jueves, 4 de junio de 2020

REFLEXIONES DESDE LA PANDEMIA



Comencé a escribir sobre estos tiempos de pandemia el 25 de marzo de este año con un breve relato a modo de distopía, después continué con otros escritos el 7 y el 23 de abril, todos ellos recogidos en mi Blog. El confinamiento, la confusión y las dudas dan mucho de sí para la reflexión.

Dicen que cada generación sufre, al menos, un acontecimiento traumático que deja una huella imborrable en la mente y en los sentimientos de quienes lo han vivido. Llevábamos  bastantes décadas sin que, en esta zona de países de occidente, ocurriera algo que tuviera la suficiente importancia como para cambiar nuestras vidas en asuntos de carácter básico, desde la elemental óptica de la subsistencia. Y más allá de lo básico, en lo que respecta a nuestras emociones y relaciones sociales. Aún es pronto para evaluar con precisión las consecuencias de carácter económico y su repercusión en los diferentes sectores sociales, aunque mucho nos tememos, tal como vamos observamos, que esto sirva para incrementar las diferencias entre ricos y pobres y para distanciar, aún más, a los unos de los otros.

No olvidamos que otras zonas del planeta sufren los desastres y la miseria de forma permanente, sin que una epidemia como esta que nos afecta aquí ahora, influya de forma significativa en las muertes por hambruna, las guerras y otros tipos de epidemias. Son aquellos que están sometidos a esas inhumanas condiciones de vida, a los que no pueden socorrer ni la caridad, ni las organizaciones encabezadas por famosos que las utilizan para su promoción personal. Admiro a ciertas organizaciones como Médicos sin fronteras, y otras semejantes, que se entregan a esas tareas de cooperación, aunque su esfuerzo no se corresponde con los resultados, porque son los Estados llamados ricos quienes deberían abordar la situación del meridiano Sur, y no dedicarse a esquilmarlo. Es por eso que la labor de ciertas ONG honestas (no todas lo son) no obtengan los resultados adecuados. Es como una lucha entre David y Goliat, pero sin esa arma tan eficaz como la que, en la mitología,  utilizó el débil, aunque eso pasa sólo en esa fantasía creada para consolar a los que nada pueden hacer para salir de su desgracia.

Previo a la aparición del virus
Antes de la aparición del virus en China, la situación del mundo ya se encontraba en crisis: una crisis profunda. Un sistema sin alternativa, agotado, agónico o desolado: bajada del consumo tradicional y nuevas formas de acceso al mercado (Internet), agotamiento de las fórmulas de especulación y rentabilidad, reducción progresiva de la tasa de ganancia, deterioro medioambiental extremo. De golpe, aparece el Coronavirus en Wuhan y, como la pólvora, se extiende por todo el mundo. Este fenómeno da pié a la aparición de bulos y comentarios contradictorios. Yo me he mostrado aturdido al comienzo y durante todo el proceso (que aún no ha tocado techo): muy confundido.
¿Casualidad o causalidad? Hay una coincidencia entre la aparición del virus y la etapa actual de la crisis extrema del sistema. Las medidas que se han impuesto en los Estados, con algunas diferencias, son, a mi modo de ver, exageradas e inéditas, especialmente, en nuestro país.  Siempre nos quedará la duda de si detrás del virus hay algo más, que tenga que ver con esa crisis sistémica, que comenzó en unas décadas anteriores a la aparición del Coronavirus.
Por una parte, la respuesta social a las medidas impuestas, inicialmente, ha sido rotunda, sin ningún tipo de protesta, eso sí, bajo la sombra del miedo. Poco a poco, y con la permanencia del miedo en amplios sectores, aparece la picaresca y la irresponsabilidad sin causas justificadas, que rompen con las normas impuestas. Por otra, han aparecido fenómenos y situaciones nuevas: la fractura social se ha incrementado, las colas en los comedores de caridad han aumentado, el paro ha sufrido un duro golpe.
Todo apunta a que aumenten, y se consolide, esas grandes diferencias entre ricos y pobres, con amplios sectores populares sobreviviendo con ingresos de miseria, teniendo que recurrir, sin más remedio, a eso que se conoce como “Ingreso mínimo vital”. Si los movimientos sociales eran prácticamente nulos, este acontecimiento ha dado lugar a la  inactividad total. ¿Podría ser esto un ensayo para someter a las sociedades a medidas más severas ya que, como se ha comprobado, nos adaptamos sin fricciones a los mandatos que vienen desde arriba?

Soñar desde la ingenuidad
El capitalismo, como forma de vida, salvo honrosas excepciones, está incrustado en los individuos, sea cual sea su clase social y su lugar en el planeta, Ninguna organización política, o de cualquier otro tipo, plantea un sistema alternativo. Lo que se conoce como izquierda política han adaptado sus tesis al actual modelo a modo de reformas desde dentro, aunque se atrevan a pronunciarse como socialistas (y no me refiero a los partidos socialistas en Europa, voy un poco más hacia la izquierda). El pensamiento crítico tampoco tiene la fuerza y el protagonismo necesario para influir en la sociedad. Los medios de comunicación se encargan de anular lo que pueda cuestionar el sistema y sustituirlo por mentes planas que rotan por cadenas de radio y TV.

Por desgracia, hemos asistido al fracaso de los pronósticos de la Ciencia de la historia promulgada por el materialismo histórico. Aunque técnicamente es impecable, sus autores, como dijo Trotsky, sobrevaloraron la capacidad revolucionaria del proletariado y las transformaciones ulteriores del capitalismo. Descartado por ahora el cambio del sistema por esa vía, no nos resignamos a pensar en la posibilidad de autodestrucción como final del capitalismo.
Desechadas las vías en las que se pensaba a final del siglo XIX y comienzos del XX, y los cambios significativos desde dentro, se pone en marcha la imaginación y caemos, cargados de ingenuidad, en posibilidades que más que nada caben en el campo de lo onírico.
Uno creía que esta plaga que sufrimos haría pensar a los que tienen tanta riqueza que la vida puede acabar de repente, sin que su dinero lo pueda remediar. Pero esto no deja de ser un sueño. La vuelta a la realidad nos muestra ese ser, carente de las facultades necesarias para avanzar hacia la igualdad. Ya lo intentaron los Utópicos en el siglo XIX, pero no pudieron ir más allá de crear guetos que desaparecieron sin ninguna posibilidad de continuidad.    

La situación actual después de unos meses
A fecha de hoy, son ya tres meses de confinamiento en este y otros países, con las desescaladas que se van aplicando de forma progresiva. En todo este tiempo que ha trascurrido, el principal protagonista, como he señalado, ha sido el miedo. Aquí, la periódica y excesiva información oficial, y la aplastante redundancia de los medios de comunicación, no han hecho, sino, influir en el carácter y en las relaciones entre ciudadanos. Ese natural temor al contagio, potenciado por esa abusiva información, ha fraguado una tensión que hace que veamos a los demás como nuestros enemigos. Son frecuentes y ridículos esos rodeos cuando dos personas se cruzan en una calle. Si ya antes de esta crisis el cada uno a lo suyo era un hecho habitual, es ahora cuando se ha agudizado, alcanzando cotas tales que se manifiesta en forma de agresividad, individualismo y egoísmo extremo. En mentes más lúcidas, es el cansancio y el rechazo a los medios y a la abusiva información lo que está generando este fenómeno. El comportamiento general está condicionado por el aturdimiento, por el no entender muy bien que está pasando. Y como animalillos asustados, la mayoría se está manifestando de tal manera.

Buscando válvulas de escape a la angustia, y animados por las actuaciones fascistas de la oposición, en este país, hay un sentimiento generalizado mediante el cual culpan al Gobierno de todos los males, entrando en evidente contradicción cuando se les acusa de no haber iniciado antes el confinamiento y, a la vez, culparles de alargar el Estado de Alarma. La autorización de la manifestación feminista del día 8 de marzo en Madrid se ha convertido en el principal arma arrojadiza, jaleada en todos los medios por la derecha (que en realidad es extrema derecha).

El futuro cercano encierra mayor incertidumbre, si cabe. En el medio plazo, en lo socioeconómico, todo apunta, como hemos señalado, a que aparezcan grandes bolsas de pobreza con un bajo nivel adquisitivo, con lo justo para la subsistencia.
Los otros cambios, como hemos apuntado, se sitúan en el terreno de las emociones y los comportamientos, lo que se traduce en ese miedo remanente y en sus múltiples manifestaciones. No ha servido la pandemia para calar en la conciencia social y en los comportamientos éticos, tal vez, porque es esta una sociedad sin la madurez intelectual suficiente.

La ética y la razón antes, durante y después de la pandemia
Debido a los cambios que el tratamiento político, y el propio fenómeno epidémico, han ocasionado en las formas de relación de la ciudadanía, es conveniente hacer un breve repaso de lo que son, y lo que debieran ser, los comportamientos éticos de los individuos de sociedades como la nuestra.
Ética y moral son conceptos resbaladizos sin que puedan ser definidos con precisión. Términos que, lejos del lenguaje vulgar, a veces se complementan, otras veces se confunden. De cualquier forma, la ética y la moral, lo bueno y lo malo, responden a un modelo ideológico, doctrinal o a las normas y costumbres de una determinada cultura. En países como el nuestro, es la iglesia católica, y en general el cristianismo, quienes han marcado durante siglos las reglas morales. Reglas, a modo de represión, que permanecen en gran medida en los sectores populares de este tipo de sociedades. La iglesia ha guiado la conducta de las masas bajo el temor de ser castigado en “la otra vida”.

Es más adecuado, y preciso, hablar del comportamiento ético de cada individuo, conforme a lo que le dicte su conciencia. Desde la óptica de la evolución hacia cotas de mayor humanidad, el comportamiento debería tender a la consideración de igual a igual en todos los sentidos, incluido, de manera destacada, el económico.

Durante mucho tiempo, los poderosos, aunque sólo fuera por imagen, se ajustaban a ciertas reglas, aunque bajo cuerda hicieran y deshicieran a su antojo. Sin embargo, lo que ocurre es que, poco a poco, esas normas van siendo violadas por esos estamentos. Ya no quieren ser ese referente visual o dechado de virtudes en actos religiosos. Ya no les importa ir al infierno. Por eso no les importa corromperse, por eso rompen con cualquier escala de valores. Por eso no respetan las más elementales reglas de convivencia. Por eso sus sucios asuntos no respetan los más elementales principios éticos.

La razón es una facultad potente y exclusiva  de nuestra especie, una componente importante de la  real o potencial inteligencia de hombres y mujeres, pero que, por lo que parece,  no alcanza a aquellos que no encuentran saciada su codicia para acumular más de lo que necesitan. Quienes anteponen sus intereses engañando, robando, explotando o abusando de semejantes son de ese grupo de baja talla intelectual. En una sociedad madura, intelectualmente hablando, no existirían individuos despreciables como los que, por goteo, están entrando en las cárceles de este país. La sinrazón, entonces, es una de la causa, quizás la principal, de tantos desatinos, de tanta corrupción.

Aquellos que han utilizado o utilizan cualquier circunstancia, en este caso la pandemia, para seguir corrompiéndose, para sentirse poderoso, para satisfacer esa pasión, nunca llegarán a alcanzar plenamente el poder al que aspiran, porque la pasión-poder se encuadra en la patología de la normalidad (en referencia a mi admirado E. Fromm). Todos estos individuos están psicológicamente llamados al fracaso por mucho que acumulen lícita o ilícitamente sus riquezas.

He llegado a discutir con amigos -que, por su interés y su capacidad intelectual, me merecen un tremendo respeto- sobre si es la razón o es la ética, mejor dicho, la sinrazón o la ausencia de los más elementales principios éticos, lo que subyace en todos estos casos de corrupción de la oligarquía. Pues bien, por eso decimos que todos estos individuos que roban -de forma individual o en forma de casta, trama o mafia- son seres intelectualmente deficientes, carentes de cualquier valor o principios éticos y enfermos mentales. Muchos de los que habitamos estas tierras de picaresca, de Lazarillos, de Rinconetes y Cortadillos, de Buscones, etc., estamos hartos de golfos, de sinvergüenzas, de dementes. Ante la indiferencia de las masas y la inacción política y social sólo nos queda apretar los dientes e intentar tirar para adelante con paciencia y resignación, pero con rabia.

El proceso por el que estamos pasando, y su tratamiento, no hace otra cosa que incrementar la sinrazón y los comportamientos antisociales, lo que nos lleva por el camino contrario al de la humanización. 


domingo, 17 de mayo de 2020

PROTESTAS FASCISTAS(*)



Dejad que ladren esos fascistas. Son pocos. Dejad a los ignorantes que ladren. Sus pancartas piden la dimisión del Gobierno. Un objetivo, hoy por hoy, inalcanzable mediante los medios que emplean. Además, sus representantes en el Congreso no pueden hacerlo tampoco. Son pocos en ambos casos. Dejadles, porque cuando no se alcanza el objetivo, hoy imposible, las acciones que se llevan a cabo decaen por su propio peso, por su ineficacia, por cansancio. Pero eso lo ignoran porque no han tenido que luchar nunca, como otros si lo han hecho por causas justas. No tienen rodaje. Su posición social suele ser heredada. Son la escoria. Una pena tener que compartir tiempo con esta gentuza. Pero la historia mantiene a sectores intelectualmente superiores que son la llama que puede llevar a esta especie a posiciones de igualdad y progreso, o por lo menos intentarlo.
Se envuelven en banderas. Una bandera con origen en una monarquía importada, adoptada por una sangrienta dictadura y, luego, por una débil democracia. Una bandera antipopular, apropiada por los sectores más reaccionarios. No soy amigo de la utilización fetichista y patriotera de signos y símbolos tales como himnos o banderas. Sólo reconozco aquellas que ha blandido el pueblo oprimido para reivindicar la igualdad y la justicia. Los morados pendones comuneros, el rojo de la sangre vertida, la bandera tricolor de una República asfixiada. Esta bandera en la que se esconde esa miseria social no es mi bandera.

Patriotas de pacotilla que sólo defienden sus intereses. Enemigos del pueblo. Un verdadero patriota es quien contempla su país en toda su extensión y busca el bienestar de la mayoría. Individuos torpes, cuyo narcisismo raya en la demencia (patología de la normalidad, E. Fromm) si es que no son psicópatas declarados. Necesitan la liturgia y la confesión para ocultar la ausencia de sensatez y su incapacidad intelectual. Son esos que creen que las clases sociales es un hecho natural.
Existe un núcleo de esta estirpe, que no salen a la calle con las cacerolas, tienen a los teloneros que lo hacen por ellos, pero sin el actor prrincipal. No he visto, ni me lo imagino, a los dueños de Zara, Mercadona, Telefónica ni a consejeros de bancos. Ellos resuelven sus problemas de manera más oculta y más eficaz. Estos nuevos manifestadores son, básicamente, gentes acomodadas en el que se mezclan herederos, rentistas, pequeños empresarios ambiciosos y profesionales bien pagados. Luego están los tontos pobres que se dejan arrastrar por los otros.

Son fieles herederos de esa ideología (siendo generoso en la consideración de ideología) de la España de la carroña, de la reacción, de la oposición al progreso. De los que han estado poniendo palos en la rueda a lo largo de toda nuestra triste historia. El Siglo XIX y XX están cargados de cambios y sobresaltos con la complicidad del ejército, ahogando cualquier atisbo de democracia. El colofón lo pone el sangriento golpe fascista del general Franco y sus 40 años de Dictadura. Una frágil democracia fue incapaz de parar esa fiebre golpista que no se frenó hasta que un impostor pactó con el poder, mintiendo a una ingenua mayoría que, con esas ansias de cambio, creyó a un sinvergüenza.

¿Qué va a conseguir esta gente? Nada. No son demócratas, nunca lo han sido, pero es que ni se saben las reglas básicas. No saben que el Gobierno lo elige el Parlamento, y puede cesar al finalizar la legislatura o a través de una Moción de censura. Un Gobierno no cesa porque unos gualtrapas salgan a la calle aporreando las cacerolas y envueltos en banderas. Entonces, ¿qué sentido tiene esta protesta de palo?: ninguno.
  
(*) Fascismo. Actitud autoritaria y antidemocrática. (3ª acepción del diccionario de la RAE)

jueves, 23 de abril de 2020

COVID-19 Y OTRAS CRISIS


Para evitar interpretaciones erróneas, quiero señalar de antemano que, tanto aquí como en el escrito anterior del Blog, la intención no es criticar al actual Gobierno. Tampoco se trata de alinearme con las medidas que está tomando porque, como diré a continuación, hay confusión en algunos asuntos.

Un Gobierno aturdido, como yo, aunque está dando la cara permanentemente en un contexto político nefasto. El problema, si lo aceptamos tal como nos lo presentan, desborda la pelea política nacional y nacionalista. Sin embargo, los partidos de la oposición aprovechan la ocasión para, torpemente, triturar al Gobierno, mostrando la cara más reaccionaria e irresponsable. Las declaraciones de algunos de sus dirigentes rezuman fascismo, lo que a ciertos sectores sociales nos producen escalofríos. Todo ello acompañado de ignorancia y necedad. Cuando alguien tiene estos comportamientos es porque responden a ese perfil de reaccionario, fascista e irresponsable -tal vez- por esa ignorancia y esa necedad.

Imprecisiones
Asistimos aquí, como en el resto del planeta, a una situación excepcional que la mayoría de los seres vivientes no hemos conocido jamás. Se han dictado normas y se dan instrucciones e, incluso, se utilizan medidas represivas para obligar a su cumplimiento. Sin embargo, existen imprecisiones e incongruencias, tal vez por lo novedoso del caso.

Con respecto a las mascarillas existe una gran confusión en su uso. A pesar de que los expertos señalan que su empleo es para proteger a los demás, el ciudadano se la coloca para protegerse él. Aquí el miedo juega un importante papel. Las informaciones de los medios de comunicación abundan en esa confusión. Por otro lado, hay un embrollo en cuanto a la variedad y a la de su eficacia y tiempos de vigencia de cada modelo. Con los guantes ocurre algo similar, aunque de nuevo los expertos niegan su eficacia como barrera de protección.

En cuanto al confinamiento el asunto es más complejo. Medidas demasiado rígidas para salir de casa, aunque vivas en una zona despoblada. Lo lógico es regularlo en función de la densidad de población y del sentido común. Sin embargo, quedan fisuras que desvirtúan la instrucción general. Se puede salir a comprar víveres, se puede acceder a las farmacias, asistencia a mayores, se puede sacar a las mascotas. ¿Quién puede limitar este tipo de salidas? Tal vez recurrir a la responsabilidad de cada cual,  teniendo en cuenta el estado mental de las mayorías ciudadanas, sea una irresponsabilidad.
Ahora van a poder salir, con ciertos límites, los menores acompañados, pero esto puede dar lugar a un desorden en el que se conjugue el miedo con la irresponsabilidad y la picaresca.

TV basura. Manipulación y engaño
El confinamiento favorece estar pegado a los aparatos de televisión. Una adicción que viene de tiempos anteriores, aunque los individuos no quieren reconocer que ven en exceso las diferentes cadenas. Hace algún tiempo, un amigo mío, en un encuentro casual, me contó sus actividades, ahora en época de jubilación. Es ingeniero y ha sido catedrático en su vida laboral. Me dijo que veía demasiado tiempo la televisión. Su valentía no es habitual. La gente no quiere reconocer la realidad. Claro, no es lo mismo la influencia que ejerce este medio en unos casos que en otros.

La televisión, ya lo he dicho en variadas ocasiones, en un potente instrumento de manipulación y engaño. Hace algún tiempo limitábamos la expresión de TV basura a los canales de Mediaset, en particular a ciertos programas de Telecinco. Ahora, sin reparos, podemos decir que toda la televisión, pública o privada es Basura. Se salva algún programa de la 2 de TVE, aunque esto se haya convertido en un tópico.
En esa tendencia a tomar una posición, o la contraria (el enfrentamiento futbolero es el patrón), la gente clasifica las cadenas, de una manera burda, en izquierdas o derechas. Más concretamente, los opositores al progreso y la igualdad y de débil capacidad mental, dicen que La Sexta, por ejemplo, es de izquierdas. Craso error, ese canal, como Antena 3, es decir, A3media es del grupo Planeta, rojos de toda la vida. La Sexta es tan manipuladora como las demás, o peor. Algunos programas, bajo una piel de cordero encierran un gigantesco coronavirus (los lobos son tan nobles como los corderos). El Intermedio es un caso concreto. Su presentador no oculta que es millonario, y los millonarios defienden los intereses de los su casta.

Los que aparecen en pantalla (presentadores, colaboradores, tertulianos) se convierten en protagonistas, y se incorporan a los sectores mejor remunerados. Ello se debe a la función que desempeñan. Cuanto más vulgar y chabacano mejor para la cadena, y mejor remunerados ellos, conforme a la Ley de la Instrumentalización (*). Para las tertulias, deben hacer un casting para elegir a los de nivel intelectual más bajo. Unos con talante reaccionario y un grado de brutalidad superior. Su voz unos tonos más altos que el de la otra parte. Los otros, tímidos, sumisos y temerosos. Estos pierden siempre. Total, un grupito que transita de cadena en cadena, haciendo caja.

Otras crisis
En consecuencia, además de la crisis sanitaria, que deseamos que sea temporal,  contamos con otras, y sus efectos, más duraderas: la política, la social y, en suma, la intelectual y la psicológica, así como la proyección de ambas sobre lo social o, lo que es lo mismo, sobre las relaciones humanas. Crisis que condicionan los comportamientos de nuestros conciudadanos, que permiten que los poderes manipulen a su antojo a las masas mediante los potentes instrumentos que ellos mismos controlan, que posibilitan que se asuman una serie de contravalores impuestos y que impiden, en suma, el progreso y el desarrollo hacia estadios superiores del pensamiento y de las relaciones sociales.
Quizás, la del Covid 19, y las que posiblemente vengan, tenga que ver con las otras crisis.

En una entrevista concedida recientemente a un periódico de ámbito nacional, Alain Touraine dice que, en política, no hay nada ni por arriba, ni por abajo. Se sorprende por la falta de liderazgo del Presidente de EEUU y señala que en Europa “hoy no hay nada”.
¿Y por abajo?, le preguntan. “No existe un movimiento populista, lo que hay es un derrumbe de lo que, en la sociedad industrial, creaba un sentido: el movimiento obrero. Es decir, hoy no hay ni actores sociales, ni políticos, ni mundiales ni nacionales ni de clase”, responde.
Unos políticos de baja talla y una sociedad asustada y sumisa, dispuesta a obedecer y hacer lo que se les manda a sus individuos. Estos son los mimbres de sociedades en decadencia.

Crisis intelectual
Decimos que existe una crisis intelectual y, además, que ha sido una constante a lo largo de la historia porque, entre otras razones, habiéndose dado condiciones extremas de explotación, las sociedades no han sido capaces de dar un paso definitivo para transformar el actual sistema, para pasar de los intereses espontáneos inmediatos, conquistados, a veces, a través de la lucha, a los intereses de clase. Tal vez sea esa la causa última por la cual las transformaciones anunciadas o esperadas en los últimos 150 años no se hayan producido. Quizás, desde un punto de vista netamente biológico, el nivel intelectual medio de nuestra especie, en contra de esa racionalidad que se nos supone, no sea aún suficiente para entender lo que acontece y para superar situaciones de explotación y sometimiento, o para luchar por el logro de cotas de progreso y de igualdad.
Pero lo que también es cierto es que en la actualidad hay un enorme desequilibrio intelectual y moral entre unas minorías y las grandes masas, que la clase dominante cuenta con ello y que a lo largo del tiempo ha impedido, con todos los medios a su alcance, la superación del estado de inferioridad racional de esas mayorías y ha potenciado la desigualdad, la venganza, la guerra, la envidia, la insolidaridad, la ambición, el miedo, bien asumidos por una población vacía ahora de contenido mental y moral, y receptiva a cualquier incentivo que le permita distraerse de sus angustias y de su cruda y triste realidad. La existencia de esas minorías pensantes, exentas de la influencia maligna de los que controlan el sistema, es lo que nos da ánimos para creer que antes o después la mayor parte del género humano alcanzará cotas suficientes de entendimiento y autonomía intelectual.

Crisis psicológica
Desde un punto de vista netamente psicológico, la mayoría de los seres humanos viven en permanente crisis porque aún no han alcanzado el adecuado nivel de independencia, de integridad y de libertad. Su frágil estado emocional y la necesidad de encontrar  soluciones siempre nuevas para las contradicciones de su existencia (Fromm, 1971) les lleva a adoptar alguna de estas dos soluciones: la sumisión o el poder. En ambos casos se pone de manifiesto una precaria salud mental. Mediante la sumisión el individuo se somete a los designios de otra persona, de un grupo o institución o de un dios. La otra manera de vencer el aislamiento es la contraria, es decir, adquiriendo poder para trascender de su existencia individual a través del dominio. Este último tipo de manifestación lo estamos observando a diario en terrenos tales como la economía, la política, etc.

El sistema capitalista se aprovecha de esa falta de estabilidad emocional, de independencia y de seguridad en uno mismo para mantener el estado de cosas que benefician a quienes tienen el control. El acoplamiento de esos dos estados, sumisión y poder, es el engranaje que permite sostener el sistema, pero ese sostenimiento es artificial porque se basa en el permanente mantenimiento de esas dos pasiones que hacen del colectivo una sociedad carente de salud mental, y se apoya en el engaño y en la enajenación de una gran mayoría. Ante la presión constante que este sistema ejerce sobre las masas, y la ausencia de alternativas, cada vez son más frecuentes los casos de violencia y muerte que ponen de manifiesto los más primitivos instintos de esta especie nuestra.

Futuro incierto
Aunque vivimos en un mundo con grandes desigualdades a nivel planetario e internas en cada país, hemos estado viviendo en una situación de tranquilidad, de reposo, asumiendo esas diferencias y adaptándonos a las circunstancias, pero ahora todo ha saltado por los aires dando lugar a un estado nuevo de represión e incertidumbre del que, de momento, solo sufrimos ese confinamiento que nos permite a muchos seguir asistiendo a los centros de alimentación y mantener el mismo ritmo de comidas, aunque ya hay grandes capas que se resienten y tienen dificultades para comer y abordar otros gastos. Sin embargo, lo más duro vendrá después para todos. El modelo basado en el consumo, la desigualdad y la rentabilidad nunca más volverá a ser como era antes. Tendremos que cambiar nuestra escala de valores, si es que los encontramos por alguna parte.

Aquellos que se dedican a analizar la trayectoria de la humanidad y, en particular, el actual sistema socioeconómico, auguran un futuro poco halagüeño con crisis más frecuentes, si no hay cambios en profundidad. Algunos señalan que la actual crisis vírica tiene algo que ver con el maltrato medioambiental y que en la siguiente década pueden aparecer nuevas epidemias, aparte de otras de carácter económico y social. Incluso se han atrevido  a decir, en alguna ocasión, que o desaparece este capitalismo salvaje o desaparece la especie.

A mi entender, la recuperación de la crisis que vivimos, y que se acentuará de forma notable, pasa por la nacionalización de amplios sectores de la economía, por la intervención de grandes capitales, recuperar el dinero nacional de las offshore y de las cuentas en el extranjero y no pagar la deuda soberana.
A lo largo de los siglos XIX, XX y de lo que va de este, no ha cuajado ninguna alternativa al actual sistema, pero el capitalismo no es eterno y, como dice el materialismo histórico, lleva en sí mismo el germen de la autodestrucción. Los cambios, imprescindibles, se pueden llevar a cabo de una forma ordenada o al estilo Mad Max.

(*) La ley de la instrumentalización.  A cada individuo o a cada grupo social le corresponde una asignación monetaria, o una recompensa, que es función de la posibilidad de instrumentalización que el sistema puede hacer de él para alienar o adormecer o, en suma, para mantener o incrementar la situación de desigualdad entre ricos y pobres.

martes, 7 de abril de 2020

CORONAVIRUS, PARANOIA Y... A RESISTIR

¿Qué clase de personas necesita nuestra sociedad? 
Necesita hombres y mujeres que cooperen sin rozamientos en grandes grupos, que deseen consumir cada vez más, y cuyos gustos estén estandarizados y fácilmente puedan ser influidos y previstos.
Necesita hombres que se sientan libres e independientes, no sometidos a ninguna autoridad, a ningún principio, a ninguna conciencia; pero que quieran ser mandados, hacer lo que se espera de ellos y adaptarse sin fricciones al mecanismo social. (E. Fromm)

El conocido como coronavirus es uno de esos tantos microorganismos que nos complican la vida sin que nadie haya descubierto con precisión su razón de ser, si es que hay alguna. Nadie nos ha contado por qué esta vez se han tomado las medidas que han dado un giro radical a nuestra habitual forma de vida. El miedo y la paranoia, en su acepción más vulgar, se han adueñado de las mayorías. Las sociedades han sido adiestradas para ser receptivas a los mensajes que vienen desde arriba. La actual incertidumbre extrema da pie a todo tipo de conjeturas.

Escribo desde la confusión, una confusión que apareció a mediados de marzo, y va en aumento. La machacona información de unos medios de comunicación sensacionalistas, y al servicios del poder, por exceso, nos ha aburrido y, en consecuencia, algunos hemos abandonado la batalla y nos hemos retirado a los “cuarteles de invierno”, allí donde no quieren que estemos, allí donde no se aplaude, ni se canta una copla conservadora convertida en himno. Una canción que determina el comportamiento que algunos quieren que sigamos. “Resistiré”, dice. Un canto de sumisión, cuando lo que deberíamos es desobedecer ante la sinrazón, ante el engaño continuado. Es un momento ideal para la subversión, para pedir explicaciones de esto y de tantas otras cosas, pero ya nos tienen domados, somos carne de cañón. Si hay que quedarse recluido, pues nos quedamos, si hay que aplaudir se aplaude y si hay que cantar se canta desde las ventanas. El problema, real o creado, se le presenta al pueblo por la vía emocional, como ya se ha hecho en otras ocasiones (independentismo catalán, por ejemplo) porque es la dimensión humana más frágil, y más manipulable. No se trata el asunto por la vía intelectual, explicando el alcance real, con la verdad por delante. A la ciudadanía se le trata como discapacitada: seguir los mensajes, asustando a los individuos de forma permanente y profusamente mediante todos los medios a su alcance. El objetivo es infundir y difundir el miedo, lo que potencia el egoísmo, el individualismo (al estar aislado) y aparentar una ñoña y falsa solidaridad con eso de los aplausos por las ventanas.

Por otra parte, como en otras ocasiones, aparecen los ricos y falsos filántropos que, auto erigiéndose en ídolos (casi dioses), muestran su imagen para recaudar dinero. Otras veces donan algunas migajas, cantidades ridículas comparadas con sus fortunas. Si de verdad quieren hacer una buena labor deberían remunerar correctamente a sus empleados, si es que los tuvieran, cumplir legalmente con la hacienda pública, donar su patrimonio al completo y ajustar sus ingresos a una cantidad monetaria suficiente para sus gastos, y desestimar la acumulación como práctica propia del capitalismo.

Casi siempre hablamos de “ellos”, de los que controlan y dirigen el rumbo del planeta. Solemos hablar del poder real. No sabemos exactamente quienes son, pero existir, existen. Los políticos, los jueces, los medios de comunicación, son las caras visibles, pero su poder es derivado, dependientes todos de ese poder oculto. 

Nos han llevado a una situación inédita de la que será complicado salir. Por si fuera poco el adiestramiento previo, ahí está la represión policial y, además, todas las cadenas de TV, volcándose en esa tarea aleccionadora, aunque, es curioso, pero en los programas en directo, como burlándose de la gente, no cumplen con las normas que ellos mismos recomiendan. Es cierto que las calles están vacías. Alguna persona que otra con un perro, otras con una bolsa. Algunas con mascarillas de colores y formas diferentes, pero otras al descubierto por completo.

Ahí estamos, pero aunque sea complicado, en algún momento habrá que salir. ¿Cómo lo haremos? Inevitablemente las relaciones sociales serán diferentes, y costará tiempo volver a los comportamientos anteriores. ¿Qué será de los espectáculos más o menos masivos? Diremos adiós a salas de cine, teatros, etc., durante una larga temporada, sobre todo si hay repuntes del virus.

En el campo económico, y por lo tanto vital, el futuro es impredecible. Anterior a la situación de parálisis, la incertidumbre ya era un hecho: un sistema agotado y estancado, basado en el consumo masivo y en la rentabilidad. En crisis como la actual se observa con mayor nitidez las miserias del sistema, la injusta desigualdad y la absurda acumulación de riqueza, frente a la pobreza de amplias capas sociales. Lo que no cabe duda es que surgirá un nuevo paradigma que se materializará en una mayor desigualdad o, poco probable, en un modelo más racional, más humano, con respeto al medio natural.

En ese terreno de la conjetura, cabría pensar que esta situación de paro y confinamiento podría ser un ensayo para someter al pueblo a medidas más severas y de mayor alcance, una vez comprobado que se somete sin fricción a las directrices marcadas desde arriba. ¿No había otra forma de abordar el problema con una participación activa de los ciudadanos, en lugar de optar por el aislamiento? ¿Puede ser éste el camino hacia algo parecido a la distopía de Huxley?

miércoles, 25 de marzo de 2020

ÉRASE UNA VEZ


Publicado el día 22 de octubre de 2012 en este Blog, en varios portales, revistas y en el texto colectivo CIUDAD ONIRIA

Nos encontramos  lejos de la realidad pasada, no sabemos con certeza dónde estamos ahora. Tal vez esto sea pura fantasía, quizás estemos en una burbuja que vaga por un mundo imaginario. La inacción, la indiferencia y el miedo, sobre todo el miedo, son los motivos por los que nos encontramos así. Hemos llegado a tal situación por la vía del aturdimiento, lo que hace que gran parte de nuestra memoria haya desaparecido. Sólo queda el difuso recuerdo de aquello que nos ha traído hasta aquí, lo que permite narrar, a los que no lo vieron, lo que fue un mundo enloquecido dirigido por unos enfermos de codicia a los que una estúpida manera de vida se les fue de las manos.

Mirad -les dice uno de aquellos supervivientes a los que no lo vivieron- la hipocresía, junto a tantas otras miserias, impregnaba múltiples dimensiones vitales en aquel lugar, convirtiendo a la sociedad en masa,  en un conjunto de individualidades necesitado de ser guiado para malvivir. Regía aquella malintencionada regla de la psicología  según la cual la inteligencia es la capacidad de adaptación al medio, y bien que nos adaptamos. Poco a poco, se fueron perdiendo algunos valores que en tiempos muy remotos nos permitieron convivir como seres más racionales, pero la solidaridad y la conciencia social se fueron trasformando en incomunicación, en indiferencia y en cada uno a lo suyo, imitando a los que tenían el dinero.
Las capacidades intelectuales fueron decayendo, de manera que cada vez era más difícil comprender, analizar la realidad con certeza y librarse del engaño. Los medios de comunicación, con su machacona y repetitiva función, jugaron un papel fundamental en ese encargo encomendado para anular el pensamiento propio.
Algunos que se empeñaban en aportar un poco de luz  sufrían el desencanto por la imposibilidad de “calar” en las cada vez más ausentes conciencias y en ese nulo pensamiento de gran parte de los individuos de aquel tipo de sociedades. Se daban cuenta de la dificultad que tenían para romper con lo establecido, con lo que era considerado políticamente correcto. Y lo correcto era asumir un modelo político formado por truhanes que defendían los intereses de un sector minoritario, estaban ahí para eso. Pero todos los elementos que formaban parte de esa mentira se fueron corrompiendo, y las estructuras, como no podía ser de otra manera, se derrumbaron, y cuando algunos se dieron cuenta ya era tarde para reconstruirlas.
Toda aquella aceptación de lo establecido, o la búsqueda de ingenuas e ineficaces alternativas, se debía al miedo a enfrentarse a una situación real que nos asfixiaba, pero que preferíamos ignorar, escondiendo la cabeza bajo el ala, o refugiándonos  en guetos que nos aislaban de esa realidad, y  en enajenantes distracciones normalizadas que intencionadamente ponían  a nuestra  disposición.

No supimos poner remedio a esa deriva que nos ha traído hasta aquí -pensaba el narrador- ahora en solitario. El sistema generó fenómenos con vida propia que se sobrepusieron, incluso, a los que creían que tenían el control absoluto.
Tuvimos la posibilidad de caminar hacia un mundo mejor que aquel que se corrompió, aquel que  por nuestra pasividad dejamos que se corrompiera. Esta especie nuestra desbordó los límites de la irracionalidad en la que vivimos durante tanto tiempo. Estamos aquí, en esa burbuja a modo de incubadora con la confianza y el deseo de que renazca una especie renovada, una especie que de verdad pueda ser considerada, con razón, humana.

domingo, 8 de marzo de 2020

LA FELICIDAD


Esta especie nuestra camina de la mano de pasiones, sentimientos, emociones y sensaciones, algunas o algunos reales, pero otras u otros ficticias o ficticios. La razón, en un estado incipiente, está limitada, en su empleo, tanto en calidad como cantidad. El poder, la sumisión, el miedo y la inseguridad son el engrase de un estado de dominio y de desigualdad. Sin embargo, otros estados son inventados con el fin de mantener un nivel de primitivismo que subyace bajo esa realidad vital de siempre y, particularmente, de ahora. De entre todos ellos sobresalen el amor y la felicidad. Son ilusiones que tratan de enmascarar la cruda realidad. Al amor ya lo hemos tratado anteriormente: “Desmontando el amor”. Es ahora el momento de tratar, brevemente, la felicidad.
La mayoría de las definiciones encontradas, coinciden en que la felicidad es un “estado de ánimo”, y lo identifican, a veces, con la satisfacción, porque no han encontrado una definición precisa. ¡Claro!, porque no es posible definir algo que no existe o nunca se ha sentido realmente. Los diccionarios, son tan ambiguos aquí como en tantos otros casos.

La felicidad es una ficción sin referencia, cuyo límite nominal iría cambiando en función del grado de satisfacción. Además, ese deseo se frustra porque esa felicidad ficticia nunca se alcanza, ya que en paralelo a ese deseo de felicidad le acompaña la sensación de insatisfacción por no llegar nunca a esa meta volátil.

Si asumiéramos que la felicidad fuera un sentimiento real, concluiríamos, en términos matemáticos, en que es una magnitud derivada. Es decir, para mantener un valor estable de felicidad, la satisfacción debería ser creciente. A una magnitud creciente linealmente le corresponde una derivada constante.
Tal vez esa sea la razón por la que existe el afán de enriquecimiento, la codicia. En búsqueda de la felicidad, nunca se alcanza el límite de riqueza deseado porque cuando se llega a un cierto nivel se busca otro superior.

Microrrelato: En busca de la felicidad

Érase una vez una mujer o un hombre, qué más da, que gozaba de grandes ingresos sin grandes esfuerzos ni físicos, ni intelectuales, pero se resistía a contribuir con arreglo a las normas marcadas por el Estado, por lo que utilizaba todas las trampas a su alcance, asesorada o asesorado por sinvergüenzas que también buscaban el enriquecimiento fácil. Era la manera al uso de buscar la felicidad. Ahora tengo 1000, creía estar satisfecho, pero quiero tener más para ser feliz, se decía a sí mismo. Nunca encontraba la forma de frenar esa carrera, marcada por la avaricia, porque no era feliz. ¿Estaría, al menos, satisfecho? Aparecen aquí todas las dudas.
Ese desenfreno por acumular más y más le acarreó una ceguera que le apartó de la realidad, de las más elementales normas cívicas. Pero un día apareció el miedo al posible castigo que podría sobrevenir. Y llegó el día. Los agentes encargados de pedir responsabilidades le “pillaron”. Después del correspondiente proceso a través del que se le pidieron que aclarase sus cuentas, perdió todas esas riquezas que él creía que le llevarían a esa felicidad que nunca consiguió, se hundió en la más absoluta depresión, en esa profunda tristeza que puso fin a esos días que su ambición le alejaron de una vida placentera entre pares.
Moraleja: En ocasiones ocurre que buscando aquello que anhelas termina por destruirte.   

La búsqueda de esa felicidad que no llega encierra una carga de egoísmo, equiparable al deseo de acumulación, al de la obtención de riqueza, de fama. Todo lo contrario al deseo de una sociedad solidaria y fraternal. El estéril esfuerzo por alcanzar esa meta destierra el fomento de la conciencia personal y colectiva. La felicidad, como la esperanza en la salvación, proclamada por las religiones, son metas inalcanzables, pero ofrecidas a una especie persuadida.
Lejos de la imaginación, de la fantasía, de la manipulación, un estado de ánimo placentero sería posible desde una perspectiva muy diferente a la propuesta por las clases dominantes. Por una parte, se debería buscar el bienestar colectivo. Por otra, en lo personal, sería suficiente con encontrar la tranquilidad y la satisfacción por la cordial relación social, por el trabajo realizado en beneficio de la colectividad, por gozar de unos beneficios prestados por el Estado, etc. ¿Cómo es posible ser “feliz” con tanta desigualdad, con tanta miseria, junto a otros mundos de opulencia, de riqueza innecesaria?

(*)Pasiones, sentimientos, emociones y sensaciones.
En esa ambigüedad lexicográfica y falta de concreción de los diccionarios al uso, incluido el de la RAE, es difícil distinguir con claridad cada una de esas acciones o estados a los que nos hemos referido. He aquí un intento de aclaración:
-Pasión es una acción duradera que pone de manifiesto determinados comportamientos con el prójimo. Ejemplos: poder, sumisión, entrega, cariño.
-Sentimiento, es un estado profundo que se proyecta en las conductas en relación con los demás, con las otras especies y con el medio natural.
-Emoción es una acción temporal causada por algún hecho ajeno a uno mismo.
-Sensación forma parte de la intuición, de lo que se pueda intuir, pero sin que se manifieste con nitidez.


domingo, 26 de enero de 2020

LA FORMACIÓN Y LA VIDA



Una de mis tareas más importantes ahora es la rutinaria ida y venida, diaria, para acompañar al colegio a uno de mis nietos. En la espera, en la puerta, nos reunimos un grupito de abuelos y padres de todo tipo de tendencias, y, allí, celebramos unas mini asambleas en las que discutimos sobre la actualidad política. Aunque nunca llega la “sangre al río”.
Pero lo más interesante son las conversaciones que nieto y abuelo mantenemos en esas idas y venidas. “Mira abuelo ese arco iris” -me decía el otro día-. ¿”Dónde se encontrará el inicio”?, le digo a modo de pregunta trampa. “No se puede llegar a él” -me dice- “¿sabes que desde un helicóptero se cierra y se ve como una circunferencia”? -continúa- “Pues la verdad es que no lo sabía” -respondo-.
Otro día hablamos de elefantes, de las diferencias entre los africanos y los asiáticos. Otro sobre las galaxias. “¿Sabes que EEUU quiere comprar una isla” (no sabe bien el nombre de la isla: Groenlandia)  -me dice-. Y así día tras días, entre datos y preguntas.
Le pregunto que de dónde saca toda esa información. No me responde con nitidez. Tal vez TV, Internet, libros de lectura, conversaciones, etc., porque en la búsqueda en la Web se mueve como pez en el agua. Algo bueno debe tener el uso de los artilugios digitales, a pesar de la crítica que los mayores hacemos de ese uso, tal vez abuso. Esta es la vida real.
Luego en casa nos toca hablar de las tareas que trae. Nada tiene que ver con nuestras conversaciones. Cuentas de división de dos cifras en el divisor, determinantes y pronombres posesivos, etc. Está en quinto de primaria. Antes, en cursos anteriores, otros algoritmos más elementales. Uno, desde su madurez, comprueba que la actividad educativa, y sus objetivos, son idénticos a los de hace 60 años. Hoy coches eléctricos, satélites a Marte, Internet. Sin embargo, la formación, a todos los niveles, se encuentra estancada, al menos en este país nuestro, en un mundo con un cambio tecnológico permanente y exponencial.

En cerca de 200 artículos o post en mi Blog no he dedicado ni uno a estos asuntos educativos, aunque en otros trabajos más amplios me he explayado. Publiqué primero un texto, a modo de trabajo de investigación, titulado: “Un nuevo modelo educativo para la superación de un sistema socioeconómico en crisis” (https://www.bubok.es/libros/17498/UN-NUEVO-MODELO-EDUCATIVO-PARA-LA-SUPERACION-DE-UN-SISTEMA-SOCIOECONOMICO-EN-CRISIS), y, luego, un capítulo de unas 40 páginas en “Los límites de la irracional” (https://www.bubok.es/libros/193055/EN-LOS-LIMITES-DE-LA-IRRACIONALIDAD-analisis-del-actual-sistema-socioeconomico).

A día de hoy, sigue vigente el principio básico de que en lo educativo se trata de “transmitir el conocimiento”, y la actividad limitada a  la exposición en el aula de un profesor o profesora de los contenidos recogidos en libros de texto. Esta idea se ha incrustado en la sociedad, y seguro que es compartido por amplios sectores ajenos a las propias tareas educativas, aunque, también participan de ella los propios docentes: la mayoría. Sálvese quien pueda. Y el lector se preguntará: ¿y si no es eso, cuál debería ser la finalidad? Previo a responder a la pregunta, señalar que hace 60 años la principal fuente de información (el conocimiento) era la escuela, pero ¿hoy?
La tarea docente, hoy y siempre, debería ser el integral desarrollo intelectual de las personas (luego me explicaré), pero esto encuentra grandes dificultades en el sistema capitalista si no cambian, a la vez, otras dimensiones como son: el reparto de la riqueza, la organización social, el modelo productivo, pero, claro, esto supondría una transformación radical del sistema. En consecuencia, al Poder le interesa un modelo educativo como el vigente para moldear a los individuos y asignarles el papel social y laboral a su gusto, al gusto de la oligarquía.  “El sistema capitalista necesita personas que cooperen sin pensar, individuos que quieran ser mandados, hacer lo que se espera de ellos y adaptarse sin fricciones al mecanismo social” (E. Fromm).

El desarrollo integral, grosso modo, consiste en adquirir o potenciar capacidades tales como la creatividad, el razonamiento y la resolución de problemas (no ejercicios). Estas capacidades, bien desarrolladas en un campo concreto son transferibles a otros tantos.
Dicen los expertos que existen dos componentes de la inteligencia: la fluida y la cristalizada. La primera es aquella que surge de la dotación genética, pero la inteligencia es una facultad dinámica que puede modificarse en función del adiestramiento. La cristalizada es aquella que se desarrolla con la formación adecuada, de manera que es posible alcanzar cotas semejantes en un colectivo si el proceso de aprendizaje es el adecuado. Pero también puede ocurrir que si la formación es la inadecuada, no hay desarrollo, por el contrario, la fluida puede sentirse afectada para mal. Esto es lo que ahora se pretende para conseguir esa docilidad a la que nos hemos referido anteriormente.

La formación superior  en España, y sus aberraciones
Aún manteniéndose los objetivos del actual sistema socioeconómico, en el que lo que destaca es la obtención de beneficio y la acumulación, los cambios en la actividad laboral se producen por tramos en el tiempo, dependiendo del cambio tecnológico, siempre en base a la obtención de ese beneficio de unos cuantos. Esta dinámica da lugar a la destrucción de valores innatos y a la sustitución de éstos por otros miserables que flotan en el ambiente (aquí recurro a Rouseau), de manera que al moldeo de la inteligencia fluida, o tal vez por ello, aparece en el ciudadano el deseo generalizado de adquirir riqueza. Pero esto es otro asunto.
La formación universitaria adolece de los mismos defectos de los niveles previos, pero en forma superlativa. La desconexión entre alumnado y profesor es prácticamente total y el desconocimiento pedagógico del profesorado es absoluto, además, ni les preocupa.
En sociedades como la nuestra, sobre todo en España, las titulaciones universitarias se han devaluado enormemente por razones que comentaremos más adelante; sin embargo, aquí esta etapa educativa sigue manteniendo un carácter clasista, heredada de la época de la Dictadura. Con escasa diferencia curricular, 7 u 8 asignaturas, no profesionalizadoras, los títulos se clasificaban en Diplomaturas y Licenciaturas, o entre Ingenieros superiores y técnicos. Luego el empleo limaba esas discriminaciones y los puestos de trabajo se ocupaban indistintamente. Eso era antes, ahora el desajuste entre formación y empleo, y el paro han devaluado, aún más, un título universitario.
El Plan Bolonia, con un carácter cosmopolita y unificador, ha intentando romper con ese absurdo clasismo de esta sociedad carpetovetónica. Pero aquí, se resisten a abandonar diferencias, así se han inventado un nuevo itinerario con varios fines: devaluar los Grados, mantener los mismos años de docencia que antes y, no lo despreciemos, obtener pingües beneficios. Ahora parece que no eres nada con el nivel de Grado, es necesario hacer, al menos, un Máster para completar la titulación. De esta manera, se cae en la aberración y el absurdo. Por ejemplo, En ingeniería los Grados se clasifican por especialidades. Un máster se caracteriza por ser una etapa de mayor especialización. Sin embargo, han definido un Máster para alcanzar la categoría de Ingeniero Industrial, mucho más generalista que cualquiera de las Ingenierías de Grado. El mundo al revés. No sé si me explico.

Los estudios universitarios nunca han cumplido con la misión de profesionalizar a los alumnos, pero lo de ahora colma el vaso de la ineficacia. El desarrollo tecnológico, en un cambio exponencial, ha dejado sin contenido los anteriores perfiles profesionales, de manera que, por los cambios en la producción y los servicios, no se sabe cuáles serán las necesidades laborales a medio y largo plazo. Sólo nos atrevemos a pronosticar que es la informática, con carácter general, y el Big data y la seguridad informática, en particular, lo que laboralmente tiene futuro.
Por lo tanto,  los estudios de carácter terminal, como son los universitarios, de cara a ese incierto futuro, deberían tender a definir perfiles generalistas en los que se desarrollaran capacidades en forma de habilidades del pensamiento, que permitieran adaptarse a los cambios y a las futuras ocupaciones. Pero esto es como pedir peras al olmo. El futuro no está escrito por lo que lo único que podemos pensar es en aquella expresión vulgar: “que dios nos pille confesaos”. Pobres los nietos a los que ahora les obligan a resolver algoritmos que nada tienen que ver con su vida real.

jueves, 2 de enero de 2020

EL INDEPENDENTISMO NO ES DE IZQUIERDAS (Acerca de lo que es izquierda política, y lo que no)

En la presente legislatura, la reivindicación independentista catalana se ha convertido en la pieza clave para la constitución, o no, del Gobierno del Estado español, después de las intentonas frustradas en verano, con una posición más ventajosa, entonces, para el PSOE y Podemos.
El apoyo de Esquerra Republicana de Catalunya (ERC) se solicita para agrupar a las formaciones, supuestamente, de izquierdas, pero, como explicaremos, ni esas formaciones son de izquierdas, lo que entendemos por la izquierda real, ni el independentismo, la secesión, tiene cabida en las tesis de la izquierda, siempre que en la parte segregada se mantenga el mismo sistema socioeconómico de clases, como ocurriría en Cataluña.

El uso y abuso del término
Democracia, izquierda, derecha y otros términos de carácter político están en boca de unos y de otros de manera permanente, vaciándoles de contenido, y haciendo uso y abuso de ellos en cualquier contexto, y dando lugar a expresiones inconsistentes y sin sentido. Así,  se oye decir en boca de políticos, por ejemplo, expresiones tan estúpidas como esta de “vergüenza democrática”, sin que el autor o autora sea capaz, él o ella misma, de saber lo que ha querido decir. La ineficacia y la ineptitud se intentan enmascarar con expresiones hueras, porque la especie nuestra tiende a la simplificación. 
La palabra izquierda es, en nuestros días, un paraguas bajo el que se cobijan diferentes “faunas” de talante pseudoprogresista que se han granjeado cierta imagen por el mero hecho de autodefinirse como de izquierdas. Allí, en esa falsa izquierda, caben también los llamados “intelectuales” que firman manifiestos, escriben artículos o libros, y hasta políticos reaccionarios y resentidos que han perdido sus puestos de privilegio. Individuos que no tienen una idea clara de lo que pudiera ser una izquierda real. Personas oportunistas que se quedan exclusivamente en lo estético, o tal vez ni eso, porque algunos se han quitado la careta y rezuman fascismo, el fascismo contenido en épocas de mentiras y oportunismo político.
El binomio izquierda-derecha, y su adscripción a uno u otro bando abren un debate que me atrevo a abordar aquí.

Qué se entiende por izquierda
Es conveniente, antes de continuar, abordar esta cuestión de orden nominal para poder entender, en adelante, quienes son los que, abusando del prestigio y significado histórico de unas siglas o del término izquierda, engañan a la ciudadanía para beneficio propio. Es necesario desde este momento preguntarse: ¿es apropiado seguir hablando en la actualidad de izquierda y derecha como verdaderas propuestas políticas opuestas en sus principios y en su desarrollo político?, ¿no sería conveniente utilizar otro binomio más clarificador, dada la mala utilización y el abuso de los citados términos? De no ser así, sería necesario recuperar el verdadero significado que la palabra izquierdas tuvo en algún momento de la historia para ubicar en ella a las fuerzas antisistema (capitalista), y situar en la derecha a todos aquellos partidos integrados en el sistema que participan en este juego y defienden los intereses de la clase dominante.

La verdadera izquierda podría definirse como  la “superación  del capitalismo y el avance hacia una sociedad sin explotación y sin alienación, hacia un socialismo concebido como la plena realización de los derechos humanos y la profundización de la democracia”, como promulgaba alguna vez IU en sus estatutos, aunque luego no lo haya llevado a cabo nunca a través de su acción política.

La izquierda en la historia
En algún tiempo, entre la espacialización (ubicación física en las cámaras), las ideas y la terminología política existía un evidente y correcto acomodo, clasificándose todas estas dimensiones en expresiones diferenciales, simétricas y antagónicas: izquierda y derecha. A raíz de las revoluciones de finales del siglo XVIII, la izquierda  real, representada o no por formaciones políticas, se ha caracterizado por la lucha para intentar conseguir cambios, aunque nunca lo haya conseguido, y la derecha por conservar el estado de cosas existentes. Por esta razón, esa izquierda -no representada, actualmente, por ninguno de los grupos políticos- ha sido siempre (y deberá seguir siendo para mantener el epíteto de real) revolucionaria, y la derecha contrarrevolucionaria por su oposición a profundas transformaciones económicas y sociales. La principal misión de la izquierda, en esta época (y en todas), debería de ser aquello que se recoge en la definición del apartado anterior.
Es claro y manifiesto que, a pesar de sus enunciados ideológicos, hoy día tanto lo que se llama izquierda parlamentaria, así como la derecha, forman parte de una misma estrategia conservadora ya que admiten el mismo modelo económico y la misma forma de organización social (o antisocial) establecida en clases  de ricos y pobres.  Es evidente que la práctica política, como he señalado, ha vaciado de contenido el término “izquierdas”, engañando al electorado que, por simplificación, ingenuidad o ignorancia, siguen fieles a ese aparente dual esquema de izquierda-derecha. Desgraciadamente ni el PSOE, ni IU, ni Podemos, ni –por supuesto- ERC, fuerzas políticas que operan en el estado español, pueden ser calificadas de izquierdistas, en el sentido auténtico y genuino de la expresión, tal como lo hemos definido, entrando en flagrante contradicción  su autoubicación y sus soflamas con sus actuaciones. Cuando las distintas opciones políticas no ofrecen modelos sociales y económicos claramente diferentes, no constituyen alternativas válidas. Cuando esas opciones, abierta o subrepticiamente, asumen el mismo sistema económico y la misma organización social, y se soportan sobre ellos, se burlan de los ciudadanos, abusan de su ignorancia (generada intencionadamente), vacían de contenido cualquier atisbo de auténtica democracia y convierten la política en un simple mercado. Lo mismo ocurre con los partidos  parlamentarios análogos del resto de los países de nuestro entorno.
No cabe duda de que cuando utilicemos el término izquierda lo deberíamos hacer con absoluta propiedad, y con él, hacer referencia a una fuerza o a un conjunto de fuerzas trasformadoras y revolucionarias cuya estrategia fuera el derrocamiento del vigente sistema, en el marco de un modelo democrático que poco tiene que ver con el actual. En consecuencia, y para mayor claridad, deberíamos empezar a utilizar el binomio prosistema-antisistema para diferenciar las ideologías y para encuadrar a las diferentes formaciones políticas.
Podemos, como grupo político, no se define con nitidez ni de izquierdas, ni de derechas. Surgió como una opción trasformadora (antisistema) antes de emprender el camino electoral. Ahora se comporta como uno más de los partidos que participan de este juego, con sus contradicciones internas, y con los ataques externos por la incertidumbre que aún despierta entre los detentores del poder real.

La izquierda en la imaginación
La izquierda entendida tal como la hemos definido sólo existe en el imaginario de algunas mujeres y de algunos hombres. Como hemos señalado, esta izquierda no se ha materializado nunca en occidente en forma de formación política con posibilidades de gobierno. Así que esta falta de concreción da lugar a multitud de formas de entender la izquierda.
El término izquierda se ha convertido históricamente en un cajón de sastre donde cabe todo. Unos y otros se identifican con una izquierda imaginaria aunque nunca se han dedicado a exponer su manera de entenderla, y cuando lo han hecho, caso IU, no han llevado a cabo su ideario. Con seguridad, por esa condición de irrealidad material, el pensamiento o la percepción de la izquierda es muy diferente en unos y en otros. Grupos y partidos políticos en uso de la mentira se autodefinen como de izquierdas, abusando, como hemos señalado, de la confianza, la ignorancia o la ingenuidad de ciertos sectores sociales.

El independentismo en su ideario y en su acción
Tanto el independentismo como el imperialismo, por diferentes razones, son enemigos del pueblo, de las clases populares. El independentismo es egoísta, insolidario frente a la izquierda fraternal y socialista.
Ceñidos a nuestro país, comprobamos que ERC, tiene poco de republicana (aunque la república cabe en el sistema capitalista), pero, desde luego no tiene nada de izquierda, tal como la hemos definido.
Otras fuerzas políticas de carácter independentista no merecen el mínimo análisis desde la óptica de la izquierda porque representa a la más clásica burguesía catalana, lo que indica que los intereses que defienden son los de los ricos.

Los estatutos  de ERC contemplan, con meridiana claridad, que su modelo económico es el de libre mercado en una sociedad de clases. En lo que respecta a su actividad, comprobamos que se centra en el nacionalismo, convertido, en la última década, en independentismo. En un independentismo imposible, tapadera de una auténtica lucha por la igualdad y la justicia, verdaderas señas de identidad de la izquierda real.