimo de sacar a la luz aquello que va más allá de lo evidente, del simple comentario o de las opiniones infundadas que se vierten en los grandes medios de comunicación.
Este asunto, como tantos otros, pone de manifiesto el enfrentamiento entre dos concepciones vitales muy diferentes. Por un lado, quienes con una perspectiva de futuro trabajamos por un mundo de progreso e igualdad; por otro, aquellos que se oponen sistemáticamente a esos valores que nos harían más humanos, gentes inmovilistas, reaccionarios, gentes intelectualmente menos avanzada que, con su extremada torpeza, defienden los intereses de los poderosos. En términos coloquiales, para que todos nos entendamos, podríamos  hablar, de una manera simplista,  de izquierda y de derecha, asociando respectivamente cada una de estas dos opciones políticas a uno y otro modelo de concepción de la vida.
En el caso que estamos abordando, esos sectores reaccionarios y todos los grandes medios de comunicación en su poder, están en contra del juez Garzón, buscan y esperan un linchamiento porque le sitúan en el otro bando, en el lado de los que estamos por un mundo diferente. Las declaraciones de políticos del PP, a través de su soporte mediático, nos aburren por su tono repetitivo con aquello de que “la ley está para que todos la cumplamos”, esa ley, o esas decisiones judiciales, que se convierten en dogma cuando les son favorables, pero que, en caso contrario, no les duelen prendas en descalificar a los que han dictado sentencias que no les favorecen, o que, simplemente, se oponen a sus reaccionarios esquemas. Sin ir más lejos, ahí está el caso “Bildu” en el que el Tribunal Constitucional decidió a favor de admitir las listas presentadas a las elecciones forales y municipales. Les faltó tiempo para acometer contra esos magistrados sin importarles el rango de la institución.
Lo que está pasando con el juez Garzón es un claro caso de acoso laboral y político. Es razonable que jueces y demás profesionales puedan cometer errores en el ejercicio de su trabajo, pero, al margen de esa posibilidad,  ese refractario sector social, en el que se encuentran colegas del propio magistrado,  no soportan que una persona se salga del camino marcado por el sistema vigente, sobre todo cuando se tiene la posibilidad de decidir y de influir con sus decisiones. En palabras de E. Fromm: “El sistema capitalista necesita personas que cooperen sin pensar, individuos que quieran ser mandados, hacer lo que se espera de ellos y adaptarse sin fricciones al mecanismo social”. Cualquier desvío pone en marcha de manera automática  mecanismos destructivos contra el “osado” que se atreve a oponerse al papel que se le encomienda. Por lo general, el acosado suele distinguirse por ser una persona intelectualmente superior, mientras que los acosadores se caracterizan por esa torpeza asociada a una forma de vida irracional e inhumana. Evidentemente en un caso de acoso (popularizado en la actualidad con el término anglosajón de mobbing) se ponen en marcha todas las miserias que esos acosadores domados por el sistema  llevan en su mochila: envidia, venganza, rencor, soberbia, hipocresía, egoísmo,  etc.
El ataque contra Garzón es tan bestial que de antemano podemos asegurar que será condenado; si no por un asunto por otro, o  si no por el tercero. Tres causas abiertas a un juez en tan corto periodo de tiempo es un hecho insólito, por lo que no es necesario esforzarse intelectualmente para concluir en que detrás de todo ello hay mucho más que ese esperpéntico montaje que le han preparado, inventándose esas falsas acusaciones. Sus enemigos han de apostar fuerte porque son conscientes de la popularidad y de la  trayectoria de entrega y eficacia del magistrado a lo largo de tantos años de trabajo en la Audiencia Nacional. La trama contra Garzón es tan miserable, y de tamaña torpeza, que esos sectores reaccionarios, así como los propios jueces que lo juzgan, carecen de la mínima capacidad intelectual que les permita inferir que cuanto mayor sea el ataque contra el juez mayor es su “caché”, es decir, su prestigio y su credibilidad. Por el contrario, el descrédito de todo lo relativo al poder judicial va en aumento, dejando en entredicho a sus agentes, y  dando muestras evidentes de que ese poder es un poder otorgado por el poder real, por el de los que tienen el dinero.
El proceso en curso de las escuchas es tan escandaloso que convierte a los corruptos en acusadores de quien persigue el delito de corrupción, algo inaudito. Quienes están apoyando este sinsentido no se dan cuenta del daño que hacen al modelo político que a ellos mismos les mantiene, pues anteponer los intereses de los corruptos a la actuación de un juez que intenta buscar pruebas del delito, en el que están implicados altos responsables del partido conservador, tira por tierra cualquier principio de justicia, pone en evidencia eso de la separación de poderes y, lo que es más grave, refuerzan la analogía entre corrupción y este tipo de democracia.  
Para finalizar quiero referirme a la exagerada formalidad que se les otorga a las normas legales, a sus autores y a los que las aplican. Por una parte, hay que entender que las leyes son elaboradas por hombres y mujeres imperfectos, como todos, que no están en posesión de la verdad absoluta. Por lo general, son elaboradas por el grupo parlamentario que sustenta al gobierno y su representación no suele ser superior al 30% de la población adulta. La mayor parte de las normas se dictan a favor de ciertos grupos de poder, en detrimento de las clases populares. Las redacciones son ambiguas y no es difícil encontrar flagrantes contradicciones entre normas de igual rango debido a su profusión. Por su ambigüedad y por sus contradicciones, todas las leyes requieren ser interpretadas, por lo que quienes las aplican tienen un importante margen de maniobra, y sus decisiones tienen una evidente carga subjetiva. En consecuencia, ese respeto interesado que se nos exige desde los ámbitos de poder no es más que una forma de coacción al intentar convencer a las masas que la ley es un valor absoluto, que las sociedades democráticas se rigen por el “imperio de la ley”, otorgándole, incluso, un carácter religioso debido a la ancestral creencia de que la elaboración de las leyes tiene un origen divino. En cuanto al perfil de esos aplicadores (jueces y magistrados) hay que resaltar que, en semejanza con otros altos cargos de la administración pública, el acceso al puesto de trabajo se resume en aprobar una oposición en la que se exige única y exclusivamente la memorización de unos 340 temas –que, curiosamente, suelen coincidir con lo estudiado en la carrera de derecho- para  después “cantarlos” como un papagayo ante un tribunal en un periodo limitado de tiempo. Nada de experiencias laborales previas, nada de medida de la capacidad intelectual más allá de la mera memoria, nada de test de tipo psicológico o sanitario. El sistema social y económico vigente ejerce su poder formando y seleccionando a individuos que “cooperen sin pensar” y que se “adapten sin fricciones al mecanismo social”. Por eso, todo aquél “descarriado”, como Garzón, que no se atiene a esos requisitos es perseguido hasta ser expulsado de esa tarea servil que le ha sido encomendada. Acabamos como en otras ocasiones, señalando que éstas son unas de tantas miserias que impregnan a esta especie nuestra sin que se vislumbre signos de cambio significativos de mejora a corto, medio o largo plazo.  

domingo, 8 de enero de 2012

POR QUÉ LO LLAMAN CRISIS CUANDO LA COSA ES MUCHO MÁS GRAVE

A la memoria de mi "hermano del alma" Marcelino que nos ha abandonado físicamente hace un año, pero que siempre estará presente en nuestro pensamiento y en nuestros sentimientos.

Cuando se desconoce la realidad, cuando la realidad se quiere camuflar o cuando no se sabe hacer otra cosa se recurre a los tópicos, a las etiquetas o a la simplificación. Esto es lo que está pasando ahora en este tipo de sociedades en las que se ha roto la dinámica de una forma de convivencia caracterizada por el enfrentamiento, más o menos manifiesto, entre clases antagónicas, aunque capaz de mantener durante las últimas décadas un determinado ritmo que otorgaba a la ciudadanía una cierta seguridad vital y laboral. El sistema capitalista, en su más pura esencia, se ha caracterizado por la búsqueda de beneficios de los patronos, pero durante bastante tiempo el crecimiento económico, aunque con una enorme desigualdad, generaba bienestar para amplios sectores sociales. En esa dinámica hay que incorporar la lucha de los sectores menos favorecidos, es decir, de la clase trabajadora, cuya acción reivindicativa ha influido de manera notable en la consecución de las mejoras de carácter salarial. Por cierto, los momentos de reivindicación, con resultados más eficaces, han tenido lugar cuando las condiciones de vida han dejado un espacio para pensar, para complotar, una vez satisfechas las necesidades básicas.
Debido a que, por una serie de circunstancias,  los sectores productivos ya no generan el beneficio deseado, hecho que ha tenido lugar en otras ocasiones, el mundo capitalista ha entrado en una  enloquecida fase que está generando desconcierto e inseguridad generalizada, a la vez que una nueva forma de distribución de la riqueza, en detrimento de los más débiles. Por un lado, el capital busca otras formas de revalorización en las que es el propio dinero el que genera dinero en un proceso endogámico sin que sepamos  cuál será el resultado final. La burbuja dineraria se va hinchando sin que, de momento, seamos capaces de aventurar el aguante de su envase. Por otro lado, aparecen nuevas bolsas de pobreza, incrementándose de esta manera la desigualdad entre unos y otros sectores de la población. La inercia de una situación anterior de  cierta bonanza para los asalariados, aunque creada de manera artificial, ha desactivado por completo a los que aún mantienen un cierto nivel de bienestar, si bien estos grupos desconocen que deterioro social avanza como un tsunami que va invadiendo día a día a las diferentes capas que configuran la sociedad: primero fue el incremento del paro, luego los recortes blandos, ahora la subida de impuestos, mañana... El objetivo es, tal como hemos señalado en otras ocasiones, destruir por completo eso que conocemos como estado de bienestar. Tal vez sólo sean motivos de carácter psicológico los que se esconden tras esta meta o, siendo más realistas, quizás vean en el sector de los servicios públicos un nuevo espacio para obtener ganancias mediante su absoluta privatización.
Es esta una situación difícilmente digerible para los individuos que ahora deambulamos por estos lugares del planeta que nos obliga a la reducción al absurdo, recurriendo a buscar un nombre con el que nos podamos entender, aunque no sepamos encontrar las causas o los efectos finales del fenómeno. Ese nombre es el de "crisis" con todos los apelativos que, tanto a unos como a otros, se nos antoje: crisis inmobiliaria, crisis financiera, crisis especulativa o crisis económica. Es esta última forma la que se ha estandarizado; es el nombre con el que supuestos expertos se entienden, es el nombre que resuena hasta la saciedad en todos los medios de comunicación, es el nombre con el que amansan a la población civil.
Las crisis de las últimas décadas, con un carácter coyuntural, se han resuelto de forma más o menos satisfactoria porque no afectaban al núcleo del sistema. Pero ahora es diferente. Esto no es una crisis de superproducción, en el sentido de lo que ilustres pensadores han definido y caracterizado. Esto es el agotamiento del propio sistema porque con las actuales y salvajes formas de enriquecimiento, y con otras limitaciones impuestas por en propio entorno natural, no es posible mantener un continuo crecimiento económico que permita vivir dignamente a la mayoría de la sociedad, tal como ha ocurrido en los últimos tiempos. Hay argumentos más que sobrados para saber que, de seguir así, no habrá nunca trabajo remunerado para todos, que la fuerza de trabajo ahora es menos necesaria, que el paro irá en aumento gobierne quien gobierne. Existen muchas semejanzas entre la actual situación y la que tuvo lugar a lo largo de las décadas de los años veinte y treinta del siglo XX, pero el análisis comparado entre un caso y otro desborda el espacio disponible en un breve artículo como éste. Sólo señalar que deseamos que la resolución de esta nueva situación no sea la misma que a la que se recurrió para poner un final definitivo a lo que se conoció como la “gran depresión”.
Los avances en tecnología, y las mejoras progresivas en las condiciones de vida nos han hecho más débiles y más vulnerables a cualquier contingencia que nos detraiga de nuestro ritmo de vida.  Otras generaciones anteriores y otros pueblos han subsistido y subsisten en medio de la escasez e, incluso, de la miseria porque sus necesidades básicas  eran o son muy inferiores a las de quienes poblamos hoy día estos países de occidente. Por otro lado, disponían o disponen de recursos para mantener esa elemental forma de vida, pero los individuos de sociedades como esta nuestra somos incapaces, o tenemos escasas posibilidades, de subsistir en núcleos urbanos totalmente dependientes de todo tipo de suministros.
A esta debilidad frente a cualquier tipo de contingencia hay que añadir la progresiva pérdida de poder popular frente al incremento de poder de las clases dominantes. En la actualidad este omnímodo poder se ha objetivado,  adquiriendo, en apariencia,  formas impersonales, aunque detrás de esos mercados especulativos, convertidos en nuevos dioses amenazantes, están las grandes fortunas y sus gestores.  
Se hace más vigente que nunca la "ley de la codicia" según la cual el afán de enriquecimiento es mayor cuanto más se tiene, dando lugar a una espiral de ganancia y de locura. La trayectoria de la humanidad en las últimas décadas ha eclipsado las mentes, y ha desubicado a la clase trabajadora. Ha desaparecido la izquierda antisistema (capitalista), no contamos con ningún agente que sea capaz de ofrecer una alternativa sólida y firme. No sabemos la que nos espera a medio y largo plazo, pero esto es lo que hay.

lunes, 2 de enero de 2012

RESUMEN DE UN AÑO

Después de una veintena de artículos publicados en Nueva Tribuna pienso que ahora es un buen momento para hacer una especie de repaso de algunos de los contenidos que con toda mi buena voluntad he ido vertiendo sobre este Boletín de Noticias, tal como este diario se autodefine. El deseo de revisar o resumir algunas de las ideas expresadas coincide con otros acontecimientos, temporales o políticos, de especial relevancia. Por un lado, termina un año y comienza otro del que, algunas voces agoreras, nos dicen que poco positivo se puede esperar en el terreno de lo netamente económico o en el del empleo. Por otro lado, comienza a materializarse lo que para muchos era una evidencia  incluso antes de que el PP engatusara a una masa distraída de su propia realidad, y ganara las elecciones con el engaño y la traición a sus propios electores; la portavoz de turno, después de informar de los “zarpazos” que nos van a dar de inmediato, anuncia que éste es el “principio del principio” lo que hace que propios y extraños nos acojonemos por esta sentencia que nada dice a favor  de los que siempre hemos sufrido las consecuencias de crisis o recesiones creadas por otros. 


La necesidad de la reflexión y el análisis frente a la mera opinión
En mi participación como columnista he intentado huir de la simple opinión. Así en el artículo del día 7 de agosto decía: “con el ánimo de fomentar y dar contenido al pensamiento crítico, las ideas han de quedar expresadas en el texto o en el discurso como fruto de un razonamiento inductivo; es decir, a la observación de los hechos acaecidos en el presente y en el pasado  le han de seguir la reflexión y el análisis para concluir en un resultado que sea fruto, única y exclusivamente, de la inferencia,  con el ánimo de que ese enunciado, esa expresión, se convierta en regla de acontecimientos futuros. Solamente así se evita la polémica y la reducción de la idea a una simple opinión, sólo así adquiere validez la conclusión o el pronóstico. El pensamiento crítico se ha de basar en valores intelectuales que tratan de ir más allá de las impresiones y opiniones particulares, por lo que requiere claridad, exactitud, precisión, evidencia y equidad”.


¿Qué fue del 15M?
Aplicando el método descrito en el punto anterior al  fenómeno que tuvo lugar en torno al 15M, ya dijimos que aquello no podría conducir a otro resultado que aquél al  que estamos asistiendo ahora cuando, con un gobierno de corte puramente reaccionario y antisocial, lo que fue ese fugaz movimiento ha pasado a la triste historia más reciente del fracaso. Para justificar esa conclusión señalábamos por esas mismas fechas, agosto de 2011, que cuando “se hacen peticiones imposibles, suele enardecer a los oyentes o lectores, quiénes se unen a la reivindicación, pero esta forma de plantear  mejoras, sin contar con instrumentos o poder suficiente para obligar al contrario, se vuelve en contra del débil, del sector social más afectado por la injusticia y la sinrazón”. A lo que añadíamos: “una imagen nítida de lo que digo nos la está ofreciendo recientemente el movimiento 15M, al que se han unido en sus protestas y peticiones intelectuales y gentes de buena voluntad. La ausencia, entre otras cosas, de una herramienta que oriente el proceso de lucha, y, sobre todo, de la fuerza necesaria para derrotar al poder establecido, están convirtiendo la protesta en un azucarillo que se va diluyendo en un enorme vaso de agua. Los últimos estertores son y serán simples cabezonadas que sólo servirán para encubrir la ausencia de logros. De esta manera, la indignación se convierte en frustración, y el fracaso refuerza a quienes tienen el poder y el dominio”.


La crisis: una herramienta más de dominio para la pervivencia del sistema
La “crisis económica”, tal como observamos, se ha convertido en un instrumento en manos de quienes ostentan el poder para continuar con su dominio en el marco de un sistema agotado. Para mantener esas relaciones de poder lo único que se les ha ocurrido a los de arriba es ir eliminando eso que conocemos como estado de bienestar, conseguido en décadas pasadas por la lucha y el esfuerzo de la clase trabajadora. Esta torpe medida no será motivo de prosperidad, por el contrario potenciará la inestabilidad y el desasosiego. A primeros de septiembre señalábamos: “ahora, cuando lo que de verdad está en crisis es el propio sistema en su totalidad, la vida se ha convertido en una farsa, y (la vida) está montada sobre el absurdo y la provisionalidad”. Y en noviembre añadíamos: “lo que llaman crisis económica es ahora la máscara de un sistema agotado que, tal vez por cobardía, muchos se niegan a admitir. No se observa, en estos momentos, ninguna fisura por donde empezar a romper con esta agonía”.


La democracia como estrategia del poder económico
Con respecto a la práctica política al uso, allá por ese mismo mes de septiembre, decíamos que “el término democracia se ha convertido ahora en el parapeto político de un sistema injusto tras el cual toda actuación de poder se legitima por una sencilla cuestión nominal del modelo, aunque, en realidad, no es otra cosa que una mera fachada para mantener la mansedumbre de las masas y para contener cualquier intento de rebeldía”. Incluso antes de esa fecha, es decir, en agosto nos preguntábamos: “¿Qué pasa con los gobiernos de las democracias de occidente?”, para añadir a continuación: “la UE, cargada de burócratas bien pagados para cumplir con su función, ha eclipsado la política local. Los gobiernos como el nuestro actúan al dictado de lo que dicen en Bruselas. El espacio de autonomía que les queda se limita a elaborar cuatro leyes relacionadas con aspectos insustanciales. Los recortes, los ajustes y el resto de medidas económicas son dictadas desde la burocracia europea, sometida a las decisiones de ciertos organismos internacionales (FMI, BM, BCE, etc.) que, a su vez, son manejados por los grandes magnates del dinero. A través de esta escala es cómo funcionan  sociedades como la nuestra, excluyendo cualquier participación de la población. Esta forma de funcionamiento ha engullido por completo el contenido político de las denominadas democracias occidentales, que mantienen únicamente la formalidad para engañar y contener, aún más si cabe, a una sociedad dormida e inerme”. Nada más gráfico para dar validez a estas afirmaciones que se hicieron hace tiempo que lo que ha ocurrido en Grecia y en Italia.


La evolución del capital
Ahora escuchamos a supuestos expertos decir que los bancos reciben dinero barato para después comprar deuda de los estados del sur de Europa. En junio del pasado año, describíamos cómo ha ido  evolucionando el capital para obtener la máxima rentabilidad hasta llegar a lo que hoy tenemos: “en estos momentos, con una tremenda burbuja dineraria, los capitales están centrados en la deuda pública, asfixiando a los países del sur europeo”. Y en julio matizábamos: “el colmo de la sinrazón, lo encontramos ahora en el tratamiento de la deuda pública de algunos países de la zona euro, es decir, en el negocio de los especuladores que juegan con la vida de la clase trabajadora de determinados Estados del sur de Europa. Lo que está pasando en estos últimos años raya en la más irritante y perversa actuación llevada cabo por  una panda de descerebrados, a los que los políticos les sirven de comparsa”.


El papel de los medios de comunicación
 Finalizaremos haciendo referencia a los grandes medios de comunicación que están al servicio del poder, y que juegan un nefasto papel en contra de las clases populares. Ya por el mes de junio señalábamos: “en particular los medios se han encargado de envenenar a la sociedad y crear un diccionario maldito con términos tales como revolución, subversión, comunismo, clase dominante, explotación, enajenación y otros muchos entre las que se encuentra antisistema”.  Y un mes más tarde continuábamos: “se ha conseguido el control de los sentimientos y de las emociones a través de los medios de comunicación y el adiestramiento escolar; se ha alcanzado, en suma, un grado extremo de maleabilidad de hombres y de mujeres, abandonados a la suerte del más hábil, del más mentiroso, del más sinvergüenza”.


lunes, 26 de diciembre de 2011

QUISIERA QUE LAS COSAS FUERAN DE OTRA MANERA

Esto de las felicitaciones en estas fechas, creas o no creas (como es mi caso),  se ha convertido en un hábito, en una costumbre. Un amigo, haciendo uso de esa práctica, me llama, me desea todos los parabienes y me dice que espera que después del "cambio" político mis artículos en Nueva Tribuna sean un poco más optimistas que hasta ahora. No tenía yo la impresión de que esto fuera así. Uno intenta analizar los acontecimientos que nos ha tocado vivir, y enunciar, de la manera más fidedigna posible, lo que del análisis se infiere. Huyo de la mera opinión, e intento buscar y reflejar la parte más optimista, aunque este amigo mío tenga una visión encontrada. Lo que pasa es que las cosas son como son, y de nada sirve poner paños calientes a una realidad tozuda que arrasa con cualquier deseo de mejora a corto y medio plazo.
Durante bastante tiempo, algunos nos hemos dedicado a alertar de la que se nos venía encima, pero los esfuerzos no han surtido ningún efecto frente a unos medios machacones, comprometidos con el poder que les da de comer y autoinvestidos de un aura que les sitúa en un intocable mundo de divinidad. A esto hay que añadir la ceguera de unos y otros que, por unos u otros motivos, han llevado al PP a una situación que ni ellos mismos imaginaban. Por un lado, aquellos que se sienten fieles a una determinada corriente política en la ignorancia de que todos aquellos que participan en este sorteo buscan lo mismo: vivir de este cuento de la política. Los votantes de IU han ayudado al PP en esa carrera ciega hacia la Moncloa. Seguro que otros tantos, cargados de ignorancia o, en algunos casos, de ingenuidad, también han contribuido a este desaguisado que nada bueno nos traerá. Ese camino hacia el cambio se hacía imparable, ya desde hace un par de años. Una buena parte de la sociedad, alentada por los mass media denigraba incansable a los socialistas y, en particular, al anterior Presidente de Gobierno. Algunos han votado incluso en contra de sus propios intereses, pero ya no hay remedio, aunque luego, en términos bíblicos, vendrá "el llanto y el crujir de dientes".
El deseo de poder, aunque sea un poder pírrico y servil, ha llevado al grupo ganador a una situación indeseable, porque éstos no van a solucionar los problemas estructurales que nos aquejan. Ahora comienza una efímera fiesta en la que se reparten el pastel: este Ministerio para ti, este otro puesto para ti...., y así hasta agotar los cargos institucionales, pero ¿qué pasará dentro de un año?. Como esta gente carece de valores éticos (franca contradicción con su afinidad beática) intentarán seguir engañando a una débil sociedad, abatida y amansada mediante las más burdas fórmulas al uso. A pesar de todo, es de esperar que el desgaste, aunque sólo sea por la puesta en práctica del engaño, se haga manifiesto y comience un proceso de protesta que pueda darle un poco de vitalidad a esta sociedad hoy dormida. Ésta es la nota distintiva con la que pongo aquí algo de optimismo, como intento hacer en cada uno de mis escritos, aunque este amigo del alma no lo vea así.

jueves, 15 de diciembre de 2011

EL PRESIDENTE DE LA CEOE NO TIENE VERGÜENZA

Cómo es posible que un tipo como éste, representante de los empresarios españoles, pueda decir las cosas que dice, y  con esa impunidad. Cómo es posible que sindicatos y trabajadores no inicien una huelga general hasta que este tipo se desdiga de las barbaridades que ha dicho. Por si fuera poco con las noticias de los informativos, la cadena "pública" le ofrece un programa especial (59 segundos) para que se luzca y abunde en esa sarta de aberraciones. Se permite el atrevimiento de decir que en estos tiempos "todos" lo estamos pasando mal. Seguro que él tiene que asistir a los comedores de caridad para alimentar a la prole. No se puede ser más sinvergüenza, y lo peor de todo es que después de sus incendiarias declaraciones no pase nada. Con todo el descaro, se atreve a decir que sobran funcionarios y que habrá que despedir como lo hacen en la empresa privada. Pero quién coños es este tipo para que se meta a ciegas en esos asuntos.
Sabe que no pasará nada, que la sociedad está desactivada, y que los que tienen un puesto de trabajo están agradecidos a estos próceres del bien, que les permiten comprarse un piso o llevar a sus retoños a un colegio privado, como me decía hace poco una cajera de Mercadona.
En esa entrevista de RTVE ninguno de esos inútiles tertulianos le preguntó por su patrimonio personal, por el destino que da a su capital no reinvertido. Nadie le preguntó por los que depositan su dinero en los paraísos fiscales. Ninguno le preguntó por qué se hacen ricos los empresarios, por qué ahora el dinero lo derivan hacia eso que se ha dado en llamar economía financiara, eufemismo de economía especulativa.
Nadie se atreve a decirle que el sistema capitalista, con los patronos a la cabeza, se caracteriza por la búsqueda rápida de beneficios, que su razón de ser no es la de generar empleo de manera desinteresada, sino la de enriquecerse lo antes posible, y si las cosas no van como a ellos les gusta, cierre patronal, despido de sus trabajadores y a vivir de las rentas o de la especulación.
Ante una actividad productiva basada en la ambición de unos cuantos particulares, donde el trabajo y el sustento de amplias mayorías está sometido a la necesidad de fuerza de trabajo como una mercancía más, al azar y a la arbitrariedad, el camino hacia un mundo mejor, hacia un cambio de paradigma, pasaría, en primer lugar, por la nacionalización de la economía. Es justo que todos los que estén en la etapa activa puedan trabajar sin tener que depender del capricho o la necesidad de unos cuantos, que la riqueza generada por todos sea compartida y distribuida con arreglo a las necesidades de cada cual. Este es el principio  que sería necesario que desde todos los ámbitos se fuera difundiendo, porque de no ser así, de no avanzar hacia la nacionalización de la actividad productiva, el presente incierto avanzará hacia un infernal futuro.

lunes, 12 de diciembre de 2011

¡VIVA LA REPÚBLICA!


Hace bastantes años, en la facultad de derecho,  Aragón Reyes, ahora un  irreconocible (por su físico) miembro del Constitucional, era profesor interino, eso que se popularizó con las siglas PNN en aquellos años de "grises" por dentro y por fuera de las aulas. Aquel profesor, con más miedo que vergüenza, no tuvo más remedio que contarnos en aquellas clases de Derecho Político que el Régimen franquista era una dictadura, aunque, a continuación,  se apresuró a decir: "eso sí, una dictadura constitucional porque al dictador le encargaron que construyera un Estado de tales características". Decía esto o algo parecido, aunque no nos aclaró nunca quién era el que se lo encargó.
Otro día, nos contó que las dictaduras se legitiman a través del "carisma" del dictador. En aquellos momentos de la historia, los sufridos habitantes de este país pensábamos que aquel sistema autoritario y centralista no era legítimo de ninguna de las maneras, que lo que le mantenía era una combinación de represión y miedo. ¿Qué carisma podría tener aquel individuo traidor, verdugo de un pueblo masacrado y destruido?.
En ese esquema que describía el repertorio de las diferentes formas de Estado, nos decía que las monarquías se legitiman por la tradición y las repúblicas por la razón. Aunque bien es cierto que en la clandestinidad muchos luchaban por la libertad y la justicia, no lo es menos que en aquellos momentos de miedo y atraso los españoles éramos unos ignorantes en materia política. Algunos, como yo, acudíamos a las facultades de derecho para salir de esa ignorancia supina, para saber qué era eso de la soberanía popular o un parlamento elegido en las urnas; para conocer, en suma, los sistemas "democráticos" de nuestros vecinos europeos que tanto envidiábamos.
En aquellos últimos años de la dictadura, aunque mantuviéramos un ideario republicano, la mayoría no reparábamos en el tipo de régimen que pudiera suceder al sanguinario dictador surgido de una guerra fratricida, iniciada a raíz de un golpe militar. Cualquier cosa diferente nos venía bien, incluso a los que militábamos en aquel PCE que tanto añoramos hoy. Entre el deseo de cambio y ese miedo nos “colaron” una Monarquía que ni siquiera respondía a esa forma de legitimación de la que nos hablaba aquel joven PNN. No se legitimaba por la tradición porque la monarquía de los Borbones ha transcurrido, como el río Guadiana, instaurándose o restaurándose entre cuartelazo y cuartelazo. El actual rey de España no tiene vínculo directo con monarca anterior, sino que, por consanguinidad, desciende  de un Conde que vivió exiliado toda su vida activa.  La monarquía de ahora, desde la óptica institucional,  es  herencia directa de la dictadura. El engendro constitucional que configuraba ese régimen autoritario se recogía en eso que se llamaba "las leyes fundamentales del reino", entre las que se encontraba "la ley de sucesión  de la jefatura del estado de 1947", norma en la que se apoyó el dictador para elegir al actual monarca.
De cualquier forma, ¿qué tomadura de pelo es eso de que un rey con categoría de Jefe del Estado se legitima con la tradición?. ¿Cómo puede ser eclipsada totalmente la participación del pueblo en la designación de su Jefe de Estado en un modelo político supuestamente democrático?, ¿quién responde de las capacidades intelectuales, políticas y sociales del designado por el mero hecho de nacer de rey anterior?. ¿Es que no tenemos bastantes muestras de “reyes pasmados” en tiempos pasados?.
Los primeros años de la instauración de la actual monarquía transcurrieron entre la incertidumbre y el temor de la ciudadanía a un nuevo cuartelazo, aunque los de arriba sabían muy bien lo que se traían entre manos. El desarrollo institucional tuvo un carácter eminentemente político hasta que se zanjó el asunto el 23F, sin que sepamos a ciencia cierta qué papel jugó entonces el actual Jefe del Estado. Una vez conseguida una aparente estabilidad, con un ejército más calmado y un pueblo intimidado, comienza un camino de enriquecimiento de la Corona que llega hasta el momento actual en el que uno de sus miembros se encuentra en vías de ser procesado “presuntamente” por corrupto. Como la mayoría de los mortales, aunque existen honrosas excepciones, hacen buena la ley de la codicia, según la cual el afán de enriquecimiento es proporcional a la riqueza que se posee, lo que denota una enorme pobreza humana, tal como enuncia mi buen amigo Antonio Zugasti.
Ante una monarquía heredada de la dictadura, con un rey aparentemente popular, aunque más por su simpleza que por su función; ante un heredero desconocido que en sus apariciones muestra una actitud fría, distante y soberbia; ante una chapuza matrimonial que poco dice a favor de la posible "primera dama" y, sobre todo, ante una institución ineficaz, costosa, innecesaria y medieval, se impone la razón y la República como régimen más cercano a la población. Es posible que la República no resuelva todos los males que genera un sistema económico injusto como el que tenemos, pero supone un paso más en ese progreso hacia la igualdad. Uno no puede evitar emocionarse cuando lee el primer artículo de la Constitución de 1931: " España es una República democrática de trabajadores de toda clase que se organiza en régimen de Libertad y de Justicia".
Pienso que las circunstancias en las que nos movemos: paro galopante, precariedad laboral, recortes salariales, pérdida progresiva del estado de bienestar, caso Urdangarín, presunta financiación ilegal del PP a través de la trama Gürtel, Camps en el banquillo, con el añadido de lo que nos espera con las medidas que sin duda aplicará el PP, ofrecen un “caldo de cultivo” más que suficiente para que tomemos conciencia, despertemos  y luchemos por una vida más digna, más justa, en la que imponga la razón. Deberíamos apagar la TV, y colgar en las pantallas muertas de nuestros receptores aquello que, con algunas dudas, se le atribuye a Bertolt Brecht: “Primero se llevaron a los comunistas, pero como yo no lo era no me importó”. “Luego se llevaron a los judíos, pero como  yo no lo era tampoco me importó”. “Luego se llevaron a los obreros, pero como yo no lo era tampoco me importó”. “Más tarde se llevaron a los intelectuales, pero como yo no era intelectual tampoco me importó. Luego siguieron con los curas, pero como yo no era cura tampoco me importó”. “Ahora vienen a por mí, pero ya es demasiado tarde”. Ahora son los parados, los precarios, los pensionistas y los funcionarios aquellos a los que, en palabras del gran pensador y dramaturgo, ya “se llevaron”, aquellos que están siendo víctimas de una situación irracional e injusta, pero nadie está libre de que mañana sean otros los que se encuentren en situaciones semejantes. Es necesario que reaccionemos antes de que no quede nadie con fuerzas para protestar.

sábado, 10 de diciembre de 2011

¿Por qué no puede bajar el paro?

En el gráfico se muestran las principales razones por las cuales el paro en países como el nuestro no se reducirá, por el contrario aumentará porque el esquema clásico de enriquecimiento, basado en la obtención de la plusvalía, ha quebrado. Lo que llaman crisis es una tapadera para encubrir el final del sistema capitalista tal como ha venido funcionando en los últimos 160 años.
Cuando se dan una serie de circunstancias como las que aparecen en el gráfico, suelen estar jerarquizadas, es decir, unas suelen ser dependientes de otras. La saturación de los mercados, junto a la competencia con otros productores de países emergentes (a pesar del incremento de la productividad y de la competitividad), hacen que se reduzca la producción en los países desarrollados, lo que genera un conflicto con el desarrollo tecnológico que permite fabricar más con menos fuerza de trabajo. Esto da lugar a la disminución de beneficios del capital que, a su vez, da lugar a la búsqueda de nuevas fórmulas de enriquecimiento, como son la especulación, la corrupción y  el desvío de capitales a paraísos fiscales. Todo ello conlleva la menor necesidad de mano de obra en países como éste, lo que nos conduce hacia otro conflicto, a modo de espiral, de difícil resolución ya que la disminución de poder adquisitivo de la clase trabajadora implica menor consumo, lo que obliga al ajuste de la relación oferta-demanda, es decir, la producción de bienes y servicios se reduce.



A los del PP no se les ve contentos

Por aquello del oficio, a uno no le queda más remedio que seguir  algunos programas de radio y TV para ver que es lo que se cuece, aunque, por una cuestión de salud mental, tengo que ponerme unos límites. Por fortuna,  en mis receptores no están sintonizadas aquellas cadenas que son conocidas de diferentes maneras: la caverna, la extrema derecha mediática, etc. Y si lo están, será por aquello de que estos nuevos aparatos  hacen un barrido y seleccionan automáticamente 50, 60 o cien emisoras, una barbaridad, pero lo que puedo garantizar es que desconozco su ubicación. Por lo tanto, son los zapping de las principales cadenas las que me informan de las barbaridades que por allí circulan, y, para ser absolutamente fiel la verdad, he de decir que, algunas veces, a eso de la una de la tarde, me asomo durante unos pocos minutos a un amago de tertulia de Telemadrid, nefasta reunión de “amiguetes” en la que todos están de acuerdo, lo que despierta en mí un par de sentimientos: hilaridad y compasión.
Pues bien, de esa especie de chequeo audiovisual se deduce que los del PP, y su entorno, no están contentos, no les ha sentado bien la victoria ni a unos, los políticos, ni a otros, su soporte mediático. No se ve el entusiasmo por el éxito que, en justa medida, se correspondería con ese insaciable deseo de poder que han manifestado a lo largo de tanto tiempo. Curioso. Lo normal es que estuvieran alegres, satisfechos, se lo han “currado”, sobre todo, durante estos cuatro últimos años. No parece que sean los mismos los que han llevado a acabo esa encarnizada y despiadada crítica a los socialistas, en particular a Zapatero, y los que muestran ahora esas caras largas, esos rostros como temerosos, ¿es que se temen algo?. A decir verdad, todavía viven del recuerdo, les queda algo de cuerda para seguir con la injuria. No es difícil augurar que seguirán unos meses acusando al anterior Gobierno de lo mal que han dejado las cosas, pero cuando pasen esos 100 días que se les da de tregua a los nuevos gobernantes, ¿qué dirán?. ¿Será que su tristeza de ahora se debe a que, con su victoria, finaliza el tiempo de la fácil tarea de la crítica cruel, y están obligados a iniciar otra que discurrirá por un camino pedregoso?. Con Zapatero en su León natal, y los del PSOE discutiendo por su reconstrucción, se acaba el filón, el insulto agrio, fácil y zafio, y comienza lo que, sin duda, les generará un desgaste personal y político.  
Por el contrario, se observa una especie de jolgorio en esas cadenas satíricas, bueno en la Sexta (por desgracia no proliferan). También, a pesar de la que está cayendo,  se manifiesta un cierto entusiasmo, a la vez que un cierto alivio, entre sectores progresistas de nuestro país. También curioso. Parece que se han tornado las cosas: tristeza entre los ganadores, y sus adalides, y cachondeo (dentro de lo que cabe) entre los que se oponían a la involución. En la “casa de los pobres”, como su propio jefe lo ha definido, también hay una cierta algarabía porque han pasado de 2 a 11 diputados; aunque es posible que su alegría sea pasajera cuando comprueben, si no lo han hecho ya, que en aquellas otras elecciones en las que ha ganado la derecha (años 1979 y 1996), el PCE o IU consiguieron doble representación parlamentaria que ahora, a pesar de este descalabro tan bestial del PSOE.
Quizás la tristeza en el PP responda a que ésta ha sido una victoria envenenada porque, por desgracia para ellos, su éxito electoral se produce en un contexto internacional inestable y depauperado, en el que la política local juega un papel irrelevante. La mentira, elemento básico de su éxito, suele ser siempre arma arrojadiza contra un electorado ingenuo y proclive al engaño. En otras ocasiones, esas mentiras de campaña suelen ser olvidadas a lo largo del curso de la legislatura, pero ahora la cosa va a ser muy diferente. Rajoy y su comparsa se han hartado de decir que van a resolver todos los males que aquejan a este país nuestro, que acabarán con la crisis, con el paro, que no habrá ajustes en sanidad, ni en educación, que las pensiones se actualizarán, que los recortes se llevarán a cabo en lo que son gastos superfluos, que el cambio era la solución. La pasión por quitarse de encima esa frustración de dos legislaturas perdidas ha desembocado en la locura. No les va a resultar fácil deshacerse de tanta promesa vana, de tanto embuste. Quizás su primer mal sabor de boca lo sufrieran el día siguiente al de las elecciones, el 21N, al ver que eso que llaman los mercados pasaron por alto ese triunfo electoral, continuando con su propia dinámica.
Tal vez, su falta de entusiasmo por la victoria también se deba a que se temen un aumento de la agitación social en las calles si no hacen lo que dicen que harán, o si hacen lo que han dicho que no harán (permítaseme este juego de palabras). Los sectores más reaccionarios, con la iglesia a la cabeza en ocasiones, han protagonizado durante los últimos ocho años actos de oposición a las leyes de los socialistas con manifestaciones masivas, pero ellos saben que son unos aprendices, unos advenedizos de la contestación, haciendo uso de los instrumentos de la izquierda, de las clases oprimidas. Ellos saben, políticos, soporte mediático y seguidores que la protesta, que las reivindicaciones y las manifestaciones, nacen de la explotación, de la represión, de la desigualdad, de la injusticia, que son patrimonio de las clases populares. Por eso se temen que, ante una situación como la que vivimos, la protesta, no sólo en la calle, también en el trabajo, les abrume, les acose, les asfixie. Hasta ahora, los actos de protesta en comunidades como Cataluña (gobernada por una  derecha provinciana) y Madrid no están teniendo apenas efectos positivos. Pero es de esperar que la generalización de las posibles restricciones que lleven a cabo gobierno central y CCAA, prácticamente todas en manos de la derecha, provoquen una respuesta generalizada que dé lugar a una crisis política de alcance.
Desde luego no lo tienen fácil, ese enfermizo deseo de poder les puede costar caro. Tener que enfrentarse a la actual situación económica mundial, al creciente descrédito de las instituciones y a la corrupción –que, por lo que dicen, podría alcanza a las más altas instancias del Estado-, hará realidad ese viejo refrán que dice que “una cosa es predicar y otra es dar trigo”. Los más audaces se atreven a pronosticar una crisis política a dos años vista. Todo se andará. De momento, en las escasas declaraciones de los cabecillas del PP vemos como comienzan a recular. Ahora reclaman el concurso de todos cuando su papel como oposición ha sido el de hacer “tierra quemada”. Declaraciones incendiarias eran la letanía de cada uno de los que recibían consignas de la calle Génova. Mariano Rajoy, en particular, ha hecho del insulto una herramienta fundamental en su forma de hacer política. Sus palabras favoritas cuando se dirigía al presidente saliente –que, tal vez, algún día sea recordado como el más honesto de esta época- eran estas: irresponsable, frívolo, incapaz y acomplejado, y cuando se refería a cualquier actuación de los miembros del gobierno, surgía de inmediato el término “error” acompañado de epítetos tales como “descomunal”, “mayúsculo” o colosal”. No será fácil olvidar  algunas de las “lindezas” que este paisano le ha dedicado a su antecesor:  para España “es mucho más peligroso un bobo solemne que un patriota de hojalata” (sic); “Zapatero es un irresponsable” (sic); “acomplejado,  con mala conciencia e ideas confusas” (sic); “… anda chalaneando con terroristas para ver si le venden una tregua como sea” (sic); “el señor Zapatero parece que tiene de adorno la cabeza” (sic); “antojadizo, veleidoso e inconsecuente” (sic); “radical, taimado, maniobrero, que habla ya en batasuno” (sic).
Posiblemente aquellos que no estamos de su lado, por una simple cuestión de principios, seamos más respetuosos con su persona y con sus adláteres, pero estaremos atentos, muy atentos a sus actuaciones, y en lugar de recurrir al insulto sistemático, pediremos, de la manera más razonable posible, que cumpla con esas promesas electorales; de lo contrario, es posible que  la sociedad reaccione y actúe de  manera contundente. Una parálisis de todo el funcionariado, por ejemplo, les haría desviarse de lo que intuimos son sus ominosos propósitos. Y, de momento,  no quiero dar más pistas.